Seda, Arena y Escudos de Hielo

2379 Words
El sol de Alejandría no perdonaba. Entraba por los ventanales del hotel con una agresividad dorada, recordándole a Lena Velasco que ya no estaba bajo el cielo previsible de Manhattan, ni en la humedad tropical de su natal Puerto Rico. Se miró al espejo de cuerpo entero antes de bajar. Llevaba una túnica de lino que, aunque holgada, no lograba ocultar la realidad de su fisonomía. Lena tenía esa clase de atractivo que no se anunciaba con estridencias, pero que se quedaba grabado en la retina. A sus treinta y siete años, poseía la madurez de una fruta en su punto exacto; sus caderas eran anchas, herencia de una genealogía latina que no entendía de dietas restrictivas, y su trasero, firme y prominente sin llegar a la exageración, parecía tener vida propia bajo la tela. Sentía las miradas. No eran miradas de admiración académica, sino ese escrutinio masculino que conocía demasiado bien y que, en este momento de su vida, le resultaba invasivo. Tras su experiencia en los clubes nocturnos de Nueva York —esa fase de autodestrucción controlada— y el trauma de su matrimonio con Tom, Lena solo quería ser un cerebro. Quería ser invisible. —Necesito camuflaje —susurró para sí misma, ajustándose un cinturón para intentar desdibujar sus curvas, aunque el efecto era contraproducente. Bajó a la recepción con una misión clara: encontrar a Julian Thorne. Necesitaba que alguien la escoltara al Zan ah Al Sitat, el famoso mercado de las mujeres, o a alguna boutique del centro comercial Green Plaza. Quería comprar camisas de tres tallas más grandes, pañuelos de seda lo suficientemente largos para cubrir su cabello y hombros, y cualquier cosa que le permitiera mimetizarse con el entorno conservador y, sobre todo, silenciar la distracción que suponía su cuerpo para un equipo que ya estaba lo suficientemente frustrado. Sin embargo, al llegar al vestíbulo, Julian estaba saliendo a toda prisa de una oficina improvisada. —¡Lena! Justo te iba a buscar —dijo Julian, con el rostro congestionado—. La doctora Martínez y Ballard han convocado una reunión de emergencia. Han aparecido nuevas lecturas térmicas en el sector norte del Palacio de Cleopatra y no puedo moverme de aquí en las próximas cuatro horas. —Oh, entiendo —dijo Lena, ocultando su decepción—. No te preocupes, puedo ir sola o esperar a mañana. —De ninguna manera —Thorne frunció el ceño—. No conoces la ciudad y, aunque Alejandría es segura, no quiero que te pierdas. Espera un segundo. Julian se dirigió a paso firme hacia el salón de descanso donde el equipo de buceadores de Ian Aslán mataba el tiempo. Estaban allí, rodeados de mapas, trajes de neopreno a medio secar y el aroma penetrante del café turco. Tras la orden de detener las inmersiones hasta nuevo aviso, el aburrimiento empezaba a causar estragos. —Señores —anunció Thorne—, necesito que alguien acompañe a la doctora Velasco a hacer unas compras de logística personal en el centro. ¿Algún voluntario? Varios buceadores se miraron entre sí. Tenían planes de ir a bares locales o simplemente dormir. Uno de ellos, un tipo robusto llamado Mike, soltó una carcajada ladeada. —Doctor Thorne, con todo respeto, si enviamos a cualquiera de nosotros, terminaremos peleando con medio mercado por defender a la doctora. Mírela, es un imán de problemas —dijo con un guiño que le hizo a Lena que esperaba fuera del recinto—. Pídale a Ian. Con esa cara de pocos amigos que tiene hoy, nadie se acercaría a la doctora a menos de cinco metros. Además, Ian conoce Alejandría como la palma de su mano; estuvo aquí en la expedición de 2018. Ian Aslán, que estaba sentado en una esquina revisando un regulador de aire, levantó la vista. Su mirada analítica, se posó en Lena. Ella permanecía en el umbral, incómoda, cruzando los brazos sobre su pecho para ocultar lo que la tela de lino se empeñaba en revelar. Hubo un silencio tenso. Ian parecía estar pensando en la molestia de salir frente a la responsabilidad de la misión. Finalmente, dejó la herramienta sobre la mesa y se puso en pie con una parsimonia que irradiaba peligro. —Está bien —dijo Ian con voz monótona—. La llevaré. Pero no esperes que cargue sus bolsas. —¡Gracias Ian!... Estoy muy agradecido con el hermano de Lena, me ayudó mucho en la universidad y me comprometí a estar pendiente de ella. El Encuentro en la Recepción Lena esperaba cerca de las grandes columnas de mármol del hotel cuando escuchó unos pasos firmes. Se giró y ahí estaba él. Ian se había cambiado la camiseta de trabajo por una camisa azul marino de algodón, remangada hasta los codos, dejando ver sus antebrazos fuertes y velludos. —Doctora Velasco —la llamó con una formalidad que sonaba casi como una advertencia. —Señor Aslán —respondió ella, sintiendo esa pequeña punzada de intimidación que siempre le provocaba su presencia—. Julian me explicó... lamento interrumpir su descanso. —Mi descanso terminó en cuanto el mar decidió ocultar lo que buscamos —replicó él, señalando la salida—. Vamos. El coche está fuera. El viaje comenzó en un silencio sepulcral. Ian conducía un todoterreno antiguo a través de la Corniche, la avenida costera que serpentea junto al Mediterráneo. El azul del mar a su derecha era profundo, casi n***o en algunas zonas, distrayendo a Lena y haciendo algo placentero aquel silencio. —¿Por qué quiere ir al mercado hoy? —preguntó Ian de repente, sin apartar la vista del tráfico caótico de Alejandría—. La mayoría de los turistas prefieren la comodidad del centro comercial San Stefano. —No soy una turista, señor Aslán —contestó Lena, mirando por la ventana—. Necesito ropa adecuada. No quiero que mi presencia sea un tema de conversación en la base. Además, quiero respetar las costumbres locales. No me siento cómoda llamando la atención. Ian la miró de reojo por un breve segundo. Notó cómo ella se encogía en el asiento, tratando de ocupar el menor espacio posible. Por primera vez, vio en ella no solo a la académica arrogante que lo había desafiado en la reunión, sino a una mujer que parecía llevar un escudo invisible. —Es una decisión inteligente —admitió él, suavizando un poco el tono—. Alejandría es cosmopolita, pero en los barrios antiguos, la discreción es una moneda valiosa. —Usted parece conocer muy bien estos rincones —comentó ella, intentando romper el hielo—. Julian dijo que estuvo aquí antes. —He pasado más tiempo bajo esta agua que sobre la tierra —respondió Ian, y por primera vez, hubo un atisbo de pasión en su voz—. Alejandría no es solo una ciudad; es un cementerio de gloria. Cada vez que buceo, siento que estoy entrando en una biblioteca que alguien quemó y luego inundó. Lena se animó. El conocimiento histórico era su zona de seguridad. —Es una ciudad fascinante. El Faro, la Biblioteca... es el centro cultural del mundo antiguo, fundada por Alejandro Magno. ¿Qué cree que detectó el sonar realmente, será el Timonium de Marco Antonio? Ian la observó, sorprendido por la genuina curiosidad de su pregunta. No había rastro de la inseguridad que mostraba en el hotel. —Si es el Timonium, estamos ante el lugar donde un hombre que lo tenía todo decidió esconderse del mundo cuando supo que el amor lo había destruido. Es irónico, ¿no crees? Construir un monumento a la soledad. Lena sintió un escalofrío. —Quizás no era soledad, sino el único refugio honesto que le quedaba. A veces, huir es la única forma de no terminar de romperse. Ian apretó el volante. Esa frase había calado hondo. Ambos guardaron silencio, pero ya no era un silencio hostil, sino uno de reconocimiento. Dos náufragos emocionales compartiendo un espacio reducido. Entre Especias y Seda Llegaron al área de los mercados. Ian guio a Lena con una mano firme en su espalda —un contacto breve que la hizo saltar internamente— a través de los callejones de Zan ah Al Sitat. El aire olía a comino, menta fresca y cuero viejo. Ian se movía con una confianza envidiable, saludando a algunos comerciantes en un árabe básico pero funcional. Entraron en una tienda de telas y ropa tradicional. Lena se perdió entre los rollos de seda y algodón egipcio de la mejor calidad. Compró varias túnicas largas de colores neutros y una serie de pashminas de colores tierra. Ian la observaba desde la entrada, apoyado contra el marco de la puerta. Se dio cuenta de que Lena no sabía regatear, así que intervino, logrando un precio justo que hizo que ella le dedicara una sonrisa genuina. Una sonrisa que iluminó su rostro y le hizo notar a Ian que, efectivamente, no era una belleza clásica, pero tenía una luz interna que era mucho más peligrosa. Al salir, Lena llevaba sus bolsas con una sensación de alivio. —Gracias. Creo que con esto podré pasar desapercibida. —Dudo que una mujer como usted pase desapercibida alguna vez, doctora —soltó Ian sin pensar, y luego carraspeó, tratando de recuperar su frialdad—. Pero al menos no pasará calor. Un Refugio en el "White and Blue" —Tengo hambre —anunció Ian—. Y dudo que quiera volver a la comida de catering del hotel. La llevó al Greek Club (White and Blue Restaurant). Es uno de los locales más emblemáticos y seguros de Alejandría, situado justo al lado de la Ciudadela de Kayetbai, sobre el mismo sitio donde una vez se alzó el Faro. El restaurante, pintado de blanco y azul vibrante, ofrecía una vista ininterrumpida del puerto este. Sentados a una mesa junto a la barandilla, con el sonido de las olas rompiendo contra las piedras milenarias, la atmósfera cambió radicalmente. El restaurante estaba lleno de gente elegante, diplomáticos y expatriados, lo que generaba una burbuja de sofisticación y calma. Pidieron mezze de mariscos, calamares frescos y un pescado a la sal que el camarero preparó con destreza frente a ellos. —Es hermoso —susurró Lena, mirando el horizonte—. Parece que el tiempo no ha pasado aquí. —El tiempo es un concepto muy relativo en esta ciudad —dijo Ian, sirviéndole un poco de agua mineral—. Lena... ¿por qué aceptó venir a Egipto? Julian me dijo que dejó una vida muy cómoda en Nueva York. Lena jugueteó con su copa. La comida, el ambiente agradable y la cordialidad de Ian la estaban desarmando. —Nueva York no era cómoda. Era una jaula de oro. Me divorcié hace poco. Mi ex marido... bueno, él creía que mi único trabajo era ser un adorno en sus cenas de negocios. Olvidé quién era yo. Vine aquí para recordar que soy historiadora, no solo "la esposa de". ¿Y usted? Me dijeron que su salida de España fue casi una fuga. Ian soltó un suspiro largo y amargo. —Alicia. Mi prometida. Me vendió una vida de estabilidad mientras buscaba algo más brillante en otros brazos. Me di cuenta de que el océano es más honesto que las personas. El mar no te dice que te quiere para luego ahogarte por la espalda. Si te ahoga, lo hace de frente. Lena asintió, sintiendo una empatía profunda. —Ambos estamos resentidos con el amor, ¿verdad? Es una inversión que a veces puede tener un pésimo retorno. —Pésimo —coincidió Ian, y por primera vez en toda la expedición, sus ojos se encontraron con los de ella y sostuvieron la mirada—. Pero al menos estamos en el mejor lugar del mundo para enterrar el pasado. Aquí hay ciudades enteras bajo nuestros pies que sobrevivieron a cosas peores que un mal matrimonio o una traición. La comida continuó en una atmósfera de confianza creciente. Ian le contó anécdotas de sus inmersiones en las Azores y Lena le habló de la simbología oculta en los bustos de mármol de la dinastía Ptolemaica. Se dieron cuenta de que, más allá de sus cuerpos y sus heridas, compartían una fascinación obsesiva por lo que queda cuando todo lo demás desaparece. Al final de la tarde, mientras el sol se hundía en el Mediterráneo tiñendo el agua de un rojo purpúreo, Ian pagó la cuenta. Al levantarse, ayudó a Lena con sus bolsas. —Mañana será un día difícil —dijo Ian mientras caminaban hacia el coche—. Ballard va a presionar más que nunca. —Estaré lista —respondió Lena con firmeza—. Y gracias por hoy, Ian. Realmente... lo necesitaba. —Doctora Velasco —él se detuvo antes de abrirle la puerta del coche—, olvide lo que dijeron los buceadores. Usted no necesita a nadie que la proteja. Pero si alguna vez necesita desaparecer en el mercado de nuevo, ya sabe dónde encontrarme. —Ian quiero pedirle un favor muy especial. Que me llame Lena, por favor. Usted tiene más experiencia y formación que yo en expediciones en varios puntos del planeta. Ian fijó su verde mirada en ella, hasta ponerla un poco nerviosa, para asentar con su cabeza ante aquella petición. —Solo recuerde que también quiero el mismo trato. Nada de “usted o señor” solo soy Ian para todos mis compañeros de expedición. Esa noche, al regresar a su habitación, Lena guardó sus túnicas nuevas. Se sentía diferente. La inseguridad seguía allí, pero había algo nuevo: la chispa de una conexión con el hombre que, hasta hace unas horas, era su mayor detractor. Ian, por su parte, se quedó un largo rato en la terraza de su habitación, fumando un cigarrillo y mirando el mar. Por primera vez en meses, no estaba pensando en Alicia. Estaba pensando en la forma en que el viento de Alejandría había movido el cabello de una mujer que decía buscar camuflaje, pero que brillaba con luz propia. Tengo razones para huir, se repitió. Pero hoy, en esa mesa frente al mar, había encontrado una razón muy pequeña, casi invisible, para querer ver qué pasaría al día siguiente.
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