Sombras de Mármol
El reloj de la torre principal marcaba las tres de la madrugada, pero en la Universidad de Blackwood, el silencio nunca significaba paz. El eco de mis pasos resonaba por los pasillos góticos de una institución elitista y aislada, donde las reglas estrictas parecían existir únicamente para que los ricos las rompieran a su antojo.
Apreté el asa del cubo de fregar hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El aire en la sala de lectura del ala este olía a madera vieja, a libros que nadie abría y al rastro inconfundible del champán caro derramado sobre las alfombras persas. Mientras los herederos del país destrozaban los salones históricos en sus fiestas privadas, yo, Maeve, sobrevivía limpiando los restos de la decadencia de la élite de Blackwood durante el turno de noche.
Sumergí el cepillo en el agua turbia. Era un trabajo humillante, sí, pero el orgullo era un lujo que no me podía permitir. Conservar mi beca era mi única motivación para escapar de la pobreza de mi pasado. Mi objetivo era simple: limpiar, callar, pasar desapercibida y asegurar mi futuro. A mis veintiún años y en mi tercer año de carrera, ya no era una niña asustadiza; era cínica, astuta y, sobre todo, una superviviente. No iba a dejar que un puñado de niños ricos jugando a ser dioses me intimidara.
Pero esta noche, la oscuridad de Blackwood se sentía diferente. Más espesa. Más hambrienta.
La sensación comenzó en la nuca. Un cosquilleo frío y eléctrico, como el filo de una navaja rozando la piel. Alguien me estaba mirando.
Me detuve. Dejé el cepillo sobre el suelo de roble y me giré despacio hacia la penumbra de la galería superior. A simple vista, no había nada. Solo las gárgolas de piedra custodiando los ventanales y la luz de la luna filtrándose entre las nubes. Sin embargo, mi instinto me gritaba que no estaba sola. Él ya me vigilaba en secreto.
Y entonces, lo vi.
O, más bien, percibí su sombra. Una silueta alta e inmóvil apoyada contra la barandilla del segundo piso. No necesitaba verle el rostro para saber quién era. Su presencia irradiaba un aura de control absoluto, una arrogancia fría y letal que solo le pertenecía al líder intocable de "El Círculo".
Silas.
Tragué saliva, sintiendo cómo el corazón me latía contra las costillas, aunque me obligué a mantener el rostro impasible. A sus veintitrés años, cursando su posgrado, Silas no era un estudiante más; era el dueño del juego. Poseía esa madurez fría y calculadora de quien ya sabe exactamente cómo funciona el mundo corrupto que le rodea. Los rumores en el campus eran susurros aterrorizados: decían que era manipulador, sádico, y que no conocía el amor.
Desde la oscuridad, su mirada pesaba como el plomo. No era la mirada de un chico curioso, era la de un depredador estudiando a su presa. Una obsesión silenciosa que me calaba hasta los huesos. ¿Por qué el rey de Blackwood perdía el tiempo en la madrugada observando a una simple estudiante becada?
—No existes para él —me susurré a mí misma, apretando los dientes—. Y él no existe para ti.
Rompí el contacto visual con la sombra, me agaché y seguí frotando el suelo, fingiendo una indiferencia que estaba muy lejos de sentir. En Blackwood, las reglas no existen para salvarte. Mi única defensa era mi coraza, pero la tensión eléctrica que dejó su mirada en mi piel me advirtió que algo acababa de cambiar.
No lo sabía en ese momento, pero el cazador ya había fijado su objetivo. Y yo estaba a un solo error de caer en su trampa.