El Laberinto de Piedra

768 Words
El tiempo se detuvo. Fueron apenas dos segundos, pero encerraron una eternidad. A través de la rendija de la puerta, los ojos oscuros de aquel chico se clavaron en los míos. No hubo sorpresa en su expresión, ni un ápice de alteración. Silas, a sus veintitrés años y con el control absoluto de "El Círculo", me miró con la misma frialdad analítica con la que alguien observa a un insecto antes de decidir si aplastarlo o guardarlo en un frasco de cristal. Mi cerebro gritaba, pero mis músculos estaban congelados. —Tráemela —fue lo único que dijo. Su voz no se alzó. No le hizo falta. Esa palabra rompió el hechizo. El pánico, crudo y animal, me inyectó una descarga de adrenalina tan violenta que sentí el sabor a cobre en la boca. Solté el picaporte de golpe y me di la vuelta, resbalando torpemente sobre el suelo húmedo. Mi hombro chocó contra la pared de piedra del sótano, pero no sentí el dolor. Corrí. Dejé atrás el carrito de la limpieza y me lancé hacia la oscuridad del pasillo. Mis botas resonaban como martillazos contra el suelo, delatando mi posición a cada paso. Atrás, escuché el crujido de la pesada puerta de madera al abrirse de golpe y el eco de pasos rápidos y pesados. No eran los de Silas; eran los de sus matones, los perros de presa que custodiaban ese club clandestino subterráneo. Piensa, Maeve, piensa, me exigí, tragando bocanadas de aire frío que me quemaban los pulmones. Llevaba tres años limpiando las entrañas de la Universidad de Blackwood. Conocía cada pasillo, cada cuarto de calderas y cada escalera de servicio olvidada por los estudiantes ricos que jamás bajaban al subsuelo de esta institución elitista. Si tenía una sola ventaja esta noche, era esa. Giré a la izquierda en la primera bifurcación, rozando la pared con las manos en la penumbra. Escuché un grito a mis espaldas, una orden ininteligible. El terror me apretaba la garganta. Si me atrapaban, no solo perdería mi beca —mi único billete para escapar de la pobreza —, sino que probablemente perdería la vida. Acababa de descubrir que esta gente grababa y chantajeaba a los hombres más poderosos del país. No me iban a dejar marchar con una advertencia. Me desvié hacia un pasadizo estrecho que olía a moho y a tuberías oxidadadas. Al fondo, la débil luz de emergencia parpadeaba en rojo, marcando la puerta de las antiguas salas de calderas que llevaban clausuradas desde la década de los noventa. Empujé la manivela oxidada con todo el peso de mi cuerpo. Cedió con un chirrido espantoso. Me colé dentro y cerré de inmediato, apoyando la espalda contra el metal helado. La oscuridad aquí era total. Me tapé la boca con ambas manos, intentando desesperadamente sofocar el sonido de mi propia respiración. El corazón me golpeaba tan fuerte contra las costillas que temí que pudieran escucharlo desde fuera. Pasaron unos segundos agónicos. Luego, el sonido de botas corriendo pasó de largo por el pasillo exterior. Se han ido, pensé, cerrando los ojos. Una lágrima de pura tensión resbaló por mi mejilla, mezclándose con el polvo que me cubría el rostro. Los he despistado. Me quedé inmóvil, dejando que mis pulsaciones bajaran lentamente. Tenía que trazar un plan. Podía esperar aquí una hora, tal vez dos, hasta asegurarme de que el sótano estuviera despejado, y luego escabullirme hacia mi residencia. Mañana fingiría que no había visto nada. Sería invisible. Solo una estudiante becada más. Suspiré, bajando las manos de mi rostro, sintiendo un alivio efímero y engañoso. Entonces, lo escuché. No era el eco de pasos corriendo. Era un sonido lento, pausado. El inconfundible repiqueteo de unos zapatos de suela dura caminando sin ninguna prisa. Clac... clac... clac... El sonido no venía del pasillo exterior. Venía de dentro de la sala de calderas en la que me había escondido. Me quedé de piedra. Un sudor frío me recorrió la espina dorsal. —Las ratas siempre corren hacia los lugares oscuros —resonó una voz grave y sedosa desde las sombras de la habitación. Era una voz tranquila, sádica y letal. No podía verlo, pero la presencia de Silas llenaba cada centímetro de la habitación, asfixiando el oxígeno. Me había dejado huir. Había dejado que sus hombres corrieran en la dirección equivocada mientras él, anticipando mi movimiento, simplemente caminaba y me esperaba en la trampa. Era un depredador manipulador que no dejaba nada al azar. —Enciende la luz, Maeve —ordenó suavemente—. O tendré que encenderla yo. Y te aseguro que prefieres hacerlo tú.
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