Capítulo 20. Condiciones.

1321 Words
Al estar dentro de la habitación, Adrian enseguida tomó a Elena por la cintura y la pegó contra su cuerpo. El ardor que manaba su cuerpo su mezclaba con el de ella creando un ambiente pesado y abrazador. Con una mano aferró su nuca y la besó con arrebato, como ya lo había hecho otras veces y como tanto anhelaba. Elena se dejó llevar. Todos sus planes se hicieron polvo en su memoria al sentir el magnetismo atrayente del hombre. Lo deseaba, no podía negarlo, mucho más de lo que podía aceptar. Se desvistieron con cierta desesperación, con ganas de tocar más allá de las fronteras impuestas. Las manos se metieron en los rincones más sensibles, tocando, acariciando y provocando hasta robarse gemidos de placer en el otro. Adrian se devoró el cuerpo de la mujer como si nunca antes hubiese comido de ese fruto prohibido. La acostó sobre el colchón y la poseyó estando él de pie, inclinado sobre ella, con las piernas de la mujer sobre sus hombros. Miraba complacido las sacudidas que le ocasionaba con cada estocada. Estaba fascinado, hechizado y cada vez más hambriento por esa mujer, parecía no saciarse. Mientras más la hacía suya, más la deseaba. Elena no podía negar que disfrutaba al máximo de aquel momento. Se abría más a él, dándole paso a su intimidad y a las emociones que la rodeaban. Le encantaba como los ojos del hombre la veían con una expresión embriagada y tensa, reclamando su posesión. Clavaba las uñas en su piel desnuda exigiéndole que no se alejara más de la cuenta ni que se atreviera a detenerse, no hasta que se desvaneciera en sus brazos. —Adrian… Adrian… por favor… —rogaba, sin saber qué pedía, pero él entendía bien lo que ella deseaba, así que se volvía más feroz e inclemente. No se detuvo hasta verla llorar y retorcerse por el placer, esforzándose por ahogar gritos y súplicas. En medio de un rugido de satisfacción, él se fue con ella, derramándose por completo en su interior. Les costó un par de minutos recomponerse de aquel golpe casi mortal, logrando que sus mentes volvieran a funcionar con normalidad. Cuando Adrian se dio cuenta lo que había hecho, estaba recostado sobre la mujer, con las piernas fuera del colchón. Su piel desnuda y sudada aún ardía. Seguía sumergido dentro de ella y su pene palpitaba de forma casi imperceptible. Elena lo abrazaba con brazos y piernas, acariciando sus cabellos y manteniendo sus ojos satisfechos y cansados fijos en el techo de la habitación. —Acabamos de romper todas las reglas —expuso el hombre, resignado y mirando la nada. —¿Puedes trazar otras? La propuesta de la mujer quedó flotando en el aire. Parecía atrayente, aunque también complicada. —No quiero que te vayas, pero necesitamos tener más confianza entre nosotros. Elena cerró los ojos un instante. Eso sería imposible. Ella no podía ser por completo honesta con él. —Vivamos un día a la vez. Adrian apoyó los brazos en la cama y alzó su cabeza y parte de su torso, para así mirarla a los ojos sin tener que salir de ella. —No quiero vivir teniendo que esconderme de mis hijos para cogerme a su niñera, ellos son muy perceptivos, lo sabes. Si se enteran lo que pasa entre nosotros, se ilusionarán. La mujer parpadeó varias veces al comprender la delicadeza del asunto. Una situación como esa lo que lograría sería romperle el corazón a los trillizos, que ya parecía hecho pedazos. —Entonces, disfrutemos de nuestra primera y última noche juntos. Esto no podemos repetirlo. Él apretó el ceño. —¿Tanto te cuesta entregarme tu confianza? Ella se mordió los labios. —La confianza no es algo que se entrega luego de tener sexo, se construye con el tiempo, superando pruebas. Aunque a Elena le gustó lo que había compartido con él, no podía olvidar que ese hombre había destruido a su familia. Arruinó a su padre en el momento en que más necesitó de sus ahorros, ayudando a que la depresión se lo llevara poco tiempo después de la partida de su madre. Adrian McGrath no merecía su perdón ni su confianza, solo su venganza, una que ella buscaría lograr con ayuda de ese acercamiento tan íntimo que tuvieron esa noche. —¿Me pides tiempo para construir una relación? —consultó él. —Te pido tiempo para ganarnos la confianza del otro. La relación vendrá si determinamos que la otra persona merece nuestro cariño o no. —¿Quieres que estemos juntos a espaldas de los niños? —Acabas de decir que si ellos se enteran se ilusionaran y podrían sufrir si esto no funciona. Así que, ni ellos ni nadie deben saber lo que pasa entre nosotros. Podemos manejarlo en secreto hasta que descubramos si vale la pena o no continuar, o prefieres que me vaya de la casa y olvidemos todo. Él se lo pensó un instante. Elena buscaba presionarlo, ella sabía que el hombre la necesitaba para cuidar de sus hijos. —No te irás —ordenó, con firmeza, como si de verdad aquello le afectara más a él que a los trillizos—. Firmaste un contrato, debes cumplirlo. —Pero fuiste tú quien se metió en mi cama, dándome más de lo que nunca había recibido. Necesito garantías de que pondrás de tu parte. Él respiró hondo, sintiéndose acorralado. —Está bien, lo haremos a tu ritmo. Mantendremos esto en secreto mientras construimos una base de confianza, pero, habrá condiciones. Elena apretó el ceño, confusa. Debió recordar que no tenía que jugar con el demonio, porque este era muy astuto y ya había demostrado tener talento para la negociación. —¿Qué quieres? —Te quedarás a vivir en esta casa de forma permanente. Incluyendo los fines de semana. Ella se impactó por esa petición. —Eso hará que los niños sospechen. Tú mismo lo dijiste, son muy perceptivos. —Ya encontraré una excusa para darles, pero te quiero viviendo aquí cada día. —¿Para qué? —preguntó nerviosa. Sabía que no tenía que provocarlo en exceso. —Porque la otra condición será que me permitirás tenerte cuando quiera, no en un horario determinado. Los ojos de la mujer se abrieron como platos. —¿Cuándo quieras? Incluso, ¿cuándo esté cuidando de tus hijos? —No descuidaremos a los niños ni expondremos nuestra relación ante otros, pero no me negarás ni tu cuerpo ni tu boca —exigió, hundiéndose más en ella. Elena pudo percibir que él volvía a endurecerse estando en su interior, eso despertó su excitación. —Estás loco. ¿Hablas de tener sexo o besarnos cada vez que quieras? —Y donde sea, siempre en total discreción, pero no podrás negarte —pidió él, besando la boca de la mujer con arrebato. Sumergió su lengua en ella para acariciar cada rincón, al tiempo que movía las caderas con suavidad y en círculo. Introdujo los dedos entre los cabellos, masajeando su cabeza. Elena poco a poco fue perdiendo de nuevo el conocimiento. —No podemos hacer eso —dijo en medio de gemidos y teniendo los ojos cerrados por culpa del placer—. Nos descubrirán. —No lo harán. Sabré encontrar los momentos ideales —aseguró, apoyándose con las rodillas en el colchón para alzar las caderas y así sacar su pene aunque no del todo, volviendo a penetrarla aunque con mayor firmeza. Repitió la operación varias veces, con lentitud, arrancándole jadeos que ella debía disimular mordiéndose los labios. —Será difícil —gimió la mujer—. Los niños… no se apartan de mí… durante el día. Adrian volvió sus estocadas más profundas y constantes. —Hallaré el momento —aseguró, embriagado por el placer—. Nadie me impedirá que te haga mía cada vez que quiera —dictó, ardiendo por las poderosas llamas que brotaban de su piel.
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