Elena no esperaba que el beso tuviera consecuencias tan inmediatas, pero no pudo evitarlas. Una vez que ambos escucharon que los pasos de los niños se alejaban del despacho recuperaron el aliento. Adrian retrocedió varios pasos y se puso al otro lado del escritorio, como si el mueble fuese un muro de contención que lo mantendría alejado de esa mujer, por la que sentía una poderosa atracción. Tenía el rostro serio, controlado. —Esto no debió pasar —dijo ella antes de que él pudiera hablar. —Coincido. —Fue inapropiado —continuó Elena—. Eres mi empleador. Yo trabajo aquí. Esto podría considerarse acoso laboral. Las palabras fueron como una fuerte bofetada para el hombre. —No fue acoso, fue un error compartido. Admito que yo lo inicié, pero tú no pusiste ningún tipo de impedimento. R

