LA SUPUESTA GENEROSIDAD DE UN LORD

1178 Words
Lord Sheanes desvió la mirada hacia su esposa, quien aprovechó para meterse en la boca los guisantes capturados. —El conde de Trenton, querida —declaró él al fin—. Será el próximo sábado —añadió, centrando la atención en su plato. Pamela sintió que le faltaba el aire. William Hemley, su exprometido. Aquello no tenía sentido alguno. Cuando ella lo rechazó el pasado otoño, se mostró furioso y juró que se encargaría personalmente de que su familia no volviera a ser aceptada en sociedad, lo que cumplió al pie de la letra, empezando por atribuirse la cancelación de la boda. La ofensa había sido demasiado alta, pero solo Pamela podía juzgar que estaba más que justificada. En una de sus visitas a Hammond Hall, y en ausencia de sus tíos, él había intentado cobrarse un adelanto de sus futuros derechos conyugales, en base al despreciable argumento de que debía estar agradecida por que él se hubiese fijado en ella. —¿El mismo que ha esparcido el rumor de que soy una lunática desequilibrada? —bufó Pamela, empuñando el cuchillo de la carne. Lady Sheanes tragó con visible esfuerzo y entornó los ojos, de un azul grisáceo y opaco. —Tus modales no hablan mucho en tu defensa, y todos sabemos que pudo ser mucho peor. Por suerte para ti, lord Trenton se avino a las súplicas de tu tío y no hizo públicas tus escandalosas cartas a un sirviente de sus establos, a pesar del dolor y la vergüenza que le causaste. —¡¿Y dónde están esas famosas cartas?! ¡¿Cómo pudo creer semejante infamia, tía Agatha?! —Pamela miró a Emily, quien la observaba con una expresión triste en su dulce rostro y los dedos encerrados en los puños sobre la mesa—. Siempre he tratado de comportarme como la hija que usted no tuvo, le he profesado mi cariño y mi respeto, ¿y ni siquiera puedo tener su confianza? Lord Sheanes intervino cuando su esposa se mantuvo en silencio. —El pueblo entero te ha visto merodeando a diario por su propiedad a las horas más intempestivas. No es una cuestión de confianza, sobrina, sino de aprovechar la oportunidad que nos brinda lord Trenton para reparar tu maltrecha reputación y el buen nombre de los Darlen —declaró, moviendo el índice con gesto acusatorio. Pamela respiró hondo y contó hasta tres para tratar de calmarse. —No tengo la culpa de que sus caballerizas estén frente al río —murmuró—. Mi único interés era dibujar las aves que cantan al amanecer en la orilla, no revolcarme en el heno con un mozo de cuadras. La doncella nueva, que parecía invisible para todos, entró en ese momento y depositó en la mesa una fuente de porcelana con una enorme lubina en un lecho de hongos. La muchacha hizo una atropellada reverencia y se retiró a toda prisa con el mentón pegado al pecho. —¡Pamela! —exclamó su tía cuando volvieron a estar a solas—. ¡No voy a consentir que emplees ese lenguaje! Y menos en presencia del servicio. Ahora debes usar tu inteligencia y dar el tema por terminado, como hemos hecho nosotros —añadió en un tono suave, pero firme. —¿Asistiendo a un baile? ¿Acaso eso hará que cesen las malas lenguas y que nos abran de repente todas las puertas? —La generosidad de lord Trenton no se limita a un baile —dijo lord Sheanes con un carraspeo—, sino a convertir a Emily en su esposa. Sin duda, eso hará mucho más que cerrar o abrir las bocas y puertas de unos pueblerinos. Estamos hablando de la corte, y tu tía y yo tenemos la obligación de pensar en el futuro de nuestras ahijadas. «Querrás decir en el vuestro», pensó Pamela. Ahora entendía el origen de aquellas viandas, del tejido de seda y probablemente el de la nueva criada. Si William había desembolsado este anticipo, el acuerdo era cosa hecha, y ella podía hacer poco para impedirlo. Soltó el cuchillo y se dirigió a su hermana con voz entrecortada. Eliot apartó su mirada del cuadro y negó con la cabeza. —Por supuesto que tuve algo que ver. Si no hubiese estrellado mi puño en la cara de Trenton, no me habrían expulsado del internado. Mi padre sí trató de protegerme al ir a Londres en mi busca, y mi arrogancia y rebeldía le costó la vida. —Por Dios —suspiró Edward—, la perdió a manos de unos bastardos ladrones. Pudo haber ocurrido en cualquier ocasión, en cualquier lugar y a cualquier viajero. Los caminos nunca han sido un lugar muy seguro de noche, ni siquiera para un duque. —De veras que agradezco tus esfuerzos —dijo Eliot—, pero no lograrás convencerme. A propósito, ¿pudiste averiguar algo? Edward resopló y siguió su mirada hasta el paquetito de papel de seda atado con una cinta de raso azul, que él mismo había dejado al llegar sobre la mesa de naipes. —Pensé que ya lo habías olvidado —respondió—. Y todavía no sé cómo vas a pagarme el servicio —añadió simulando fastidio—. Aquella mujer, la tendera, era insufrible. —¿Tú lo sabías? La muchacha pelirroja estaba pálida, incapaz de articular palabra, y negó con la cabeza. —Te rogué que esperases un poco, querido —dijo su tía—. No había necesidad de armar este revuelo durante la comida ni de alterar los nervios de nuestra Emily con tanta urgencia. —Está claro que sus nervios y su bienestar no importan nada aquí, al igual que los míos —dijo Pamela—, solo el dinero. Lord Trenton es un canalla cuya nobleza acaba en su título. Jamás permitiré que mi única hermana caiga en sus sucias garras por puro egoísmo. —Estás siendo injusta —afirmó lady Sheanes—. Con nosotros, contigo misma y sobre todo con Emily. Hasta hace unos días, estaba condenada a ser una solterona pobre y amargada, o siendo optimistas, a una vida vulgar al lado de un mercachifle sin rentas ni posición. Puedes aspirar a eso si lo deseas, pero te aseguro que no hundirás de nuevo el apellido de tu tío en el estiércol. Emily dejó escapar un leve sollozo, lo que solo aumentó la ira de Pamela. —Antes aspiraría a ser la esposa de un humilde minero que del conde de Trenton —dijo la morena. —¡Pues que así sea! —bramó lord Sheanes poniéndose en pie—. ¡Eres libre de marcharte a Cornwall y buscar un marido cuando tu hermana se haya casado! ¡Ya he tenido demasiada paciencia contigo! Mientras tanto, no quiero oír una sola queja más por tu parte. —Por favor, Kitty… —murmuró Emily. Pamela vio el brillo de las lágrimas en sus ojos color miel y otra clase de resplandor iluminó los suyos. —Intentaré complacerle, querido tío. En todo.
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