IMPRESIONADO POR LA DAMA

1335 Words
—¿Un minero de Cornwall? —preguntó Edward, divertido—. No has visitado tus minas desde que eras niño —rio—. Lo único que sabes de ellas es que producen una fortuna en cobre. No saldrá bien. —Ese pequeño detalle no debe conocerse —dijo Eliot bajando de su caballo—, o echará al traste mis planes. —¿Los tuyos, o los de tía Louise? —Edward desmontó a su vez y le entregó las riendas a un lacayo, quien se las dio a continuación a un muchacho rubio y pecoso. Al escuchar el nombre de su tía Louise, Eliot se estremeció, pues estaba harto del acoso de la anciana. Si bien era una mujer encantadora, hacía ya unos años que le atosigaba para que se casara y engendrara un hijo. Algo que Eliot no creía posible, pues su rostro destrozado solo producía aversión a quien lo mirara. «Excepto a la joven de la tienda» pensó con agrado, pero apartó ese recuerdo y continuó con su discusión. —Tía Louise solo espera que elija una dama con la alcurnia suficiente como para representar el papel de duquesa de Blackshield —respondió Eliot mientras ascendían la escalinata semicircular que conducía a la entrada principal de Camberly—. Pero eso no es lo que necesito. Edward se detuvo bajo el portón, coronado por un escudo de armas tallado en la piedra. —Estoy de acuerdo —dijo—, pero el detalle que a mí me preocupa es que debas representar tú también un papel para conseguirlo. No tienes por qué ocultarte —afirmó, al tiempo que posaba su mano en el hombro de su primo—. Quien te conoce de verdad, puede apreciar al instante la clase de hombre que eres. Eliot se bajó las solapas forradas de piel de zorro y frunció los labios. Desde el asalto, cada vez que salía a la calle, hacía todo lo posible por taparse la cara y pasar desapercibido. Y aun así, siempre se sentía expuesto a las miradas curiosas y a los murmullos, si bien nadie osaba ofenderlo con un comentario directo. —Eso es exactamente lo que pretendo, encontrar una joven que me aprecie por mí mismo, por ser Eliot Lowell, con más defectos que virtudes, y los dos sabemos que quien me conoce, no es capaz de mirarme dos veces si no es para ver al duque. Tienes toda la razón, Edward, yo tampoco creo que salga bien. Es más, estoy seguro de que será un completo desastre —concluyó con una sonrisa—. ¿Te apetece un brandi? El rubio bajó el brazo y le devolvió el gesto. Nunca dejaría de sorprenderle la mezcla de fatalidad y optimismo de su primo, y lo admiraba por ello. En realidad, todo lo que Eliot había dicho era cierto. —Esa sí que es una buena idea. La biblioteca de Camberly estaba impregnada del aroma de la cera de abeja de los muebles pulidos y los pergaminos antiguos. Dos grandes ventanales dejaban filtrar la luz a través de los pequeños vidrios montados en plomo, que hacían que esta se expandiera con las franjas del arco iris sobre un robusto escritorio de caoba adosado al muro. Las paredes, revestidas hasta el alto techo con la misma madera y con los retratos familiares ricamente enmarcados, dotaban a la estancia de una majestuosidad que no solo desafiaba el paso del tiempo, sino que parecía alimentarse de él. Sobre la gran chimenea, la imponente imagen de Su Excelencia, el cuarto duque de Blackshield, exhibía una perpetua expresión decidida y vigilante. —Él estaría muy orgulloso de ti, Eliot —dijo Edward, sentado en un sillón de terciopelo encarnado—. No tuviste la culpa de lo que pasó, y saliste malherido por protegerlo. —. ¿Quién es ella? —La dama es oriunda del pueblo, ahijada del vizconde Sheanes, su tío paterno, desde que ella y su hermana quedaron huérfanas hace cinco años. —Otra rica heredera —apuntó Eliot después de beber un sorbo de brandi. —Te equivocas, primo. Lord Theodor Darlen fue quien heredó el único título y las tierras. El padre de las jóvenes solo era un baronet que tomó decisiones poco acertadas con la gestión de sus rentas y las dejó sin un chelín. —Edward miró a Eliot unos segundos, como si dudara en continuar su relato. —Sé lo que estás pensando —dijo este—. Con recursos o sin ellos, el principal objetivo de esa belleza morena no será muy distinto al de cualquier dama de la corte: casarse con un buen partido. —Quizá lo fue en el pasado —dijo Edward, hundiéndose en el sillón—, pero ahora le resultará imposible. —¿Por qué dices eso? —preguntó Eliot. —Es curioso que su nombre salga a relucir dos veces en solo cinco minutos… —murmuró Edward, sin conseguir que su tono sonase despreocupado. Eliot abrió los ojos, sorprendido, y luego los entrecerró con una expresión dura. —¿Trenton? ¿Qué diablos tiene que ver él en esta conversación? Edward tomó aire y se inclinó hacia delante. —Al parecer, rompió su compromiso con ella cuando solo faltaban unos meses para la boda. —¿Con qué pretexto? —dijo Eliot con los labios apretados. Edward vio que los nudillos de su primo se habían vuelto transparentes alrededor del fino cristal. Estuvo a punto de sonreír ante el evidente interés de Eliot, pero optó por contenerse. —Alegó que su prometida estaba aquejada de inestabilidad mental, sin más. Aunque apostaría mi mejor caballo a que no la padecía antes de tratar con Trenton… —masculló—. Lo innegable es que, involuntariamente o no, tu antiguo camarada arruinó para siempre su reputación. Eliot apretó con fuerza su copa y miró hacia un punto indeterminado al fondo de la sala. Saber que el detestable comportamiento de Trenton había hundido a aquella joven, lo puso furioso, ya que lo conocía lo bastante bien como para estar seguro de que William se había basado en una vil y cruel mentira. Además, a raíz de su encuentro fortuito, no vio en ella el más mínimo resquicio de locura. Más bien de pasión, pero ese era otro asunto. —¿Cómo se llama la dama? —Pamela —contestó Edward después de una pausa—. Pamela Darlen. —Pamela… —dijo Eliot en voz baja. La luz de aquellos ojos verdes llegó hasta él a través de la penumbra. Podía recordar al detalle cada uno de sus delicados rasgos, bellos e inocentes, su sonrisa e incluso el sonido de su voz y cómo su rostro cambió ante su enfado, haciéndola aún más encantadora. —Escucha, Eliot. —Oyó decir a su primo—. Habrá muchas damas en el pueblo durante el verano. Quizá sería mejor que destinases tus atenciones a alguna de ellas. Temo que tu espontáneo interés por esta joven pueda traerte consecuencias igual de inesperadas o incluso desagradables. Se trata de cerrar antiguas heridas, no de reabrirlas. —No —aseguró Eliot, sin mirarlo. —¿No? —repitió Edward, aunque ya sabía que iba a responder eso—. Estaba seguro de que no me escucharías, pero debía intentarlo —dijo poniendo su copa en la mesa. Eliot se puso en pie y se dirigió hacia el cordón trenzado del que colgaba la campanilla para llamar al servicio. Tiró de él y se giró hacia su primo. —Yo también he hecho mi apuesta, y no estoy dispuesto a perderla. Edward le sostuvo la mirada. Al parecer, esa dama había impresionado a su primo de una forma mucho más intensa de lo que él había creído. Por primera vez, se preguntó si la señorita Darlen sería un buen partido, o por el contrario una fuente de problemas. —Espero que no tengas que arrepentirte y la dama valga la pena. Eliot le contestó con una irónica sonrisa.
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