AMÉRICA Mis ojos se quedan clavados en un par de esmeraldas brillantes. El hombre que permanece muy cerca de mi rostro provoca que mi piel se erice. Tengo la extraña sensación de que lo conozco, pero al mismo tiempo me da miedo. —¿Quién eres tú? —repito. Siento la garganta algo ronca; me duele al hablar. No sé dónde estoy, intento incorporarme, pero no puedo. Me veo conectada a un montón de máquinas y entro en pánico. —¿Qué hago aquí? —me altero—. ¿Qué es todo esto? Mi corazón late con tanto frenesí que es imposible no hiperventilar. El hombre de ojos verdes sale corriendo de la habitación y le grita a una enfermera. Lo observo; parece preocupado, actúa como si realmente le importara. —¿Qué sucede? —insisto. Pero no me escucha; solo se aparta cuando un doctor se acerca y

