AMÉRICA En cuanto digo las palabras, no me siento liberada, como dijo que me sentiría Altair; todo lo contrario, es como si un nuevo peso cayera sobre mis hombros, y ver la cara de desagrado de Bryce, con las pupilas brillando con algo parecido al miedo, tampoco ayuda. El ambiente que se respira a nuestro alrededor es más que hostil. Mi corazón late con tanta fuerza que, por un segundo, creo que está a punto de salir de mi pecho. —Altair —rompo el silencio ensordecedor. Mi abogado rompe el contacto visual con mi aún falso esposo. —Déjame a solas con Bryce —pido, amable. —Pero… —duda. Niego con la cabeza. —Voy a estar bien —le aseguro. Él parece dudarlo por un segundo, pero al final asiente y nos deja a solas. En cuanto la puerta se cierra, Bryce parece haber recobrado su postura a

