Alex, Hernán y mi hermano llegaron juntos a mi oficina unos días más tarde. Eso no se veía nada bien. Cada día veíamos a Beatriz afuera del colegio. Ese solo hecho me ponía nervioso. Si bien era cierto esa mujer no hacía amago de acercarse, el hecho de que estuviera allí... me desagradaba. Elena la vio un día, me alegré de que lo supiera desde antes. La miró, le hizo un desprecio y se apoyó en mi hombro. Luego le pregunté qué había sentido. Dijo que le había dado un poco de miedo, pero que el estar conmigo, en mis brazos, y con su tío Roberto allí, le daba tranquilidad, además, que ella sabía que "esa señora" -así la llamó-, no podía acercársele. Eso me dejó tranquilo. Al menos, mi pequeña estaba serena. ―Tenemos que hablar ―me dijo Roberto apartándome de mis cavilaciones. ―¿Qué pasa?

