El sábado por la mañana, abrí los ojos y estaba solo en la cama que había compartido con Viviana. La puerta del baño estaba abierta, por lo que allí no se encontraba. ―¿Vivi? ―consulté al aire. Nadie contestó. Miré mi reloj, ¡las doce y media! Me levanté, me duché, tenía una cara horrorosa, y me vestí. Me fui a la habitación de mi pequeña amiga y allí la hallé. ―¿Y tú? Me dejaste solo ―reclamé. ―Sí, me desperté temprano y no quise molestarte. ―Debiste hacerlo, ¿tomaste desayuno? ―No, eso si no lo iba a hacer sola ―largó una risotada―. Por lo menos no hasta que te vayas. ―Por lo mismo debiste despertarme, tenemos que aprovechar los momentos juntos. ―Toda la razón ―respondió con un abrazo. ―¿A recorrer la ciudad? ―ofrecí. ―Sí, esta ciudad es preciosa. Asentí sin convenci

