Llegamos cansados a la casa. Felices también. Eran pasadas las ocho de la noche. ―Señorita Miranda ―me habló el conserje. ―Buenas noches, don Juan. ―Buenas noches, disculpe, es que hoy vino una mujer preguntando por usted. ―¿Por mí? ―Sí. ―¿Quién era? ―Una de las mujeres que estuvo en su departamento la otra vez. Me sentí desfallecer. José Miguel me sujetó con firmeza. ―¿No dijo lo que quería? ―preguntó mi novio. ―Quería saber si seguía viviendo aquí y que si sabía dónde se había ido. ―¿Qué le dijo? ―atiné a preguntar. ―Le dije que se había ido y que no sabía nada más de usted. Me dejó una dirección y un teléfono por si sabía algo. Y este dinero para que lo averiguara. ―¿Te pagó para que nos traicionaras? ―inquirió José Miguel molesto. ―Sí, señor. Yo lo recibí por

