Arturo
Me gustaba trabajar de noche.
La ciudad se me abría en el ventanal como un tablero de ajedrez, y yo podía mover las piezas sin que nadie estorbara.
La lámpara de cuero lanzaba un cono de luz exacto sobre los papeles; el resto quedaba en penumbra. El hielo tintineó dentro del vaso cuando incliné el whisky. Todo en su sitio. Orden y control.
La puerta se abrió de golpe sin que yo autorizara y eso ya me molestó.
Entró Héctor hecho un huracán de ira. Mandíbula tensa, los nudillos aún amoratados de su última exhibición. Cerró de un portazo que hizo vibrar el vidrio de los ventanales.
No retiré la mirada del documento que estaba revisando. Me he ganado el respeto de hombres más peligrosos que él por no conceder el primer movimiento.
—¡Dijiste que me la darías! —escupió, a modo de saludo—. Soy tu mejor luchador. ¡TE LLENO LOS PUTOS BOLSILLOS! ¡Y TÚ LA DEJAS ESCAPAR CON ESE MALDITO PERRO MUERTO DE HAMBRE!
Firmé, dejé la pluma en su lugar y sólo entonces levanté la vista. Guardé un segundo de silencio. El silencio correcto.
—A mí no me levantes la voz —dije, sin subir la mía—. Antes de ti, yo me ganaba mi dinero. Y después de ti, lo seguiré haciendo.
Él dio un paso más, bramando maldiciones.
—No me importa tu leyenda, Arturo. La quiero ahora. Me prometiste a Galardiel...
Me acomodé en el respaldo. El cuero crujió como una advertencia a que no diera un paso más.
—La pequeña duquesa —sorbí un trago, dejándolo reposar el alcohol en la lengua— no tardará en aburrirse del pobretón. Aunque no lo quiera admitir, Galardiel necesita las comodidades que uno le da. Ese perro callejero no puede sostener su mundo de lujos, y ella lo sabe. Ahí te la entrego.
Sonreí con el vaso en la mano. Él no entendía que las personas tienen precio, pero también tienen hábitos. Y los hábitos siempre vuelven.
—No —gruñó—. Tu hija es mía. Y la quiero ya. Tienes cuarenta y ocho horas o…
Me levanté despacio. No por hacer drama innecesario; sino que fue un movimiento calculado. Rodeé el escritorio. Él se cuadró, creyendo que iba a golpearlo como en un pesaje. No me rebajaría a eso si no es meramente necesario.
Lo tomé por el cuello de la camiseta y lo empujé contra la pared, estaba acostumbrado a parar trenes más grandes que un boxeador borracho de ego.
—¿O qué? —le dije a un centímetro de la cara—. A mí no me vengas con amenazas.
Intentó sostenerme la mirada, pero falló. El sudor le brilló la sien. Sentí cómo se le desinflaba el pecho.
—Vete —añadí, soltándolo con un empujón—. Antes de que te rompa la boca.
Se recompuso como pudo, arreglándose la ropa con lo poco de dignidad que le quedaba. Me sostuvo la mirada un segundo más, herido en el orgullo.
No dije nada, no necesitaba decirlo. Él entendió aún sin palabras y dio media vuelta, saliendo apurado de mi estudio.
Me serví otro dedo de whisky. Revolví el hielo en el vaso. La noche volvió a su eje natural. Héctor no era más que una pieza valiosa con pretensiones de rey. Se le olvida que el tablero es mío.
El teléfono vibró sobre el escritorio. Número del hotel que uso para cerrar acuerdos discretos.
—Castillo.
Una voz nerviosa de un chico comenzó a tartamudear al otro lado.
—Señor Castillo… soy Jimmy… de recepción. No sé si debía llamar, pero pensé que usted… que esto… —tragó saliva—. Su hija.
Bajé el vaso.
—Hable.
—La señorita… perdón, la señora —se corrigió, y el detalle me inquietó—. La señora Galardiel Cruz estuvo aquí hace un momento. Llegó con un hombre. Presentó… presentó al señor como su esposo.
Por un segundo, no escuché nada más que una interferencia aguda en mi oído. El whisky me supo a fuego.
Volví a poner el mundo en marcha con una exhalación casi inaudible.
—Describa al hombre.
—Alto, moreno, traje n***o, pajarita. Creo… creo que era un boxeador...
—¿Dónde están? No los dejes entrar...
—Lo siento, señor. Ya están en la Suite Panorama —titubeó un segundo antes de continuar—. Y… y hubo un momento incómodo… yo… le pregunté si el señor la acosaba. Ella dijo que no… que era su esposo. —Se atropelló con las palabras—. Lo siento. No quise…
—¿Hay cámaras en el lobby?
—Sí, señor.
—Quiero la copia de hoy. El registro de ingreso, el voucher de la tarjeta, cualquier firma, la toma del ascensor y del pasillo. Me lo envía a mi correo en una hora. Si alguien pregunta, jamás me llamó. ¿Entiende?
—Sí, señor.
—Bien. Le dejaré una propina. La duplicaré apenas llegue la información.
Corté, lanzando el teléfono sobre el escritorio. Me quedé mirando mi reflejo en el ventanal. Por un segundo vi a mi padre en mi propia postura, cosa que no me gustó para nada. Me odié lo suficiente como para corregir esa sombra que aún había en mí.
Me senté y respiré hondo antes de pulsar el botón del interfono.
—Martín.
—Sí, señor.
—Quiero la hoja de matrimonios del Registro Civil de hoy. Completa. Y el nombre de la jueza de turno. Si hay “casos urgentes”, los quiero primero. Tienes treinta minutos.
—Entendido.
—Y llama a Raúl. Que me consiga en vivo todas las cámaras del hotel, pasillo y ascensor, y que prepare un enlace seguro. No quiero un archivo. Quiero una entrada en vivo.
—Bien, señor, ya me pongo a trabajar.
Solté el botón. El tablero había cambiado, pero no perdí mi control. La palabra “esposo” no me ardía por pudor ni por romanticismo: me ardía porque venía de un papel que no firmé en mi escritorio... se había firmado en otro.
"Los contratos son míos, o no existen..."
Volví a levantarme hasta el ventanal. La noche estaba tranquila, la luz de la cuidad hacia imposible ver las estrellas, aunque no me interesaban las que estaban arriba. Solo las que las que estaban aquí abajo… eran mías… aunque no lo supieran. No podían mover un dedo sin mi permiso.
Mi hija creía que se había ganado una vida nueva por anunciarse con un apellido distinto.
“Cruz”. Sonreí sin humor. Lo que uno llama destino suele ser mala contabilidad.
El interfono pitó y me giré para apretar el botón.
—Señor —dijo la voz del otro lado—. Confirmado: matrimonio hoy, 12:43. Jueza Ramírez. Testigos: Mario Zamora y Margarita Méndez. Puedo enviarle los escaneos.
—Envíelos. Y a Ramírez… regálele una botella de lo que le gusta. Y la semana que viene, una auditoría fiscal...
—Entendido.
—Ya sabes que hacer con los testigos.
—Sí, señor.
El correo llegó segundos después con los adjuntos. Abrí los PDFs, al ver sus firmas me produjo unas náuseas que casi me hacen devolver el whisky. No por lo que significaban para ellos, si no por lo que significaban para mi reputación: una insolencia a mi poder.
El otro teléfono vibró y en la pantalla apareció el nombre de Raúl.
—Estoy dentro del circuito del hotel —dijo—. Tengo lobby, pasillo del piso veinticuatro, ascensor. ¿Quiere que le comparta?
—Sí.
La pantalla secundaria de mi ordenador cobró vida. Vi a Gala entrar con él al hotel, tomados de la mano como dos tortolitos enamorados, mirándose como si el mundo comenzara y terminara en el otro.
No aparté la vista de las imágenes porque no me permití el lujo de autoengañarme.
Se detuvieron en recepción. Pude leer el gesto exacto cuando el muchacho pronunció “acosador”. Reconocí la sonrisa de mi hija. Era el movimiento correcto, el de su madre, tan desafiante y rebelde.
“Desde ahora soy la señora Galardiel Cruz.” Apreté el vaso, haciendo que el vidrio crujiera a punto de romperse.
La transmisión se cortó. Si bien la intimidad de mis enemigos me repugna; las imágenes privadas podrían utilizarse en su contra. Pero dentro de esas habitaciones no había cámaras.
Me recosté en la silla, apoyando el vaso en el escritorio. Cerré los ojos por un momento y el plan vino solo.
No necesitaba gritar ni romper nada. Cuando las piezas están ordenadas, basta empujar con el dedo.
Primero: atacar a los traidores. La jueza, los testigos, sus más allegados.
"Siempre hay un hilo flojo por donde tirar."
Segundo: recordarle a Cruz que no es nadie sin mi apoyo, sin mi benevolencia.
Tercero: darle a Héctor un trofeo que crea suyo para mantenerlo atado.
"Galardiel es el hueso de placer que calma a ese perro..."
Las guerras no se ganan con puños, se ganan con poder. Se lo das a quien te sirve; se lo quitas a quien no.
El móvil vibró otra vez. Mensaje de un número que no suele equivocarse.
"El muchacho del hotel preguntó por la propina."
Teclée una respuesta rápida.
"Se la ganó. Y su silencio también tiene precio. Si habla, que no vuelva a trabajar en esta ciudad."
Me serví otro trago. No celebro si no tengo la victoria ante mí, odio a los hombres que celebran antes de tiempo. Sólo anoté mentalmente el tiempo que tenía para resolver el siguiente movimiento: cuarenta y ocho horas.
Héctor era mi mejor apuesta para convertirme en el CEO de la agencia de su abuelo. Había cambiado ese puesto conmigo, primero porque no le interesaba estar detrás de un escritorio. Y segundo, prefería un premio que pudiera mostrar en todos lados; Galardiel…
Una esposa florero… sumisa y bien adiestrada.
Me dirigí al estante de vidrio donde guardo guantes viejos, medallas, copas y titulos. No los tenía por nostalgia ni por sentimentalismo, era otra muestra de mi poder, mi lugar en este mundo.
Había comenzado como luchador, mis peleas eran las más ovacionadas en aquella época, hasta que un hijo de puta se metió en mi camino...
"Fue tan fácil deshacerme de él. El muy imbécil escapó de la cuidad con el rabo entre las patas..."
Apagué la luz de la lámpara. La ciudad quedó del otro lado del cristal, sin saber que pronto, ardería. Mañana daría la primera advertencia a Cruz.
Sonreí, imaginándome que él también desaparecería de nuestras vidas, de una forma u otra.
La pequeña duquesa había jugado a ser feliz, y yo le recordaría quién paga la traición que me hizo.
Y si se resistía, yo me encargaría de recordarle que Arturo Castillo, jamás juega…
Y siempre tiene un as bajo la manga…