Gala
Julieta y Pedro no aceptaron un no por respuesta.
Apenas recibimos los documentos oficiales, ya tenían planeada la sorpresa. Una noche en un hotel cinco estrellas “para estrenar el sí”, como dijo Pedro, con un guiño descarado que me hizo reír incluso con el corazón todavía acelerado.
Juana se quedó encantada con la señora Margarita y su promesa de película y chocolate caliente.
Yo me repetía en silencio que todo ya estaba bien, mi esposo tenía todo bajo control mientras subíamos al auto. "Esposo"... la palabra me llenaba la boca y me temblaban los dedos de puro vértigo.
La fachada del hotel brillaba como si la hubieran encerado. En el vestíbulo olía a flores blancas y sándalo; un piano sonaba bajito, más por lujo que por necesidad.
Guille me apretó la mano y sentí esa corriente tranquila que me hacía pensar en que podíamos con lo que viniera. Con esa sensación ardiendo entre nosotros, caminamos hasta la recepción.
El recepcionista, un chico demasiado joven para su traje, levantó la vista y me reconoció al instante.
—Señorita Castillo, qué placer tenerla aquí —dijo, estirando una sonrisa profesional.
Sentí el tirón en el estómago. El apellido me cayó como una piedra. Iba a corregirlo cuando el chico miró a Guille, de arriba abajo, como si evaluara una amenaza.
—¿El señor la está… acosando?
Noté el cuerpo de Guille tensarse a mi lado. El aire alrededor pareció bajar de temperatura. No le solté la mano. Sonreí.
—No, mi esposo no es un acosador —respondí, articulando las palabras y destacando la posición de Guille—. Y desde ahora soy la señora Galardiel Cruz. Que no se te olvide, Jimmy.
El chico parpadeó, horrorizado, tal vez por haberse aprendido el apellido incorrecto justo el día equivocado. Recorrió a Guille con otra mirada, esta vez torpe.
—¿Algún problema? —pregunté con delicadeza—. Creo que ya estamos registrados. Así que te agradecería que me dieras la llave.
—Sí, sí. Lo siento, señora Cas… Cruz. Por aquí —balbuceó, rojo hasta las orejas.
Nos entregó una tarjeta dentro de un sobre dorado. “Suite Panorama”, decía.
Un botones apareció de la nada para acompañarnos al ascensor con una reverencia. Las puertas se cerraron y, en el reflejo del acero, vi nuestro cuadro nuevo: él con la pajarita todavía perfecta, yo con un vestido sencillo que me había fascinado.
Me mordí el labio de pura alegría. Guille me vio, sonrió y con su móvil, nos sacó unas fotos.
No pudimos ni siquiera besarnos antes de que las puertas se abrieran. La suite era enorme y silenciosa. Ventanales del piso al techo, una cama imposiblemente enorme, un ramo de lirios sobre la mesa y una bandeja con dos copas y un vino que alguien había enviado como regalo.
Guille me atrapó contra la pared apenas la puerta se cerró detrás de nosotros. Sus manos, ásperas de tanto guante y entrenamiento, me recorrieron con una avidez que me arrancó un jadeo.
La intensidad de su piel encendía la mía como chispas sobre pólvora. Me sentí temblar y, al mismo tiempo, poderosa, como si todo mi cuerpo se hubiera vuelto templo y él fuese el único capaz de adorarlo.
Sus labios bajaron por mi cuello, húmedos, hambrientos, dejando un rastro ardiente en su camino. Cada beso era un golpe en el estómago, cada mordida suave, una súplica disfrazada de dominio.
—Dios mío… —susurró, la respiración quebrada contra mi piel—. Mi esposa tiene la lengua bien afilada.
—¿Quieres ver cuánto? —me atreví, con una voz que ya no era mía, sino de esa mujer que solo existía con él.
Sus ojos brillaron como acero derretido.
—Sí. Muéstrame lo que tienes, señora Cruz.
—Feliz de servirle, señor Cruz.
Tomé su rostro entre mis manos y lo besé. Con cada roce de su boca, con cada choque de nuestras lenguas, me desarmaba más.
Sentí su mano apretando mi cintura, tirándome hacia él con una urgencia que me desbordaba. El calor de su cuerpo me envolvía, firme, sólido e insaciable.
Me levantó del suelo sin esfuerzo, y yo lo rodeé con las piernas, aferrándome a su espalda. La pared se volvió nuestro escenario; su torso duro contra mi pecho, sus manos sosteniéndome con la misma fuerza con que se sostiene un campeón la última cuerda en un asalto.
—Mía… —jadeó, rozando mis labios, su frente contra la mía.
—Tuya —gemí, y fue la rendición más dulce de mi vida.
Me llevó a la cama sin soltarme, y cuando me dejó sobre las sábanas blancas sentí que caía en un altar. Se quedó mirándome apenas un segundo, como si necesitara asegurarse de que yo era real. Esa mirada me atravesó hasta el alma: reverencia y hambre en la misma línea.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con esa aspereza que tanto lo delataba: los nudillos callosos, las palmas endurecidas, los dedos firmes que sabían sostener pero también acariciar con devoción.
Cada caricia me recordaba quién era él: un hombre hecho de lucha, de golpes, de sacrificio… y aun así capaz de tratarme como si yo fuera algo sagrado.
—Eres… una diosa —murmuró, bajando a besar mi clavícula, y mi piel se estremeció entera.
La palabra me encendió. Diosa. Eso sentí ser en sus brazos: no un objeto, no un adorno, sino una fuerza, un fuego. Y él, arrodillado frente a mi cuerpo, adorándome como si me hubiera esperado toda la vida.
Lo atraje hacia mí, enredando mis dedos en su cabello, devorando su boca con desesperación. No había lugar para dudas ni para miedos, solo para el ritmo frenético de nuestras respiraciones mezclándose.
Cuando al fin me tomó, lo hizo con esa dualidad tan suya: firmeza y cuidado, fuerza y ternura. Fue un vaivén de caderas que me arrancó un grito ahogado. No existía nada más que él dentro de mí, llenándome, reclamándome, amándome con la furia y la delicadeza que solo él podía conjugar.
—Gala… —jadeaba mi nombre como si fuera una plegaria y una maldición.
Me aferré a su espalda, a sus hombros, a cualquier parte de él que pudiera sostenerme en medio de ese incendio. Cada embestida era una ola que me arrastraba más hondo, cada gemido, una chispa que me quemaba.
—Más… —suplicaba perdida en el calor, en la certeza de que nada en la tierra podía ser más real que ese instante.
Y él me dio más. Con ritmo y con hambre, con amor y con furia. Me elevó, me desarmó, me volvió a armar en sus brazos.
Sentí que me deshacía, que me rompía en mil pedazos y al mismo tiempo me reconstruía bajo su piel.
Cuando ambos llegamos al clímax, no fue solo placer. Fue la explosión de todo lo contenido: el miedo, el amor, la rabia, la necesidad de tenernos.
Me aferré a él con fuerza, temblando, y en sus ojos vi mi reflejo: destruida, entregada, y más viva que nunca.
Nos quedamos así, jadeando, piel contra piel, con el sudor enredándonos. Yo acaricié su rostro, sintiendo la aspereza de la barba incipiente y el calor de sus labios aún temblando.
—Eres mi dios —susurré, y no me importó si sonaba loco o cursi.
Él sonrió, con esa sonrisa real que solo me mostraba a mí.
—Y tú eres todo lo que necesitaba para creer en algo.
Me besó de nuevo, más lento, más suave.
Y ahí, entre las sábanas revueltas y los cuerpos exhaustos, supe que ese fuego no se apagaría nunca.
El tiempo se volvió una cosa elástica.
En algún momento brindamos desnudos, las copas haciendo un sonido frágil que se perdió en el cuarto.
Había lirios, había vino, había una risa mía que casi no reconocí porque hacía años que no la escuchaba así, abierta y sincera.
Él me tocó la mejilla donde días atrás me dolía, comprobando sin palabras que no hubiera restos de dolor. Le besé los dedos, uno por uno, confirmando que ahí estábamos.
—Te amo —le dije, por si el universo necesitaba ese recordatorio.
—Te amo —respondió, como un juramento que asentaba todo.
Nos quedamos un rato mirando la ciudad desde la ventana. Las luces parecían moverse al ritmo de nuestra respiración.
Imaginé a la señora Margarita y Juana riéndose con una película de princesas, en Juli enviándome mensajes que no iba a leer hasta mañana, en Pedro haciendo comentarios sugestivos.
Pensé en Arturo como un ruido lejano, un relámpago en una tormenta eléctrica del que no quería recordar. Lo alejé como se aparta una cortina pesada.
—Tengo miedo —dije, bajito, sin mirarlo.
—Yo también —admitió, apoyando su frente en la mía—. Pero hoy ganamos nosotros.
Nos besamos otra vez. No lo hicimos por olvidar el miedo, sino por ponerle un nombre más fuerte.
Me recosté sobre él y conté sus latidos hasta que el corazón me dejó de correr. Me peinó con los dedos, lento, como si desanudara esa otra vida que se me había quedado pegada a las raíces.
—¿Crees que el chico de recepción sobrevivirá a esto? —pregunté, para no pensar en otra cosa.
—Jimmy —recordó Guille, con un tono grave que me encantó—. Voy a mandarle una tarjeta de agradecimiento: “la próxima vez recuerda que es Cruz”.
—Señora Cruz —corregí, disfrutando cada sílaba—. Suena raro todavía.
—Suena perfecto.
La noche fue nuestra de una forma sencilla. No hubo fuegos artificiales ni un menú con nombres en francés. Hubo piel y risa, palabras que solo se dicen cuando nadie más está escuchando, confesiones pequeñas como “me tiembla el pulso cuando me miras así” o “me gustas desde el primer asalto”. Hubo silencio bueno, de ese que no pesa. Hubo calor.
En algún instante me quedé mirando nuestras manos. Los anillos brillaban poco y me gustó. No necesitábamos más que eso: un círculo exacto para recordarnos el camino de regreso.
Cerré los ojos. La suite respiraba, como si también se hubiera relajado después de hospedarnos. Dejé que el sueño me tomara, pero hubo una chispa de lucidez que quise guardar: el instante en que escuché a Guille reírse bajito por nada, por pura felicidad. La risa se me quedó flotando como una luz.
—Señora Cruz —susurró, ya casi dormido.
—Señor Cruz —respondí, y fue lo último que dije antes de entregarme.
No sé cuánto tiempo pasó. Desperté en la madrugada con el sabor del vino todavía en la boca y la ciudad encendida a lo lejos.
Guille dormía sobre mi brazo, pesado y perfecto. Le acaricié el cabello y sentí una oleada de gratitud feroz. Me prometí, sin decirlo en voz alta, que iba a defender este amor con todo lo que tuviera.
Fui hasta la mesa y escribí en la tarjeta del hotel, con la birome que había junto al teléfono:
"Gracias por su hospitalidad. Señora Cruz."
La dejé bajo la copa vacía y regresé a la cama.
Me acomodé en su pecho y respiré a su ritmo. Afuera, el mundo seguiría siendo el mismo, con sus trampas, sus hombres de traje y sus amenazas. Pero ahí, en ese rectángulo de calor y sábanas, todo había cambiado. Era nuestro. Era real.
Y si mañana tocaba pelear, pelearíamos.
Pero esta noche... esta noche era nuestra victoria.