Capítulo 29: Marido y mujer

1474 Words
Guille Al amanecer ya estaba con los ojos abiertos, mirando el techo como si ahí estuviera escrita una estrategia para no desarmarme. Desayunamos casi sin hablar. Gala sonreía con esa nueva timidez que la volvía todavía más hermosa, y cada vez que nuestras miradas se cruzaban a mí se me aflojaban hasta las manos. A media mañana llegaron Julieta y Pedro con bolsas, risas y órdenes. —Tú, fuera —me señaló Julieta con un dedo acusador que no aceptaba réplica—. Hoy la novia es mía. A vestirla, peinarla y que él novio no la vea hasta el civil. Pedro me guiñó un ojo por encima del hombro de Julieta, cargando perchas como si fueran trofeos. —Tranquilo, campeón —susurró—. Volverá mejor de lo que se fue. Me reí, nervioso. —¿Y yo dónde me visto? —Conmigo —dijo la señora Margarita desde la puerta, agitando un juego de llaves—. Ya dejé la plancha encendida y el traje perfumado. Vamos, que la camisa no se alisa sola. Me “corrieron” con delicadeza. Antes de salir, busqué a Gala con la mirada. Julieta ya la arrastraba hacia la habitación. Alcanzó a volverse apenas un segundo. Ese segundo me bastó: la promesa en sus ojos era más fuerte que cualquier papel. La casa de la señora Margarita olía a lavanda. Sobre la cama había extendido una camisa, el traje n***o que me había prestado Mario, y una pajarita que me miraba con sorna, como desafiándome a domarla. Mario llegó un rato después, con la energía de siempre y una caja pequeña. —No puedes casarte sin esto —dijo, abriendo la caja. Dos anillos sencillos, de acero pulido—. Son humildes, pero firmes. Como tú. Tragué saliva. —Gracias. —No me hagas llorar ahora, que se me corre el rímel —bromeó. Entre él y Margarita me dejaron impecable. La pajarita, contra todo pronóstico, se dejó anudar. Cuando me vi en el espejo, por un instante no me reconocí: detrás del traje estaba yo, sí, pero había algo distinto en la mirada. Un brillo que no era de pelea: era de certeza. —Documento —canturreó Mario. Me palpé los bolsillos. Nada. —No puede ser… —Relájate —rió Margarita, con mi billetera en la mano—. La dejaste en la mesa de la cocina. “No lo voy a olvidar”, dijiste. Y mira. Me la tendió con esa sonrisa de madre que te salva sin reproches. La abracé con cuidado, para no arrugar el traje. —Usted es mi ángel de la guarda. —Y yo soy el padrino —agregó Mario—. Vámonos, que la jueza no nos va a esperar todo el día. El edificio del Registro Civil era más pequeño de lo que imaginé. Un pasillo limpio, una sala con sillas alineadas, un reloj que adelantaba dos minutos y un ficus exhausto luchando por su vida. Cuando entramos, Juana ya estaba ahí con la señora Margarita; llevaba un vestidito azul y una bolsita en las manos. —¿Lista para ver a tu hermano firmar su contrato más importante? —le pregunté. —Cuando la jueza diga “puede besar a la novia”, lanzo el arroz —respondió muy seria, y la sala se llenó de risitas. Pedro apareció con una carpeta bajo el brazo y una flor prendida en el bolsillo del saco. Detrás de él, Julieta… y detrás de Julieta, ella. Gala entró. Quedé paralizado. No llevaba un vestido de revista. Era sencillo, blanco puro, de tela suave que caía limpia hasta los tobillos. El cabello recogido en un moño, un mechón suelto rozándole la mejilla. Tenía los labios curvados en una sonrisa que era para mí y solo para mí. La vi y supe, con una claridad que me atravesó el cuerpo, que todo lo vivido, las heridas, las noches en vela, la rabia, desembocaba en ese instante. —Hola —dijo, apenas en un susurro, como si estuviéramos solos. —Hola —alcancé a responder. Mario carraspeó, dándome una bofetada de realidad. —Bueno, si terminaron de comerse con los ojos… la jueza está lista. La doctora Ramírez era menuda, con una complexión delgada, con una mirada que mezclaba afecto y autoridad. —No me maquillé solo para ver a dos tortolitos hacerse ojitos —le guiñó a Mario—. ¿Son mis novios de emergencia? —Sus novios de la felicidad —contraatacó él. Firmamos papeles que parecían escritos en otro idioma. La jueza me hizo repetir mi nombre completo y el de ella: “Guillermo Cruz… Galardiel Castillo”. La pronunciación de su nombre me tembló en la lengua. A mi lado, Gala apretó mi mano con la misma firmeza que yo a ella. —¿Traen testigos? —preguntó la jueza. —Aquí —dijo Mario, dando un paso al frente, pecho inflado. —Y aquí —añadió la señora Margarita, con una dignidad que a mí me erizó la piel. La jueza nos miró a los cuatro, como en un cuadro familiar. —Muy bien. Procedamos. No hubo discursos largos ni músicas de violín. Hubo palabras simples, las correctas, dichas con una calidez inesperada. —El matrimonio —dijo la jueza, mirándonos de frente— no es un adorno. Es una decisión de todos los días, sobre todo cuando el mundo se pone difícil. ¿Están dispuestos a elegirse el uno al otro, incluso entonces? —Sí —dije yo, sin dudar. —Sí —repitió Gala, y el pequeño quiebre en su voz me derritió por dentro. Cuando llegó el momento de los anillos, Mario me susurró: —No te tiemble la mano, campeón; esto es precisión, como el mejor directo. Me reí por lo bajo. Le deslicé el anillo a Gala. Ella me miró como si yo fuera el único hombre del mundo. Después, con dedos aún más firmes que los míos, me puso el mío. —Por la facultad que me confiere el Estado —dijo la jueza en voz baja—, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia… con moderación, que este ficus es impresionable. La sala resonó con risas suaves y, antes de que nadie respirara, yo ya la estaba besando. No fue un beso largo; fue hondo. Un “estoy aquí”, un “te elijo”, un “pase lo que pase, juntos”. Juana, fiel a su promesa, nos arrojó el arroz sin piedad. Julieta se secó una lágrima de esas que jura que son de risa. Pedro me abrazó con fuerza, y en su palmada en la espalda leí un “bienvenido a la familia”. Margarita me besó la mejilla. Mario me susurró: “Eres un hombre afortunado, campeón”. Hubo fotos con los teléfonos, un ramo de flores que Julieta armó con tres flores del ficus (la jueza juró que no había visto nada), y un “que sean felices” que no sonó a frase hecha. Por un instante me olvidé de todo. Del médico. De la mansión. De Héctor. De Arturo. Éramos solo nosotros, con un papel firmado y dos anillos que pesaban lo justo. Salimos a la calle y el sol nos recibió con una luz mas clara que nunca. Mario quiso llevarnos a comer algo para brindar, pero la jueza nos había hecho firmar más tarde de lo previsto y yo solo quería consumar mi unión con mi mujer. Acordamos vernos todos por la tarde en casa, con una cena comprada, porque ya habíamos aprendido que la cocina podía tornarse campo minado. Mientras caminábamos, Gala se quedó un paso atrás. La miré. Tenía los ojos brillantes. —¿Estás bien? —le pregunté—. ¿Ya te arrepentiste? Sonrió negando con la cabeza y se pegó a mí, entrelazando nuestros dedos. —Jamás te podrás deshacer de mí. Estoy… en casa. “En casa”. No dijo “contigo”, dijo “en casa”. Y supe que esas dos palabras, en su boca, significaban más de lo que podía expresar en ese momento. Mario chasqueó la lengua. —Bueno, tortolitos, dejen algo de romance para la tarde. —Me lanzó las llaves—. Llévate a tu esposa, Cruz. Suena bien, ¿no? “Esposa”. La palabra me recorrió por dentro como una corriente. Le abrí la puerta, ella subió, y por primera vez en toda mi vida supe que avanzaba hacia el futuro que quería, no hacia el que me dejaban. Encendí el motor. Miré a Gala. Ella me devolvió la sonrisa. —Vamos a casa —dije—. Luego soportaremos la cena. Pero primero comeré el postre. Y arranqué, con el corazón exactamente donde debía estar: en sus manos.
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