Guille
Nunca pensé que iba a sentirme así. Esa noche sufrí más que antes de subirme a un ring.
Estaba sentado en el sillón de casa, con el corazón pateándome el pecho, todavía con las manos manchadas de harina de la “clase de cocina” que habíamos improvisado con Gala.
Ella estaba en mi habitación, tal vez era justo decir nuestra habitación, leyendo tranquila. Yo solo podía pensar en una cosa: que no iba a dejar pasar más tiempo. No podía darme ese lujo.
Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos. Abrí y ahí estaba Mario, con su sonrisa pícara y la chaqueta arrugada como si hubiera salido corriendo a verme.
Y de seguro así fue. El mensaje que le había enviado decía: SOS, necesito ayuda. Unas horas antes le había contado todo lo que había pasado… quien era en realidad Gala, su padre y del idiota de Héctor.
—¿Y esa cara, Cruz? —preguntó, levantando una ceja—. Pareces más conmocionado que cuando ganaste tu primera pelea.
—Es que esto es más grande que cualquier pelea, hermano —le dije, sin vueltas.
Mario me miró un segundo, y luego sonrió de lado.
—Ya me imagino por dónde va la cosa… —se acomodó contra la pared, cruzando los brazos—. Así que… ¿vas a casarte?
—Sí. Quiero hacerlo. Quiero casarme con Gala.
Lo dije sin pensarlo. El corazón empujó las palabras a la boca.
Mario soltó una carcajada que resonó en la sala.
—¡La puta madre! —exclamó, palmoteándome el hombro—. ¡Por fin un Cruz tomando una decisión inteligente!
Yo me reí también, aunque la ansiedad me recorría entero.
—No sé cómo hacerlo, Mario. No tengo idea de dónde empezar. No quiero esperar meses. Arturo y Héctor están encima y no puedo darles tiempo. Necesito que sea rápido, legal, y seguro.
Él se rascó la barbilla, pensativo, y luego me miró con esa chispa en los ojos que siempre anunciaba problemas.
—Pues tienes al hombre indicado frente a ti. ¿Quién crees que ayudó a mi prima cuando se casó a escondidas del viejo cascarrabias de mi tío?
—¿Tú? —pregunté, sin creerle.
—Por supuesto. —Se golpeó el pecho—. Tengo contactos en el registro civil. Una jueza amiga me debe un par de favores. Si le digo que es urgente, los casa mañana mismo.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Mañana?
—Sí, hermano. Mañana. Pero necesitas dos testigos, y ahí entro yo. ¿Eduardo querrá ser el otro?
Pensé en mi entrenador. Él era serio y gruñón, pero también el hombre que más había confiado en mí desde que empecé en esto.
—No sé, todavía está enojado por lo de la gala y Arturo Castillo —respondí, convencido—. Pero la señora Margarita va a estar.
Mario sonrió satisfecho.
—Perfecto. Entonces ya lo tienes: la jueza, los testigos y el traje que te presté. No puedes decir que no pienso en todo.
Me pasé las manos por la cara, tratando de contener la emoción. La idea de ver a Gala vestida de blanco, aunque fuera con un vestido prestado, aunque no hubiera flores ni música, me hacía sentir como si hubiera ganado el título mundial.
—Mario… —dije, con la voz temblándome—. No sé cómo agradecerte.
Él me dio un golpe amistoso en el brazo.
—Me lo agradecerás invitándome a la fiesta cuando hagas el segundo matrimonio. Ya sabes, el oficial, con música, alcohol y toda la parafernalia. Este de ahora solo cuenta como el de emergencia.
Me reí, aunque los ojos me ardían con las lágrimas de felicidad que intentaba contener.
—Hermano, no quiero nada más que verla sonreír.
Mario me miró serio por primera vez.
—Entonces hazlo. Hazlo ya. Porque los Castillo no juegan limpio, y lo sabes. Cada día que pasa es una oportunidad para que ellos la rompan un poco más. No les des el tiempo.
—¿Cómo lo sabes?
—En cuanto me dijiste quién es Gala, me puse a investigar. Aunque... ¿Quién no conoce a ese sujeto y los rumores en el ámbito?
Asentí, era lógico. Mario era muy extrovertido y, vaya uno a saber cómo lo hacía, pero tenía todos los chismes bajo control.
No había nada en las noticias, Eduardo no me había escrito luego de la fiesta. Todo parecía estar tranquilo. Una tranquilidad que para nada se sentía bien. Por eso debía moverme cuánto antes. No sabía que estaban planeando del otro lado.
Cuando Mario se fue, me quedé solo un rato en la cocina, mirando el calendario pegado en la pared. Nunca había pensado en mi vida más allá del próximo combate, del próximo entrenamiento. Y ahora todo se reducía a una fecha: mañana.
Me acerqué a la habitación. Gala seguía sentada en la cama, leyendo, con el cabello recogido en un moño desordenado y mi camiseta apenas cubriéndola. Levantó la vista cuando me escuchó y sonrió.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Me acerqué y me senté junto a ella. No le dije nada de inmediato. Solo la miré. La miré con la certeza de que esa mujer era todo lo que quería en mi vida, y todo lo que necesitaba.
Me incliné y le besé la frente.
—Mañana —susurré— vamos a empezar de nuevo. Tú y yo… seremos uno solo.
Ella arqueó una ceja, confundida, pero a los segundos entendió. Se inclinó sobre mí y apoyó la cabeza en mi hombro.
Y en ese momento supe que, pasara lo que pasara, no había forma de que Arturo o Héctor me la arrancaran sin luchar hasta derramar la última gota de mi sangre.
Esa noche apenas dormí. Imaginé mil veces la escena: Gala entrando con un vestido sencillo, Mario haciéndome guiños detrás de ella, Margarita feliz de la vida y orgullosa.
Imaginé el sí, el papel firmado, la alianza que aún no tenía pero que juraba conseguir aunque fuera de acero.
No importaba nada más. Ni mi carrera, ni los contratos, ni las amenazas que de seguro nos lloverían.
Solo importaba que ella y yo íbamos a unirnos antes de que el mundo pudiera separarnos.
Y con esa certeza en el pecho, cerré los ojos, sintiéndome por primera vez en mucho tiempo el verdadero campeón de mi vida.