Capítulo 35: ¡No soy un criminal!

1642 Words
Guille Había pasado horas buscando a mi esposa. Primero en la universidad, recorriendo pasillos como un idiota con la esperanza de verla doblar cualquier esquina. No había rastro de ella ni de sus amigos. Pregunté en secretaría, revisé en el patio y en la cafetería. Nadie la había visto desde el día que se tomó para nuestra boda. El vacío de su ausencia me ardía en la cabeza, mi mente me hacía alucinar con mil escenarios posibles… en cada uno yo la perdía. Intenté llamarla varias veces pero la respuesta siempre era la misma: "el número con el que intenta comunicarse está momentáneamente fuera de servicio." —Putâ madre —murmuré, apretando el teléfono hasta que los nudillos se me pusieron blancos—. ¿Dónde carajos estás, Gala? Me subí a la moto y fui directo a la escuela de mi hermana. Juana salió con la mochila colgando y cara de fastidio. Pero apenas me vio, corrió hacia mí, cargada de alegría. —¡Guille! —dijo, abrazándome fuerte—. Me metí en problemas. Le acaricié la cabeza, preocupado. —¿Qué pasó? —Un idiota me empujó. Me dijo cosas feas, y yo… yo le pegué. Pero me mandaron a dirección. Me agaché para mirarla a los ojos. —Hiciste bien en no dejar que te pisotearan. Pero mañana hablaré con tu maestra. No te preocupes, ¿sí? Ella asintió, con ese gesto de niña fuerte que a veces me dolía más que el cansancio del ring. La subí a la moto, ajusté su casco, y juntos volvimos a casa, tenía la esperanza de que Gala nos estuviera esperando allá. Frené frente al edificio y me percaté del escándalo que había en la entrada. Una patrulla estaba estacionada, las sirenas apagadas pero con las luces encendidas... el aire estaba pesado, anunciando problemas inevitables. Dos agentes se bajaron apenas nos vieron descender de la moto. Uno de ellos, alto, con cara de pocos amigos, se adelantó. —¿Guillermo Cruz? Me erguí, sin soltar la mano de Juana. Ella estaba muy nerviosa, aunque no decía ni una palabra. —Sí, ¿qué pasa? El tipo no perdió tiempo. Me mostró una placa y dio la orden. —Queda detenido por coacción, privación ilegítima de la libertad y amenazas. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies justo antes de que el hombre sacará las esposas. —¿Qué? —Mi voz se quebró—. ¡Eso es un error! Uno de los policías intentó apartar a mi hermana de mi lado, tomando su brazo para separar nuestras manos. —La niña se queda con nosotros por ahora. Juana se revolvió, llorando desesperada. —¡No! ¡Déjenme! ¡Quiero estar con mi hermano! El agente la levantó en brazos, pero ella se agitaba como un gato atrapado, arañando, pataleando. Yo forcejeé con el otro, que intentaba esposarme. —¡Suéltenla, carajo! —rugí. El policía me empujó contra la patrulla, presionando mis brazos. —¡Quieto o será peor! Mi hermanita estiraba los brazos hacia mí, llorando a gritos. —¡Guille! ¡No me dejes! El corazón me crujió en el pecho. —Escúchame, princesa —le grité por encima del hombro del agente que me sujetaba—. ¡Es un error! ¿Me oyes? ¡Un error! Ve con la señora Margarita, ¿sí? Ella te cuidará hasta que yo vuelva. Te lo prometo. Juana asintió entre lágrimas y, con una fuerza que no sabía que tenía, se zafó de los brazos del policía. Cayó al suelo, corrió escaleras arriba como un rayo, directo al apartamento de Margarita. —¡No la toquen! —grité, pero me mantuvieron quieto. Los segundos se volvieron horas interminables. El eco de sus pasos se perdió arriba... Pero entonces, vino el grito. Un grito desesperado, desgarrador, que partió el aire en dos. —¡NOOO! ¡MARGARITA! ¡DESPIERTA! Todo se volvió un agujero n***o, ruido y silencio al mismo tiempo. Yo forcejeaba con las esposas, queriendo correr hacia ella, pero los dos policías me apretaban contra el auto como si fuera un animal rabioso. —¡Déjenme ir! ¡Es mi hermana, carajo! —rugí, la voz quebrada por un dolor que no sabía de dónde salía. El oficial que había subido volvió a la entrada, con el rostro desencajado. —Encontramos el cuerpo de una femenina de aproximadamente cincuenta años en el apartamento —informó por la radio, pero su voz era un susurro cargado de gravedad. —¡MARGARITA! —grité, sintiendo cómo se me hundía el mundo bajo los pies—. ¡HIJOS DE PUTA, LA MATARON! Mi pecho ardía. Me faltaba el aire, que no pasaba a mis pulmones. Pensé en que no podía ser más grave... pero de pronto escuché algo peor: los sollozos de Juana mezclados con un chillido extraño. —¡AYUDA! ¡GUILLE! —gritaba, y después su voz se cortaba como si le apretaran el cuello. El agente alto fue el primero en reaccionar. —¡SAQUEN A LA NIÑA DE AHÍ, YA! La bajaron por las escaleras, a los tropezones. Yo la vi, entre brazos uniformados, la cara bañada en lágrimas. Su piel estaba demasiado blanca. —¡No puede respirar! —gritó uno de los policías cargándola—. ¡Le falta el aire! —¡NO, NO, NO, JUANA! —me retorcí como un loco, los músculos tensos, empujando a los dos agentes que me sujetaban—. ¡DÉJENME IR CON ELLA, MIERDA! Mi pequeña agitaba las manos en el aire, buscando mi rostro, su cuerpito sacudiéndose. La espuma empezaba a asomar en la comisura de su boca. —¡Convulsiona! —gritó el oficial que la sostenía. —¡Llamen a una ambulancia ya mismo! —vociferó otro. Yo no pensé. No medí nada. Golpeé con el hombro, me zafé de uno, y con un cabezazo lancé al suelo al otro. Corrí hacia Juana, las esposas tintineando, los brazos atados pero estaba decidido a llegar a ella. —¡JUANA! ¡AGUANTA, MI NIÑA, YA ESTOY AQUÍ! —me abalancé hacia ella. El policía que la tenía trató de apartarme pero un compañero se interpuso entre nosotros. Lo empujé con todo el peso de mi cuerpo. —¡Suéltenla, mierda! ¡Es mi hermana! Pero todo fue en vano. Enseguida sentí los brazos de otros dos agentes que me sujetaban por detrás. Luché como si estuviera en el ring. Codazo, patada, embestida. Uno cayó, el otro sangraba de la ceja. El aire se llenó de gritos y órdenes. —¡CONTROLEN A ESTE LOCO! Juana convulsionaba en el suelo, rodeada de policías que no sabían qué hacer. Yo rugía como una bestia, queriendo alcanzarla, pero tres hombres se me colgaban encima, tirándome hacia atrás. —¡ES MI HERMANA! ¡DÉJENME LLEGAR A ELLA, HIJOS DE PUTA! El caos fue absoluto. La sirena de una ambulancia se escuchaba a lo lejos, pero mi corazón solo podía contar segundos: cada uno podía ser el último de Juana. Y entonces lo sentí. Un estallido eléctrico me recorrió el cuerpo como mil agujas. El dolor me sacudió de pies a cabeza. Los músculos se contrajeron solos, mis rodillas golpearon el suelo. —¡AGHH! —grité, antes de que la lengua se me quedara trabada. El taser me dejó temblando, tirado como un puto delincuente. El olor a quemado me subió hasta la nariz. Todo mi cuerpo se quedó rigido. Me hicieron rodar boca abajo, las esposas crujieron más fuerte al ajustarlas. Uno de los policías me clavó la rodilla en la espalda. —¡Quieto, maldito animal! —me escupió sin piedad. Yo apenas podía respirar. La boca me sabía a hierro. Giré la cabeza lo suficiente para verla: Juana estaba en el suelo, con un paramédico recién llegado a su lado. Le abrían la boca, la sostenían entre dos. Su cuerpo pequeño seguía sacudiéndose. —¡Juana…! —gimoteé, la voz casi apagada. Las lágrimas me nublaban los ojos, pero vi cómo colocaban oxígeno, cómo otro abría la camilla. El miedo me apretaba más fuerte que cualquier descarga eléctrica. —¡Por favor, salven a mi hermana! —supliqué, con la voz rota, sin importarme quién escuchara. Pero nadie me contestó. El policía que me había disparado con el taser guardó el aparato en su cinturón, con el rostro endurecido. —Arresten a este hombre —ordenó, con palabras secas—. Es peligroso. Me levantaron entre dos, arrastrándome más que caminando. Mis piernas aún temblaban. No ofrecí resistencia, no me quedaban fuerzas. Mis ojos no se despegaron de mi hermana, que al fin dejaba de convulsionar, con la máscara de oxígeno cubriéndole la cara. —¡Aguanta, chiquita! —alcancé a gritar antes de que me metieran en la patrulla. La puerta se cerró tras de mí. El aire frío me envolvió por completo, congelándome hasta los huesos. Desde dentro, escuché su llanto débil, un sollozo ahogado. Ese sonido me rompió el corazón. El motor de la patrulla rugió, alejándome del edificio. En la ventanilla vi el reflejo de las luces de la ambulancia encendidas, las siluetas de los paramédicos llevando a mi niña. El estómago se me dio vuelta. Cada respiración era como inhalar fuego frío. Golpeé con las manos esposadas el vidrio de la puerta. —¡No me hagan esto! ¡No soy un criminal! ¡Soy su hermano! —La voz se quebró, ya estaba hecho trizas—. ¡Soy todo lo que tiene! Pero el conductor no giró la cabeza, ninguno de ellos lo hizo. El auto avanzó, perdiéndose en las calles, y yo solo podía pensar en que me estaban arrancando la vida de un tirón. Y en que, si Juana no sobrevivía, nada en este mundo podría contener el monstruo que me estaban obligando a ser.
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