Capítulo 27: Cangrejo

1696 Words
Guille Gala me acompañó hasta la puerta de la casa y me costó un mundo soltarle la mano. Me miró con los ojos enrojecidos pero con una luz distinta, la luz de la esperanza después de nuestra charla. —Luego del médico con Juana, paso por lo de Julieta a levantar ropa para ti —le prometí, acariciándole la mejilla con cuidado—. Así no tienes que preocuparte de nada. Asintió, con una sonrisa débil y frágil, pero suficiente para hacerme sentir que lo imposible podía volverse realidad. Me incliné y le di un beso rápido, porque sabía que si me quedaba más tiempo iba a ser incapaz de irme. —Nos vemos después, mi amor. —Ten cuidado —susurró. Cerré la puerta detrás de mí con el corazón bombeando tan fuerte que me dolía el pecho. Subí a la moto con una sonrisa que me ardía en la cara. El viento me golpeaba mientras avanzaba hacia el colegio de Juana, pero dentro de mí todo estaba en calma. No había ganado un campeonato mundial, no me habían levantado la mano en un cuadrilátero, y aun así sentía que era el campeón más grande de todos los tiempos. Porque ella me había dicho que me amaba. Porque ella había aceptado la idea de casarnos. Me repetía esas palabras una y otra vez: mi esposa. Sonaban irreales, como un sueño que se colaba entre mis dedos, pero al mismo tiempo me encendían las ganas de hacerlo posible, y rápido. No podía esperar meses. Arturo iba a mover sus piezas, Héctor no iba a quedarse quieto, y yo necesitaba blindar a Gala antes de que cualquiera de ellos intentara arrebatármela. Me preguntaba cómo hacerlo: si habría un juez que pudiera casarnos en secreto, si necesitábamos papeles, testigos… No sabía nada del proceso, pero lo iba a aprender en cuestión de horas si era necesario. De lo único que era consiente era que no podía perder más tiempo. Cuando llegué al colegio, Juana ya estaba esperándome. Llevaba su mochila, más grande que ella, colgando de un hombro y la sonrisa que me mataba de ternura. —¡Guille! —corrió hacia mí. La levanté en brazos como cuando era chiquita. Aunque en realidad pesaba más de lo que mi espalda podía aguantar. —¿Cómo te fue, señorita? —pregunté, dándole un beso en la frente. —Bien… creo —se encogió de hombros. La subí en la moto con el casco pequeño que había comprado solo para ella. Juana me miró con esos ojos oscuros que siempre me daban fuerzas aunque estuviera por rendirme. —¿Gala está en casa? —preguntó. —Sí, está descansando. Va a estar con nosotros a partir de ahora, así que no te desesperes, después la vas a ver, ¿sí? Asintió, mordiéndose el labio, y entonces su sonrisa volvió. —Me gusta que esté contigo. Sentí un golpe suave y cálido en el pecho. Sí, teníamos mil factores en contra, y lo único que nos unía era el amor que sentíamos el uno por el otro. Puede que no fuera suficiente para otros, pero no con nosotros. No iba a permitir que nada ni nadie me alejara de ella. (...) El consultorio del doctor olía a desinfectante y papeles acumulados. Juana se sentó en la camilla balanceando las piernas para disimular sus nervios. Yo, en cambio, estaba con los brazos cruzados, intentando mantenerme en el lugar. Su doctor de cabecera la revisó con cuidado. Le tomó la presión, escuchó su corazón con el estetoscopio, le hizo preguntas sobre la escuela y la comida. Juana respondía con timidez, mirándome de reojo como buscando aprobación. —Muy bien, Juana. ¿Has sentido cansancio últimamente? —preguntó él. —Un poco —respondió ella, encogiéndose de hombros—. A veces en gimnasia me falta el aire. Noté cómo el doctor se tensó. Tomó nota en su libreta y la hizo acostarse para revisar con más detalle. Ya no podía quedarme quieto. Caminé de un lado a otro, sintiendo la incomodidad apretándome más que nunca. Cuando el doctor terminó, Juana volvió a sentarse antes de bajarse de un salto. Se acomodó la mochila como si nada. —¿Puedo ir afuera? —preguntó ella. —Claro, cariño —respondió el doctor con una sonrisa amable—. Espera en la sala. Juana salió dando saltitos, y la puerta se cerró detrás de ella. El doctor se acomodó los lentes y me miró con seriedad. —Guillermo, necesito ser claro contigo. La condición de tu hermana requiere un seguimiento más estricto. El soplo cardíaco que detectamos meses atrás no ha desaparecido, y ahora los síntomas empiezan a coincidir con una cardiopatía congénita que debe tratarse con cirugía. Cuanto antes. Me quedé helado. —¿Cirugía? —repetí, la palabra no me entraba en la cabeza. —Sí. Por ahora no está en riesgo inmediato, pero el cansancio y la saturación que medimos hoy son señales que no podemos ignorar. Necesitamos estudios más avanzados y, dependiendo de los resultados, evaluar un procedimiento quirúrgico. El mundo me cayó encima como un edificio en plena demolición. Me apoyé en el respaldo de la silla, respirando hondo. No podía dejar de pensar en Juana sonriendo afuera, en su voz alegre gritándome por la mañana. En todo lo que había cargado sobre sus hombros siendo tan chiquita, y en cómo yo me había jurado protegerla siempre. Ahora me decían que necesitaba una operación, que su corazón estaba en juego. El doctor seguía hablando, dándome detalles técnicos, fechas disponibles, nombres de especialistas, costos... Yo apenas lo escuchaba. Una parte de mí se quedó en esa frase: cardiopatía congénita. Salí de la consulta unos minutos después, con Juana tomada de la mano y un peso nuevo en el pecho. Ella me sonreía, como si nada hubiera pasado. Yo apreté su manita entre la mía y miré al frente. Podía sentir todavía la felicidad de la mañana, esa sensación de campeón al imaginarme casándome con Gala. Pero ahora se mezclaba con un miedo más grande: el de perder a Juana, el de no tener recursos suficientes, el de que Arturo usara esto como arma. Y me prometí, una vez más, que no iba a dejar que eso ocurriera. Ni con ella, ni con Gala. Volví a casa con Juana tomada de la mano, intentando no mostrarle el caos que me carcomía por dentro. Había sonreído en la moto, le había preguntado por su día en el colegio, había respondido con monosílabos a sus bromas. Pero en mi cabeza seguía retumbando la voz del médico y esa palabra que parecía no querer soltarme: cirugía. Abrí la puerta de casa y, de inmediato, un olor extraño me golpeó la nariz. Algo entre quemado y harina cruda. —¿Qué carajos…? —murmuré. Juana me miró con los ojos bien abiertos y olfateó el aire. La cocina era un campo de batalla. Había harina hasta en las cortinas, sartenes apiladas en el fregadero, y lo que parecía ser una salsa indefinible goteando sobre el fogón apagado. En medio del desastre estaba Gala, con el cabello lleno de polvo blanco, las mejillas sonrojadas y una sonrisa gigante, como si acabara de ganar la lotería. —¡Bienvenidos! —exclamó, levantando un plato con algo extraño encima—. Quise esperarte con la cena. Disculpa el lío de la cocina… pero por suerte ya aprendí a limpiar. Anda, prueba lo que preparé. Me quedé congelado en el marco de la puerta, debatiéndome entre reírme a carcajadas o fingir un infarto. Juana la saludó con un beso rápido en la mejilla. —¡Hola, Gala! —dijo, pero enseguida hizo un puchero—. El médico me mandó dieta… así que voy a mi habitación. Se fue sin esperar respuesta, pero antes de cruzar la puerta de su habitación me lanzó una sonrisa de disculpa. Gala me miró expectante, todavía con el plato en alto. Me acerqué y me obligué a sonreír. El contenido era una especie de masa amorfa, con bordes duros y un centro gomoso, coronado con algo que podría haber sido carne o un intento de verdura cocida. —¿Qué… es? —pregunté con cautela. —Una receta que encontré en internet. —Me guiñó un ojo, orgullosa—. No se ve tan mal, ¿verdad? La miré. Luego miré el plato. Luego volví a mirarla. Su sonrisa era tan enorme que tuve que rendirme. —Claro… —tragué saliva—. No se ve tan mal. Me senté a la mesa con una lentitud digna de una tortuga. Pero quería hacer lo del cangrejo… retroceder. Tomé el tenedor, pinché un pedazo y lo llevé a la boca. La textura fue lo primero en invadirme: era como mascar goma con piedras escondidas. El sabor… mejor no ponerlo en palabras. Sentí un ardor extraño en la lengua y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no escupirlo. —¿Y? —preguntó ella, inclinándose hacia mí con ansiedad. —Está… —tosí, tomé agua de inmediato—. Está único. Gala se tapó la boca, pero no para disimular, sino para contener la risa. —¡Lo sabía! —dijo entre carcajadas—. Es asqueroso, ¿verdad? Intenté mantener el control de mis gestos. Pero su risa era tan contagiosa que terminé riendo también. —Jamás seré una buena esposa… —se lamentó haciendo un puchero con los labios—. No sirvo para esto. Me levanté y la rodeé con los brazos, apretándola contra mi pecho. No me importaba que me ensuciara la camiseta de harina. —¡Ey, mi amor! Mírame —La tomé de la barbilla para que me viera los ojos—. No tienes que saber cocinar para ser una buena esposa. Ella parpadeó, sorprendida. —¿No? —No. —Sonreí—. Pero si quieres hacerlo… será mejor que te enseñe. Sus ojos brillaron y me devolvió esa sonrisa tímida que me dejaba sin aire. —¿De verdad harías eso? —Claro. —Le di un beso en la frente—. Y prometo que lo que cocinemos juntos no va a intentar matarnos.
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