Capítulo 25: Mañana

1695 Words
Guille No escuché los gritos. No vi las caras. No sentí nada, absolutamente nada fuera o dentro de mí. Solo vi a Gala en el suelo. Mi rabia cambió de color. Ya no era un incendio: era una línea clara, un camino recto. Avancé dos pasos. Héctor seguía con el brazo levantado, como si quisiera justificarse. —Fue sin querer —dijo, pero el hijo de putâ estaba sonriendo. No lo golpeé. No desperdicié ni un segundo más en él. Me agaché frente a Gala. —Mi amor, mírame —le dije, la voz temblándome y, aun así, conteniendo la ira que me mataba por dentro—. ¿Puedes ponerte de pie? Asintió, aturdida. La ayudé a incorporarse con cuidado, pasándole el brazo por los hombros. Su sangre me manchó los dedos. Entonces giré hacia Héctor. Le sostuve la mirada para que entendiera exactamente lo que iba a decir. —Esto no va a quedar así —murmuré, sabiendo que no podía continuar con la pelea. Primero debía atender a mi mujer—, te juro que te enterraré con mis propias manos. Él quiso reírse. No le di espacio. Clavé los ojos en los suyos hasta que vi asomar, detrás del orgullo, algo parecido al cálculo. No miedo. Cálculo, estrategia, movimiento. Eso me dio más asco. —¡Detengan a ese hombre! —la voz de Arturo cortó el aire de la sala como un latigazo. Vi a dos guardias dudar a diez metros. También me vieron a mí: traje n***o, puños apretados, sangre en las manos, la hija del anfitrión sostenida de mi hombro. No se movieron. —Nos vamos —le susurré a Gala, rozando su oído. —Sí —respondió, apenas un soplo de aire que temblaba entre miedo y esperanza. La aferré contra mi costado y empezamos a caminar. Atravesamos el círculo de invitados como quien atraviesa una tormenta electrica en medio de la noche. Oí el jadeo de Eduardo: “¡Cruz!”, como si quisiera detenerme y protegerme a la vez. No miré atrás. Un murmullo se abrió delante y detrás de nosotros, y nos siguió hasta la entrada. —¡Guillermo Cruz! —bramó Héctor—. ¡Juro que te vas a arrepentir! No paré. Afuera, el aire frío me devolvió algo de lucidez. La noche olía a pino y lavanda. El valet dio un paso atrás al verme salir con Gala en brazos; no esperó instrucciones cuando le arrebaté las llaves. Abrí el auto de Mario, acomodé a Gala en el asiento y le abroché el cinturón. Tenía la mejilla enrojecida, el labio abierto, los ojos enormes. —¿Te duele mucho? —pregunté. —Estoy bien —mintió. Arranqué. Las ruedas chillaron sobre la grava. No miré el espejo hasta alcanzar la calle. Cuando lo hice, vi el reflejo de la mansión haciéndose pequeña por la distancia y por la decisión que acabábamos de tomar. Conduje sin hablar. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que me dolían los dedos. Cada semáforo era un parpadeo que no recuerdo en qué color pasaba. Cada esquina, reafirmaba la elección que habíamos hecho. Quise decirle que lo sentía, que tendría que haberme controlado, que no podría perdonarme si ella estaba peor por mi culpa. No dije nada. El silencio fue nuestro salvavidas durante varias calles. —Gracias —dijo ella, de pronto, tan bajito que casi me lo pierdo. —No me lo agradezcas —contesté, y me escuché a mí mismo con una calma que no sentía—. No iba a dejarte ahí. —Él no quiso… —empezó, como si quisiera quitarle peso al golpe. —No —la corté—. No vas a justificarlo. La vi girar el rostro hacia la ventana. Se tocó la mejilla y respiró hondo, buscando no llorar. La luz de un semáforo le pintó la piel de verde. Pensé que ni el dolor le quitaba la ingenuidad. El auto avanzó y el silencio se volvía cada vez más pesado. Me obligaba a mirar el camino, a apretar el volante, a contar los segundos entre semáforos como si fueran rounds de un combate. No quería mirarla. No porque no quisiera verla. Sino porque sabía que, si lo hacía, al ver su rostro ensangrentado, inflamado y amoratado… junto con su alma rota y frágil, encendería una rabia en mí que me arrancaría la razón. Y por eso le hablaba así, seco, cortante, como si fuera de piedra. Porque si me permitía un segundo de ternura, sabía que todo el dolor que estaba tragándome iba a salir contra la persona equivocada: contra ella. Me di cuenta de algo que no quería admitir: la amaba con todas las fuerzas de mi ser… más de lo que había amado a cualquier mujer que no fuera Juana. Pero también sabía que ella me ocultaba cosas… Entre nosotros existía un muro que no era mío, sino suyo. Y aunque me había dejado entrar un poco, esa barrera invisible seguía allí. Y dolía. La escuché respirar hondo a mi lado, intentando mantener la calma. Esa simple exhalación me desarmó. ¿Cómo podía estar enojado con alguien que acababa de ponerse entre dos hombres dispuestos a destruirse? ¿Cómo podía culparla, cuando había arriesgado su propio cuerpo por mí? Apreté más el volante, los nudillos blancos. No, no podía descargarme con ella. No se lo merecía. Gala ya cargaba demasiado con lo que le tocaba vivir en esa casa, con ese padre y con Héctor respirándole en la nuca como un depredador. Yo no podía ser otro más, que le levantara la voz o la hiciera sentir culpable por sobrevivir. Por eso guardaba silencio. Por eso me obligaba a medir cada palabra, aunque sonara distante. No era frialdad. Era miedo. Miedo a que, si dejaba salir la tormenta, la arrastrara conmigo. La verdad era que estaba aterrado. Con Gala no se trataba solo de deseo o de compañía; era esa certeza insoportable de que podía perderla en cualquier momento, de que ella pertenecía a un mundo que ya me odiaba y que iba a hacer todo lo posible para arrancármela de las manos. Y yo, que había aprendido a pelear contra todo, que había sobrevivido a cada golpe, no estaba seguro de saber cómo se peleaba contra eso... Giré la cabeza apenas un segundo. Ella miraba por la ventana, con la mejilla inflamada, amoratada, la sangre secándose en la herida de su labio. Su reflejo en el cristal me devolvió la imagen más fuerte que había visto en mi vida: no de fragilidad, sino de resistencia. Gala no era débil. Era la mujer más valiente que conocía. Y si todavía estaba a mi lado, después de todo, era porque quería estarlo. Tragué saliva y volví la vista al frente. Tenía que recordarlo cada vez que la rabia quisiera ganar: ella no era mi enemigo. Nunca lo sería. —Vamos a mi casa —dije—. Te curaré y dormirás. Mañana veremos el resto. Asintió sin decir ni una palabra. Subimos en silencio. La sala estaba en penumbra. Fui por el botiquín, lo abrí sobre la mesa y, con la torpeza. Quería ser delicado, pero no sabía cómo. Limpié la herida del labio, revisé la mejilla, aplique una pomada para los golpes. Revisé sus manos. —Eso no debió pasar —dije, con los dientes apretados—. Mañana va a doler, pero no te quedará marca. Ella me miró como si esas palabras bastaran para sostenernos una noche más. Le pasé hielo envuelto en un paño. Cuando el frío tocó la piel, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tenso. —Guille… —¿Qué? —Gracias por no matarlo. Tragué saliva. La idea de mi puño bajando hasta romperle la cara a Héctor era una película que mi cabeza rebobinaba sin parar. Pero también podía ver a Juana en mi mente, su risa, sus trenzas desordenadas. Pensé en mi carrera, en Eduardo, en el contrato que Arturo agitaba como anzuelo. Pensé en todo lo que podía perder y en todo lo que perdería si la perdía a ella. —No lo hice por él —respondí—. Lo hice por ti. Se inclinó y apoyó la frente en mi hombro. Sentí su respiración en la clavícula. El hielo goteaba entre sus dedos. —Mañana vendrán por nosotros —dijo, sin hacer drama, solo con la certeza que da conocer a un hombre como Arturo. —Lo sé. Entonces mañana también pelearé. No dije “contra quién”. No hacía falta. Era contra todos. La llevé al dormitorio y le dejé una camiseta mía. Se cambió despacio; la vi luchar con el vestido, la ayudé a sacárselo. La acomodé en la cama y le coloqué una manta. Apagué la luz, pero dejé la puerta entreabierta cuando salí. Ella se giró hacia mi lado de la cama, con los ojos más tranquilos. Me quedé un minuto en la cocina, las manos aún oliendo a desinfectante y perfume de Gala. Miré el celular sobre la mesada. No había mensajes de Eduardo. Tampoco de nadie más. Tenía que llamarlo, pero no ahora. No mientras el pulso me golpeara en la garganta. Regresé a la habitación cuando creí que ya se había dormido. Pero me equivoqué, Gala alargó la mano en la oscuridad. La tomé, besándola con ternura. —No voy a dejarte volver allí —dije. —Ya lo sé —respondió. Y aunque supe que esa promesa nos iba a costar caro, me aferré a ella como quien se agarra a las cuerdas en el último asalto: no por comodidad, sino por convicción. Porque Héctor la había golpeado, porque Arturo había hecho del amor un negocio, porque alguien tenía que poner el cuerpo por ella. Apoyé la cabeza en la almohada y escuché su respiración acompasarse poco a poco. Afuera, la ciudad siguió su rutina. Dentro, por primera vez en horas, sentí que el incendio se convertía en brasa. No estaba apagado. Solo estaba esperando. Mañana vendrían. Mañana hablarían de contratos, de castigos, de límites. Mañana amenazarían lo único que realmente me importaba. Mañana pelearía otra vez. Y no pensaba perder.
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