Pocos minutos después la celda estaba asquerosa, con las paredes salpicadas de sangre, pequeñas partículas de carne pegadas al suelo y aquellos presidiarios bastante lastimados. Isabell se había limitado a destrozarle las manos, provocándoles el dolor de siete infiernos. El pánico inundaba sus mentes, temían por sus vidas luego de lo sucedido, no podían creer que aquella mujer hubiera aparecido de la nada, como un fantasma. —Creo que ya me estoy cansando de todo esto —dijo Isabell—. ¿Qué podría hacer con ustedes? —colocó el dedo índice sobre su sien en modo analítico—. ¿Cuál sería la manera más apropiada de hacerlos descansar de una vez por todas? —Por… por fa… vor —pronunció otro de ellos—. No nos mates. Suplicó a Isabell en nombre de todos en hombre canoso. La pelineg

