ATRACCIÓN

1956 Words
Mantenía las manos en puños sobre las rodillas, siempre mirando al suelo, esperando con ansías a que mi padre se levantará de ese club de apuestas y volviéramos a casa, aunque me maldijera. Pero ese día, eso no pasó. Mi padre lanzó una maldición y arrojó sus cartas sobre la mesa, furioso. —¡Maldita sea! ¡Maldito juego! El hombre con quién jugaba un tipo era maduro, alto y robusto, con una barba amplia y unos ojos maliciosos. No me gustaba. —Vaya, amigo mío, tienes una suerte terrible. Mi padre se pasó los dedos por la barba de días, frustrado y molesto. —De joven solía ser diferente, no había apuesta que no ganará. Su amigo se rio, era desagradable. —Lo que te hace falta es subir las apuestas. Con cantidades así, nunca ganaras. Mi padre chasqueó la lengua y dijo: —Lo sé, lo sé... El hombre arrojó sus cartas, todas eran buenas, excelentes. Mi padre golpeó la mesa con verdadero enfado. —A iniciado el nuevo siglo XX, amigo. Es el inicio de una gran época dorada, ¡la era del glamour, el dinero, el cine, las artes...! Las mujeres. Sentí sus ojos lascivos posarse en mí, como siempre que lo visitábamos. —Deberías ponerte a la altura y apostar algo más valioso. Mi padre dejó de ver su juego fallido y lo miró. —¿Más valioso que el dinero? —Si, mucho más. Sentí los ojos del tipo recorrerme de pies a cabeza, pero yo mantuve la vista abajo, ansiosa por irme de aquel sombrío lugar y volver a nuestra casa. —Es más, ya que deseas ampliar tus horizontes en este mundo, yo puedo ayudarte. Puedo impulsarte, llevarte muy arriba, tan alto como nunca lo has estado. —¿De qué hablas? —La época de oro te puede traer una fortuna mayor. ¿No lo deseas? Mi padre se irguió con interés, casi ilusionado. —Supongo que me pedirás algo a cambio... Mis pensamientos se esparcieron cuando el hombre sobre mí coló una mano bajo mi camiseta, acariciándome la piel. Entonces reaccioné y gritando por ayuda, coloqué una pierna contra su estómago. No iba a dejarle llegar más lejos, si me obligaba, podía defenderme. Al ver mi resistencia, él sonrió, divertido y sorprendido. —Vaya, eres interesante. Cualquier otra no se opondría, todo lo contrario, estaría bien dispuesta. Sin llegar más lejos, acunó mi rostro con una gran palma, una mano delgada y marcada por tendones y venas azuladas bajo la clara piel. Incluso tenía algunas cicatrices. —Si estuviera de ánimo, podría jugar al tira y afloja contigo... Pero, verás, hoy no estoy de humor para jugar. Su mirada se oscureció y deslizó la mano hasta mi garganta. Yo jadeé cuando me cortó el flujo de aire en un instante. —Así que sé complaciente por hoy, ¿entiendes? Su mirada, negra como el carbón y algo perdida por el alcohol, bajo hasta mi pecho, donde mi corazón latía rápido y lleno de pánico. —No... no lo haga... —le supliqué en voz baja, sabiendo que él llevaba las de ganar y no solo por ser hombre, sino porque estaba mucho mejor alimentado que yo—. No quiero que me toque... Él me miró de nuevo a la cara, y con algunos mechones sueltos enmarcado sus atractivos rasgos italianos, me mostró una pequeña sonrisa blanca. Era deslumbrante, pero también cínica en extremo. —Es increíble que alguien como tú haya sobrevivido a la locura de John, mientras ella... —dejó el resto en el aire y se inclinó para besarme en el cuello. Yo contuve la respiración mientras me estremecía, sintiendo sus labios recorrer mi piel, hasta subir por mi mandíbula. La mano que mantenía bajo mi blusa rozó mi sostén y su cuerpo se posó completamente sobre el mío, acoplándose como una pieza perfecta. Entonces cerré los ojos y me tensé, a punto de gritar. No quería estar con él, era un extraño, un asesino que se había apropiado de mi vida, un loco que me había sacado de una prisión solo para ponerme bajo la suya. Cuando mi cuerpo se estremeció por el llanto contenido, él se alejó y me miró con fastidio e irritación. —Eres una mujer tan desesperante. Yo le devolví una mirada nerviosa y asustada. —Le ruego que me deje ir... No quiero estar aquí. ¡Quiero volver a ...! —¿Volver a casa? —completó por mí, hablando con voz de seda. Hipé, sin saber qué responderle. ¿Ir a casa? En realidad, yo no... —Bien, vete. Y bajándose de mí con gran agilidad, se acercó a la puerta y la abrió de par en par. Me hizo un gesto rápido. Yo me levanté de la cama y lo miré con desconfianza, sin atreverme a dar un paso. Entonces él vino a mí y tomándome del brazo bueno, me sacó de la habitación a jalones. Caminando rápido, me llevó por el infinito pasillo rojo, frente a las miradas de varias chicas sorprendidas, vestidas con atuendos que me hicieron enrojecer y antifaces negros de piel que ocultaban la mitad de sus rostros. —Mi Señor, ¿qué ocurre? —preguntó Susan, acercándose preocupada. Sin detenerse, él le respondió: —Abre la puerta principal de BodyShop. Ella me miró con ojos grandes. —¿Las puertas? Pero... —¡Hazlo ahora! Susan dio un respingo y sin objetar más, corrió por el pasillo, adelantándose a nosotros. Cuando llegamos a una gran puerta de metal, frente a una amplia sala llena de lujosos paneles oscuros y vacías mesas sofisticadas, Susan ya estaba allí. —Ábrela y lárgate. Ante la fría orden del fundador, ella la abrió sin perder tiempo. Sin mediar palabra, él me hizo cruzarla. Contuve un grito cuando la fría lluvia comenzó a empaparme. Sin importarle la lluvia, él salió conmigo y me soltó en medio de la desolada calle oscura. Era medianoche, no había más luz que las de las lámparas, y tampoco personas. Solo la niebla del Londres. —Bien, puedes irte. Lo miré de pie frente a mí, con el cabello n***o goteando de agua, pero mirándome sin compasión. Temblando de pies a cabeza, me giré hacia la calle, y sin querer retrocedí un paso. —¿Ahora lo ves? —inquirió secamente—. No tienes a donde ir. No hay un hogar al que puedas volver. Isabel está muerta, y tu antiguo Señor también. No hay nada esperando por ti, más que BodyShop. Con la ropa empapada de agua, miré la vacía ruta, las luces de las farolas, y entendí cuánta razón tenía él. Estaba ansiosa por irme de allí, pero ¿a dónde iría? —¿Pretendes ir a casa? No tienes una. No había nada ni nadie buscándome ni esperando verme volver. Mi padre se había desechó de mí en una apuesta de cartas y desde entonces llevaba años sin saber nada de él. No tenía a nadie ahora que Isabel ya no existía. —Ahora, resígnate, niña tonta. No hay lugar para ti fuera de aquí. Bajé la vista a mis pies descalzos, y aunque logré contener los sollozos desgarradores que se acumulaban en mi pecho, si derramé algunas lágrimas en total silencio. Sin Isabel, sin mi padre... Realmente estaba sola. Soy tan tonta, me reprendí mirando al suelo. No hay nadie esperando por mí. Y, aun así, aun así, me aferro a una vida fuera de aquí. Si tan solo supiera sobre mi papá. Alejé esos inútiles sueños y posteriormente, luego de permanecer más de un minuto bajo la lluvia, me volví hacia él. Empapada de pies a cabeza, alcé la mirada y con todo el dolor que suponía rendirme, me arrodillé frente al fundador de BodyShop. —Discúlpeme, mi Señor. No debí... —desear algo así, completé por dentro, nunca. También empapado, él me miró por un eterno instante, luego exhaló con cansancio y tomándome por sorpresa, me alzó en brazos. Cuando volvió adentro conmigo, Susan ya no estaba. Sin decir nada, él me sentó sobre una mesa de cristal, en lo que parecía una sala de juegos, y me sacó la empapada blusa. A pesar de estar temblando de frio, me puse algo roja al verme desnuda e intenté cubrirme con las manos. Pero antes de poder hacerlo, él me detuvo tomándome por las muñecas y me lanzó una mirada de fría advertencia. —No se te ocurra. No en mi presencia. Tragué fuerte y bajé las manos. Sin apartar la mirada de la mía, él llevó una mano a mi espalda y con los dedos, soltó el broche de mi sujetador. Inspiré hondo cuando la preda resbaló y mostró mis pechos. Jadeé cuando él tomó uno con una cálida mano, a la vez que pegaba su cuerpo mojado al mío. —Estás helada —susurró en mi oído, acariciando mi pezón con los dedos. No respondí, me temblaban los labios y mi capacidad de pensar estaba desapareciendo. Tenía frio, me congelaba. Estaba atrapada en esa vida. —Mi Señor... Él apartó cuidadosamente mi empapado cabello y rozó mi mejilla con sus labios, su aliento cálido me hizo estremecer. —No te preocupes, no dejaré que mueras congelada. Aun no. Miré sus ojos, tan negros como la misma noche, mientras su mano me acariciaba sin que yo pudiera oponerme. —Tus labios están azules. Y sin decir más, me besó repetidamente. Lo hizo con suavidad, mientras apoyaba una mano en mi espalda desnuda y me atraía hacia él con sumo cuidado. El contacto entre mi piel helada y su cuerpo cálido de inmediato disminuyó los temblores en mi cuerpo. Por instinto de supervivencia me pegué aún más a él, y aunque no quería hacerlo, dejé que me besara. —¿Por qué...? —pregunté apoyando una mano en su pecho, sonrojada a pesar del frio—. ¿Por qué me mantiene aquí? No soy suficiente mujer para pertenecer a este burdel —yo no era sumamente hermosa ni perfecta, no al nivel de una chica de humo. Él tiró de mi labio inferior antes de dar un paso atrás. Me miró estremecerme de frio sobre la mesa, asustada y con los labios entreabiertos. —Tienes razón. No tienes las cualidades necesarias para estar aquí. Ladeó ligeramente la cabeza, apreciándome mejor. Algunos negros cabellos húmedos cayeron sobre su atractivo rostro, de ojos oscuros y piel clara, pero él apenas les prestó atención. —En realidad, me intriga ver qué fue lo que impulsó a Isabel a dar su vida por una chiquilla como tú. Escuchar su nombre estrujó mi corazón al punto que sentí las lágrimas acumularse en mis ojos, y de nuevo me sentí culpable por su muerte. Pero antes de poder disculparme, él, Rafael Riva, se llevó ambas manos al doblez de su playera, su única prenda seca, y se la quitó frente a mí. Ante mi cara estupefacta, me mostró un cuerpo disciplinado, definido por el ejercicio, pero sin llegar al exceso. Con una mirada conmocionada, seguí las líneas de las caderas, los hombros anchos, el abdomen marcado... No obstante, antes de tener oportunidad de asustarme de nuevo, él se acercó y luego de ponerme su playera, me quitó los mojados cabellos del rostro y dijo: —Quiero ver con mis propios ojos si lo que vio ella en ti vale la pena... —miró mis labios temblorosos y se le ensombreció la mirada—… o si murió por nada. Te juzgaré por mí mismo, Nina. En el fondo y aunque me dolió aceptarlo, yo también me pregunté lo mismo: ¿Hay algo en mí que Isabel vio, al punto de creer que merecía vivir en su lugar?
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