Después de esa última vez, no volví a ver al fundador. Tampoco me buscó ni una vez, y yo lo agradecí en verdad. Porque, aunque esa noche no me había tocado, temía que el cualquier momento llegará y lo hiciera. Y yo no estaba lista para eso. No quería ser utilizada así. Aunque no pudiera dejar BodyShop nunca, tampoco quería ser una prostituta de ese lugar. Y mucho menos de un hombre como él. Pero una semana después de que un médico viniera a quitarme el yeso del brazo, las cosas dieron un vuelco. Susan entró a mí habitación con una gran bolsa. La miré con curiosidad. —El fundador me ha ordenado que te arregle. Me senté en la cama, mirando como ella sacaba un enorme y largo vestido rojo de la bolsa. Al verlo, comencé a temer lo peor. Quizás él iba a desquitarse conmigo por lo de e

