Adeline abrió un poco más las piernas y desvió la mirada de los ojos del perro hacia un par de portarretratos que mantenía sin una fotografía. Adeline no pensó por qué no tenía una foto, sino por qué los tenía. Grisa apenas la conocía, ella era un enigma, por lo que le resultaba complejo entender qué era lo que quería con él, por qué se quedó o por qué cuidó de Arinka. Adeline podía mentirle un poco, pero en su lugar prefirió contarle la verdad. —Cuido a Arinka. Grisa colocó las manos en el escritorio. —No es tu responsabilidad. —Tampoco la tuya era salvarme —refutó de inmediato. Grisa no respondió. Adeline se llenó de valor cuando le tocó esa fibra que él esperaba que ella no palpara. Para Grisa fue una paliza más, pero para Adeline debía tener un significado. Entendía que lo hicier

