A la tarde siguiente...
Basílica de San Pedro.
Aleksandr.
Todo estaba marchando muy bien para mí. No esperaba que mi abuela organizara las cosas con la iglesia. El único problema había sido la recepción, ya que por la rapidez del casamiento, no encontramos otro lugar para celebrar la boda que no fuera en casa. Anastasia no había conseguido un vestido adecuado para ella, porque su cuerpo era de contextura pequeña y todo le quedaba grande.
A decir verdad, ella tenía un cuerpo bastante agradable.
Tampoco había alguien que la maquillara y con tanto problema que se estaba formando alrededor de la boda, con tantas trabas por todo, podía sentirme estresado. No es normal que sea así, pero las quejas no me gustan y que las cosas no salgan bien, tampoco.
Estaba esperando aquí, frente al cura, con las veinte personas más importantes de Italia, a que Anastasia apareciera. Su madre estaría con nosotros y no sé qué reacción tendría la señora ante esta boda.
Todavía no logro entender por qué las mujeres deben demorarse tanto en arreglarse. Tampoco es que vayan a un concurso de belleza. No me niego a que intenten producir y mostrar su belleza, pero las naturales son más hermosas. Muchas cubren las supuestas imperfecciones con toneladas de maquillaje, pero sinceramente, no deberían hacerlo, son perfectas así, natural, siendo ellas.
Eso las hace hermosas, pero bueno, cada quien tiene una manera de mostrar su belleza. Yo solo me guío, por lo que mi madre me inculcó desde pequeño.
—¿Nervioso? —pregunta el sacerdote, al verme mirar hacia la entrada de la iglesia.
No realmente, pero nadie tiene porque enterarse de las razones por las que me estoy casando. Anastasia sabe que debemos fingir estar enamorados, así que dudo mucho que ella no lo vaya a hacer. Ayer en la noche le dejé muy claro cómo debía actuar frente a todos.
Espero que haga su mejor esfuerzo con mi familia.
Igualmente, nosotros no tenemos que enamorarnos de verdad.
—Un poco —le doy una breve sonrisa, cuando suenan las campanas de la iglesia.
—Ya llegó la novia. Ahora podrás estar bien —me da ánimos.
Mi mirada va directo hacia la mujer vestida de novia que se encontraba caminando con una señora de cabello n***o, hacia mí. Anastasia me da una sonrisa nerviosa, cosa que me da gracia y la imito.
Que empiece el juego.
Tenía un vestido largo en forma de corazón de color beige de encajes y de pequeños diamantes. En la parte de su cintura el vestido era suelto y tiene una línea gruesa de diamantes medianos. En su cuello tiene un collar que no sé de dónde lo sacó, pero le quedaba perfecto. El liso de su cabello fue reemplazado por completo por unos rizos y el maquillaje que usa hace resaltar el color de sus ojos.
La hacía perfecta a la vista.
Cuando llega a mi lado, su madre me la entrega y dándole dos besos en la mejilla, la recibo.
—Cuídala, ella es mi mayor tesoro —es lo único que dice para después irse.
Tomo de la mano a Anastasia y con una sonrisa de incomodidad, vamos a nuestros lugares. El sacerdote empieza a decir un palabrerío innecesario, que era completamente necesario para la boda.
Era incómodo tener que estar aquí y fingir darle miradas de amor, cuando no sentíamos nada.
—Anastasia De Luca, ¿Usted acepta como esposo a Aleksandr Morozov, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la tristeza y felicidad, todos los días de su vida? —pregunta el sacerdote.
Ella gira su cabeza para verme unos segundos al escuchar mi apellido, antes de responder.
—Sí, acepto —su voz era fría, pero en su rostro demostraba felicidad.
—Aleksandr Morozov, ¿Usted acepta como esposa a Anastasia De Luca, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la tristeza y felicidad, todos los días de su vida? —ahora me pregunta a mí.
Tragando grueso, la miro, dándole una sonrisa.
—Sí, acepto —respondo, igual que ella.
—Por favor, las alianzas —ella me pone el anillo primero, para después hacerlo yo—. Que lo que Dios unió hoy, no lo separe el hombre. Los declaro marido y mujer.
Los aplausos empezaron a resonar por la iglesia.
—Presentándoles por primera vez a los esposos Anastasia Morozova y a Aleksandr Morozov. Puede besar a la novia —el sacerdote empezó a aplaudir también.
La veo tensarse ante la propuesta del cura y a la cercanía que le hice. Con total calma, uno mis labios con los de ella, sin ningún tipo de emoción. Fue fugaz y entretenido. Nos separamos y caminamos lejos del altar, para salir de la iglesia.
Ahora venía la celebración en casa y me encontraba completamente cansado.
Apenas eran las 4 de la tarde.
***
Una recepción sencilla y agotadora.
Sí, así lo veía nada más. Me sentía cansado de tener que sonreír y saludar a gente que no conocía. La mayoría eran personas importantes para la familia, pero en casa había más invitados de los que yo podría imaginar. Cuando le dije a mi abuela que no quería nada llamativo para la iglesia, creo que no se limitó a hacer lo mismo en la fiesta.
Entre aplausos y risas amistosas fuimos recibidos en casa. Si me estuviera casando por amor, diría que es muy agradable todo lo que hacen, pero es que es tan innecesario.
—Bienvenida a la familia, Anastasia. Nos alegra saber que fuiste tú quien lo sacó de la soltería —decía una señora—. Estamos felices por su amor. Mucho éxito desde ahora.
Así, cada persona que venía hacia nosotros, nos iban dando sus felicitaciones y buenos deseos.
—Estabas hermosa, cariño —mi abuela le da un abrazo—. Es lindo ver lo mucho que ustedes se aman.
Ana le responde el abrazo con una sonrisa.
—Es la mejor, abuela —beso la sien de mi nueva esposa, cuando deja libre a mi abuela, pero la vuelvo a sentir tensa—. No podría imaginarme casarme con otra mujer que no fuera ella.
—Lo mismo digo. Él llegó a mi vida en el momento perfecto —acaricia mi rostro.
—Lo importante es que ya están juntos y su relación irá cada día mejor —un camarero nos ofrece champagne—. Iré a saludar al resto de los invitados, espero que disfruten la recepción.
Se marcha y llegan mis padres junto a la madre de Ana.