El inicio
Maggie
Me bajé del autobús y caminé hacia el colegio con la mochila colgando de un hombro, sintiendo el peso de los libros como si fueran piedras.
El Instituto Hawthorne era un mundo aparte: fachadas de ladrillo rojo impecable, jardines perfectamente podados y ese olor a madera pulida y libros viejos que se colaba por las puertas principales. Un colegio prestigioso, de esos donde los alumnos hablaban de veranos en Europa o de internships en empresas que yo solo veía en las noticias.
Yo, Margarita —Maggie para los pocos que se molestaban en llamarme así—, no encajaba. No del todo. Mi uniforme era el mismo de siempre: falda gris plisada un poco gastada en los bordes, camisa blanca que ya había sido remendada un par de veces por mi propia mano y zapatos negros que habían visto mejores días. Pero la beca lo cambiaba todo. La había conseguido a los ocho años, después de que mi padre... bueno, después de que las cosas se pusieran feas en casa.
Mi madre murió cuando tenía tres. Apenas recuerdo su voz, solo un calor suave y una canción que tarareaba por las noches. Meses después, mi padre se casó con ella. La bruja malvada, como la llamaba en secreto.
Con su sonrisa falsa y sus ojos que te atravesaban como si calcularan cuánto valías. Poco después nació mi hermana.Perfecta, rubia, con ojos grandes y una risa que hacía que todo el mundo girara la cabeza. Yo, con mi pelo castaño rebelde y mi cara llena de pecas, era la sombra. La que limpiaba, la que cocinaba, la que se quedaba callada.
Empujé las puertas del colegio y el bullicio me envolvió. Busqué con la mirada entre la gente y ahí estaba ella: Valentina, mi mejor amiga. Súper guapa, con ese estilo que siempre parecía sacado de una revista: falda perfectamente planchada, blusa que le quedaba impecable y el pelo liso cayendo. Todo lo contrario a mí, con mi uniforme gastado y mis zapatones viejos.
La saludé con un abrazo fuerte, de esos que duran un segundo más porque de verdad me alegra verla.
—Has hecho la tarea... —me preguntó con esa cara de duda que siempre ponía.
Reí fuerte, sacando mi cuaderno de la mochila.
—Sí, y hice una copia extra para ti.
—Eres la mejor —dijo ella, abrazándome de nuevo con una sonrisa enorme.
Salí de mis pensamientos cuando alguien me abrazó por atrás, me levantó del suelo sin esfuerzo y me giró en el aire. Solté un grito mezclado con risa mientras mis pies volvían al piso.
Era él Rodrigo. Cabello oscuro revuelto, como si acabara de levantarse (aunque siempre se veía así de perfecto), y esos ojos que eran una mezcla hipnótica de gris y verde, como un bosque bajo la niebla. Grises verdosos que cambiaban según la luz: a veces parecían plata fría, otras veces se volvían de un verde profundo y vivo. Eran lo primero que notabas en él, y lo último que olvidabas.
—¡Ya bájame! —exclamé entre risas fuertes, empujándolo sin fuerza mientras él me sostenía todavía un segundo más.
Rodrigo soltó una carcajada ronca y me dejó en el suelo, pero no se apartó del todo. Tenía esa forma de mirarme con esos ojos grises verdosos, como si yo fuera la cosa más divertida y a la vez más importante del mundo.
—¿Qué pasa, Maggie? ¿Tan temprano y ya salvando a Valentina con tus copias milagrosas? —bromeó, revolviéndome el pelo con la mano.
Valentina puso los ojos en blanco, pero sonreía.
—Alguien tiene que ser responsable en este grupo. Y ese claramente no eres tú, Rodrigo.
Nos despedimos de Rodrigo en el pasillo porque íbamos a clases diferentes. Él me revolvió el pelo una última vez con esa sonrisa torcida y se fue hacia el ala de ciencias, guiñándome un ojo antes de desaparecer entre la gente.
Valentina y yo seguimos caminando juntas hacia el aula de literatura. El pasillo estaba lleno de estudiantes apurados, pero nosotras íbamos a nuestro ritmo, como siempre.
—Es un bombón... —dijo ella en voz baja, mirando hacia donde Rodrigo se había ido, con esa sonrisita pícara que conocía demasiado bien.
Rodé los ojos y solté una risa, negando con la cabeza.
—Valen, por favor...
Ella no se rindió. Me dio un codazo suave y siguió molestándome.
—Ya me cansé de intentar conquistarlo. Lo intenté al principio, pero es como hablarle a una pared. Ahora te toca a ti, Maggie. Deberías intentarlo. Se nota que le gustas.
—Estás loca —respondí riendo, aunque sentí un calorcito traicionero en las mejillas—. Solo somos amigos. Nada más.
En realidad, Rodrigo había llegado al colegio hace tres años. Su familia era de Inglaterra y se habían mudado por el trabajo de su padre. Su apellido Macwail sonaba fuerte y clásico, con ese toque británico que lo hacía destacar desde el primer día. Cuando llegó era un desastre: guapo, carismático y completamente consciente de ello. Se tiraba a todas las chicas que se le cruzaban, salía de fiesta casi todas las noches y tenía esa fama de chico malo que rompía corazones sin mirar atrás. Era un estúpido... o eso pensaba yo entonces.
Todo cambió hace como un año. Yo le daba tutorías de matemáticas porque él estaba a punto de reprobar y necesitaba subir la nota para no perder el año. Al principio era solo eso: números y fórmulas en la biblioteca después de clase. Pero luego empezó a ayudarme con los idiotas que me hacían bullying en los pasillos. Una mirada suya, un comentario seco, y los demás se callaban. De repente ya no estaba sola. Así empezó todo. Formamos el grupo: Valentina, Rodrigo y yo. De tutorías a confidencias, de confidencias a risas constantes. Ahora no me imaginaba el colegio sin ellos.
Valentina suspiró dramáticamente mientras entrábamos al aula.
—Amigos, amigos... Ya veremos. Ese chico te mira diferente, Maggie. Solo digo.
Me senté en mi pupitre habitual, sacando el cuaderno mientras las palabras de mi amiga daban vueltas en mi cabeza. Sacudí el pensamiento. No tenía tiempo para princesas soñadoras. Tenía una madrastra esperándome en casa, una hermana que me trataba como sirvienta y un montón de tareas reales que hacer.
Pero, por un segundo, me permití sonreír al recordar esos ojos grises verdosos brillando cuando me levantaba en el aire.
Me senté en mi pupitre habitual, sacando el cuaderno. Y entonces lo vi.
Justin.
Estaba sentado dos filas más adelante, junto a la ventana, con ese aire despreocupado que hacía que todo el mundo girara la cabeza. Cabello castaño claro que siempre parecía perfectamente desordenado, sonrisa fácil y esa popularidad que lo rodeaba como un aura. Era mi vecino desde que éramos niños. Y me encantaba desde los ocho años.
Lo había visto crecer, jugar al fútbol en la calle, reír con sus amigos... mientras yo lo observaba desde la ventana de mi habitación, escondida detrás de la cortina. A diferencia de mí, él era súper popular: capitán del equipo de fútbol, siempre rodeado de gente, invitado a todas las fiestas. Apenas sabía que yo existía. Alguna vez me había saludado con un “hola, vecina” al cruzarnos en la calle, pero nada más. Para él yo era solo la chica rara de la casa de al lado.