Maggie Después del beso me quedé un poco roja. Lo sentí en las mejillas, ese calor tonto que no había experimentado en… bueno, en lo que para mí habían sido apenas unos días. Rodrigo se rio bajito al notarlo. Esa risa suave, casi aliviada, que hacía que se le arrugaran un poco los ojos. —Ya quiero llevarte a casa, bonita… —dijo, y me dio otro beso, esta vez más corto, apenas un roce en los labios—. Quiero cuidarte yo mismo. Le acaricié la mandíbula con la yema de los dedos, todavía sintiendo el calor en la cara. —¿Crees que Hannah me acepte como su mamá…? —pregunté en voz baja—. No me conoce. Rodrigo me miró con una seriedad cálida. Tomó mi mano y la llevó hasta su pecho, justo encima del corazón. —Margarita… ¿quién no te amaría? La forma en que lo dijo, tan simple y tan segura, m

