3*****- La suerte de la rubia -*****

2508 Words
«¿Dónde me siento? ¿Dónde?».  Indira paseó la vista por todas las mesas de la feria de comida, y justo esa mañana que ella había decidido desayunar en la universidad, estaban ocupadas. Chicas que parecían actrices y muchachos bien parecidos eran los que acaparaban las mesas, para charlar y tomarse fotografías. Y la pobre y hambrienta chica no hallaba dónde sentarse. Su bandeja se tambaleó un poco cuando caminó y vio características conocidas entre tanta cara bonita. Vio el despeinado cabello dorado y la estampa de bad boy fue distinguible, aunque estuviese de espaldas. Deslizó sus tenis, tratando de recordar el nombre que el joven escribió en el taller y se detuvo al lado de la mesa del muchacho malhumorado con el que la emparejó el profesor de matemáticas. Respiró profundo y logró soltar varias palabras. —Hola, Eduardo. ¿Puedo sentarme aquí? Todo está muy lleno. Eduardo la escaneó con sus azules ojos y le señaló la silla del frente, en la que Indira se sentó de inmediato, porque sintió incomodidad ante la fija mirada del muchacho. Le detalló la tupida barba, como la de un leñador y trató de centrarse en su pastel de queso ricotta con espinacas. Pero aquel chico no dejaba de observarla con intriga, y parecía recargar la intensidad de sus ojos con cada sorbo que le daba a su vaso de café.  Tras un mordisco más a su pastel, Indira juntó sus rodillas y retorció sus pies bajo la mesa, algo desesperada porque ¡él no dejaba de mirarla! Ya era muy incómodo para ella, y no lo aguantó más. —¿Puedes dejar de mirarme? Siento que no puedo comer así —musitó ella, poniendo la cara de un hámster llorón. —El día del taller no dejabas de hacerlo, es para que sepas lo que se siente —respondió seco. Indira casi se atragantó al escucharlo hablar de nuevo, y no recordó que su voz fuese tan grave. —Por cierto —continuó él—, ¿cuánto sacamos? La chica se limpió las manos con una servilleta y se apresuró a buscar en su mochila la hoja, que le entregó con una sonrisa de labios apretados y él asintió, al parecer satisfecho. —Dieciocho de veinte. Creo que estuvo bien. —Bastante bien —agregó él y le devolvió la hoja. —Si cursas arquitectura, ¿por qué solo te he visto en tres clases? —¿Tres? ¿Me tienes vigilado? —protestó él, un tanto jocoso, e Indira se avergonzó por haber sido tan detallista, ¿pero acaso eso no era lo que la gente normal hacía, saber quiénes eran todos sus compañeros? —Es que, eres muy vistoso, con el cabello y los… tatuajes —dijo ella, señalando sus brazos y las puntas de sus cabellos—. Te vi en lenguaje también, casi dormido. —Ah, sí. También veo dibujo uno —informó—. Nos vemos. Eduardo sonrió por compromiso y se levantó de la mesa, dejando sola a la rubiecilla, con suficiente espacio para su comida y su confusión. Ella lo siguió con la vista mientras él cruzaba por las mesas para salir de la feria, y no entendió su comportamiento. Primero con una seriedad que rayaba en la hostilidad, y ahora lo bastante amable como para tener una pequeña conversación sin que ella tuviese deseos de huir. Guardó la hoja y continuó desayunando, hasta que un joven bastante risueño se sentó a su lado y ella por poco se atragantó de nuevo. —Hola, Margarita, ¿cómo estás? —saludó Viktor. Indira saludó con la misma amabilidad y se sintió a gusto ante la llegada del profesor, porque a pesar de ser una figura autoritaria, él parecía un estudiante más. Platicaron hasta que ambos terminaron sus alimentos y luego él se despidió, dejándola con una sonrisa y un buen ánimo. Ella miró su celular y se apresuró en correr a su siguiente clase, ya tenía el tiempo justo para llegar sin que la dejaran fuera del salón. Más tarde, mientras descansaba en un banquillo de las áreas verdes del campus, Indira contestó con mucha alegría su celular, pues su hermana era quien llamaba. —¡Ira! —chilló la voz al otro lado—. Hermanita, hasta que sé de ti. —Sí eres exagerada… Ire, ¿cómo estás? —Bien, Ira, ¿cómo estás tú? —¿Tienes tiempo? Tengo mucho que contarte... Indira comenzó a platicarle de su día a día en la universidad, así como de los sitios que recorría para llegar hasta allí, y no pudo evitar mencionar a su profesor de matemáticas. Y el rostro se le llenó de sonrisas y risitas de niña tonta, porque la imagen de ese joven profesor no se le borraba de la mente. Y menos cuando lo veía tantas veces al día. Lo admiraba durante sus clases, una que otra vez en algún pasillo de la facultad de arquitectura y por las tardes, cuando él iba a merendar con otros colegas y se quedaba un rato charlando con ella al borde de la barra de la cafetería. —Suena muy simpático. —¡Lo es! Es… Ha sido muy bueno conmigo. Por cierto, me pidió el número tuyo, por lo de los viajes a Isla de Coche, porque nunca ha ido… —¡Ay! Pues dáselo, Ira. Por cierto, te transferí dinero a tu cuenta, así que ya tienes para la cuota de la matrícula y para tus materiales. —Gracias, Ire… mira que todavía falta para la quincena —agradeció con voz melosa y pensó también en que ya podría desayunar otra cosa que no fuesen pasteles de la cafetería, pues esos no tenía que pagarlos. —De nada, mi futura arquitecta. Te quiero muchito. —Te quiero muchito —dijo apresurada—, hablamos luego —y colgó. Como si de casualidades se sirviera la vida, el profesor Viktor caminaba junto a otros profesores y se despidió de ellos, acto que le tomó por sorpresa a la rubia, pues el joven se sentó a su lado y sonrió con una natural picardía que parecía nacer cada vez que se topaba con ella. —Justo estaba hablando de ti —saltó ella. —¿En serio? —cuestionó Viktor y la miró con ambas cejas elevadas y una sonrisa más ancha. —¡No pienses mal! —se apresuró ella y se removió de manera infantil sobre el banco—. Es que hablaba con mi hermana Irene y recordé lo de Isla de Coche… —Ah, sí sí, no me has dado su número… Ni el tuyo —señaló y la miró, manteniendo la sonrisa pícara y una coqueta ceja alzada. Las mejillas de la muchacha se coloraron tanto como el tono de su labial y la boca se le curvó en una tímida sonrisa. Indira le entregó su celular con el contacto de su hermana en pantalla y luego le dictó el suyo, viendo como Viktor lo guardaba en su enorme smartphone bajo el nombre Indira Sofía. —¿Cómo sabes mi segundo nombre? —La lista de asistencia —bufó él, como si fuese obvio y luego se rió, aligerando el momento—. Tienes un lindo nombre. —Gracias… —respondió, aún sonrojada. —Me gustaría seguir otro rato aquí, contigo. Pero hay un montón de pseudoestudiantes esperando por ver mi clase… —No te preocupes, gracias por acompañarme, de nuevo —reconoció ella. —Te escribo más tarde —agregó y se puso de pie. Se despidió de ella con la mano y se alejó. Indira no supo qué hacer cuando la figura masculina de Viktor se perdió hacia el bloque de arquitectura, pues, no se decidía entre gritar de emoción, zapatear de alegría o decirle a su hermana Irene. Así que terminó haciendo las tres al mismo tiempo, mientras su celular sufría un rápido tecleo y escribía un largo y confuso mensaje de felicidad. Pero de nuevo, su mente le hizo sentir mal, recordando a ese joven de cabellos oscuros llamado Maicol, que continuaba aferrado en lo más profundo de su corazón, al que ella había amado tanto, y que ahora dudaba de hacerlo, porque nada sabía de él ni de su falsa promesa. Indira pensó que lo traicionaba al emocionarse tanto por un simple palabreo con Viktor, pero ¿eran tan simples sus conversaciones? No con cualquiera ella sonreía tanto, ni se emocionaba de la forma en que lo hizo esa tarde. Se sintió feliz por una tontería como darle su número telefónico, pero presentía que verlo tantas veces en la universidad no eran casualidades, sino actos premeditados por él. Porque bien, podía solo saludarla de lejos, pero Viktor le sacaba conversación. Pudo haber pedido solo el número de su hermana Irene, sin embargo, casi exigió el de ella también. Así que no podían ser casualidades, pensó. Viktor debía tener algún tipo de interés hacia ella, más allá de la Isla de Coche. Por la tarde volvió a encontrarse en la cafetería con su profesor favorito, y se obligó a echar a un lado la imagen de Maicol, y solo centrarse en su ahora, en la linda sonrisa que tenía frente a ella y en lo bonita que a él le quedaba la barba. Y, sobre todo, se fijó en sus ojos que brillaban y contrastaban por su castaño cabello. Viktor se le hizo muy apuesto, más que las primeras veces que lo vio en sus clases y no temió en ilusionarse y pensar en él mientras iba en el metro camino a su residencia estudiantil. «Si me hubiese preguntado si podía traerme a casa, le hubiese dicho que sí». Mientras elaboraba un informe en su vieja portátil, se emocionó al escuchar que había recibido un mensaje en su móvil, y ansiosa revisó si se trataba del profesor. —Hola Margarita :) Indira dio brinquitos sobre su cama y con prisa respondió el mensaje de w******p: —Hola caraqueño :D —Jajaja, touché. La muchacha dejó de lado su laptop y charló con su profesor por un buen rato, olvidándose de deberes porque aún tenía tiempo para entregarlos y decidiendo priorizar al agradable muchacho en lo que restaba de su noche. Los días posteriores, Indira tropezó más seguido con Eduardo en las únicas tres clases que compartían, y para suerte de ella, era fijo que trabajaran juntos en los talleres en pareja que hacía el profesor Viktor, porque justo ese día que el bárbaro rubio llegó tarde, cambió el destino de estudiar sola, a estudiar mal acompañada. Indira no detestaba a Eduardo, pero no entendía su personalidad tan cambiante. Algunas veces, en los pasillos de la facultad o inclusive en la feria, él la saludaba con amabilidad y de su boca salían más de tres palabras por oración. Y otras veces, apenas le dirigía la mirada. «Como que es bipolar» pensó Indira, y lo concluía con la cotidianidad de las clases en común y la rara conducta de su compañero. Por otra parte, cuando estaban en clases él le dedicaba un saludo desde el otro extremo del salón —y otras veces no—, y la acechaba con la mirada. Como si ella se le fuese a escapar de esa jaula llamada salón de clases, pero Indira se limitaba a sonreírle y a seguirle el juego, también mirándolo y a veces hasta dejaba de parpadear y sus redondos ojos castaños se agrandaban, hecho que a Eduardo le hacía gracia, pero el jueguito terminaba cuando llegaba el educador de turno y ella se concentraba en la clase impartida. Durante unas horas libres que tenía, Indira estaba en la biblioteca, investigando algunas técnicas de ilustración para realizar unas láminas, y con algo de vergüenza sacó su ordenador portátil de la mochila, y también sacó hojas blancas y su cuaderno para apuntar. Comenzó su búsqueda de información y de la nada vio que Eduardo lanzó su bolso sobre la misma mesa, causando un estruendo que hizo voltear a la mayoría de los que compartían la superficie, arrastró la silla al frente de ella y se sentó a horcajadas. Y como si no había hecho suficiente ruido, carraspeó. —No noté que estabas aquí —bromeó Indira y lo miró con reproche. —Pensé que podía ser invisible. ¿Cómo estás? —¡Guao! Eduardo, el rudo, ha preguntado por mí estado actual —comentó sarcástica y apretó los labios para evitar sonreír. Él apenas hizo una mueca de sonrisa y volvió a su seriedad habitual. —¿Y ese perol? —preguntó al ver la laptop. —Que grosero… Me ha servido de mucho ese perol. ¿Qué haces aquí? —Nada, no fui al gimnasio. Ni siquiera he ido a mi casa a dormir, dormí en uno de los jardines —respondió mientras se apoyaba sobre el respaldo de la silla, tratando de ponerse más cómodo de lo que ya parecía. —Entonces estás aquí porque vas a hacer las láminas de dibujo, ¿no? —¿Qué láminas? —cuestionó con su mejor cara de desubicado e Indira rodó los ojos, previendo que debía explicarle. —Las de mañana… Con las técnicas de ilustración… —aclaró, con ambas cejas alzadas y con ese gesto de ¿No te acuerdas? —Uhm… No —negó con indiferencia y desinterés—. Nada. A ver. Eduardo se levantó de la silla, se subió a la mesa y bajó de un salto para sentarse junto a Indira, que lo miró estupefacta en todo momento. Y es que estando desde menos altura que él, pudo ver lo gigantesco que lució sobre la mesa, y le detalló lo bien que se le ceñía la ropa en su cuidado cuerpo. Luego, el joven rubio revisó el cuaderno de ella y comenzó a buscar en la vieja laptop, repiqueteando un zapato en el suelo mientras esperaba a que la laptop reaccionara porque tardaba en mostrar la información en la pantalla. Y no era por la velocidad del internet, porque la biblioteca gozaba de tener una conexión rápida y estable, sino que la antigua laptop de Indira hacía un esfuerzo grande al funcionar con tantos años de uso. —Comenzaré a traer mi laptop para que la uses cuando yo no lo haga —gruñó mientras veía aún la pantalla en blanco. —No te molestes, estoy acostumbrada a la mía. —Pero yo no —tajó Eduardo e Indira se echó hacia atrás, sintiéndose ofendida. Viró los ojos y volvió a centrarse en la pantalla del aparato—. Mi celular es más rápido que esto… —agregó el muchacho.  —Y vas a seguir, Abigail… —chistó ella y él se rió ante su expresión. La laptop por fin mostró la información y ambos comenzaron a copiar el texto en cartulinas blancas, hablando ocasionalmente para aclarar dudas, o para contar algún chistecito tonto sobre el traste electrónico.
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