Marrón y n***o.
Frío y caliente.
Un pequeño torbellino controlado nació en ese tubo de plástico. Un torbellino que el rubio admiraba cada madrugada, justo antes de beber esa mezcla de Coca Cola y café espresso que lo mantendría despierto por las siguientes seis horas.
—¡Nos vemos en la noche, Juan! —se despidió con la mano al aire, mientras sorbía el brebaje de su resistente cooler.
El joven salió de la discoteca y miró tras de sí al escuchar los alaridos de despedida de sus compañeros. Caminó en medio de la penumbra hacia el estacionamiento y dio con el convertible azabache que su madre le había obsequiado hacía años por su cumpleaños número dieciocho.
—Como que le doy despacio hasta la universidad… —se dijo mientras subía al vehículo, ese elegante deportivo que lo había ayudado —y ayudaba— a controlar tantas chicas tontas y fáciles.
Y con toda su calma, como si tuviese todo el tiempo del mundo, condujo por el canal más lento de las avenidas, y obvió a los autobuses que tocaban el claxon con desespero, e ignoró a los motorizados que pasaban amenazadoramente cerca de su carro, porque a él nada lo perturbaba. O casi nada.
El joven llegó a la universidad con el inmenso arco de ladrillos y gigantes letras doradas en su entrada, se identificó con su carné en el escáner y pronto la talanquera le permitió el acceso al campus. Él sabía que despertaba la curiosidad de las personas, no solo de las mujeres. Era muy seguro de sí, y no se cohibía en disfrutar, y al mismo tiempo, ignorar toda la atención que recibía de chicos y chicas. Cada vez que desfilaba con su auto por la calle, robaba miradas y creaba intriga. Con su apariencia intimidante causada por su barba estilo Bandholz, su imponente estatura y su rubio cabello hasta el cuello, consideraba ser el sueño de cualquier chica, en especial de las que quisieran pasar un buen rato sin ningún tipo de compromisos, porque ¿quién querría enredarse con alguien en la mejor edad de su vida? A sus veintitrés años, afirmaba con certeza que haber sido engañado por su expareja fue lo mejor que le pudo ocurrir para salir de esa relación. Y vaya que celebró en muchos lugares, posiciones y con muchas candidatas su particular juicio.
El rubio se hizo notar al poner sus tenis sobre el asfalto, y caminó a paso ligero hacia la feria de comida del recinto. Se regaló un café grande, bien cargado y con poca azúcar, porque ese cuerpo de modelo esculpido por los dioses y trabajado por el hombre debía cuidarse y mantenerse. A nadie le gustaría ver un dj gordo, las chicas no se derretirán por un chico cuyo abdomen no sirva de batea lavarropas. ¡Oh, señor! ¡Qué malo sería para él perder su escultural cuerpo!
Se deleitó la vista con las chicas que lo miraban y le sonreían con picardía, y no dudó en ignorar a las atrevidas que se le acercaban con un meloso Buenos días. Nada de eso le llamaba la atención, porque él no tomaba lo que le ofrecieran, él decidía cuándo, cómo y con quién. Así que cuando su sed de cafeína se vio saciada, se levantó con su morral sobre el hombro y se dirigió a uno de los jardines, donde desplomó sus músculos y se relajó para una siesta de quince minutos.
Pero los minutos pasaron, y el intimidante muchacho seguía rendido sobre el cuidado y verdoso césped, y despertó cuando una entrometida estudiante se acercó y le llamó por el hombro para preguntarle sobre una facultad. El indiferente rubio desestimó la pregunta, miró su reloj y se puso de pie. Se dio cuenta que el sol brillaba más que hacía unos minutos, y que no habían pasado quince, sino más de media hora y por ende, su primera clase ya había comenzado. Sus zancadas fueron cortas y parsimoniosas, displicente ante el hecho de llegar tarde, pero no le preocupaba en absoluto.
Dio con el salón de su clase, y sin siquiera tocar la puerta, entró a sus anchas. El profesor que dictaba la clase lo miró con desagrado y el joven apenas reaccionó con su mentón más elevado que antes, miró hacia los escritorios libres y se sentó en el más cercano, ese que daba junto a la puerta. Dejó caer su mochila y esperó en silencio a que la clase continuara. Ni siquiera le importó de qué era esa clase y tampoco le interesaba mucho, su presencia en esa aula era obligatoria y aquel pensamiento no le hizo gracia.
—Ya comenzamos un taller —informó el profesor—, así que te toca agruparte con ella —dijo y señaló a una jovencita rubia, al otro extremo del salón.
El rubio no pudo evitar su cara número ocho de mal humor y dejó su cuerpo pegado a la silla. Él no iba a moverse, si alguien debía hacerlo, era la muchacha. Se le quedó observando como un cazador, analizándola y esperando a que ella se cambiara de lugar. La muchacha no soportó la intrigante mirada que le devoraba las entrañas, e inquieta, se trasladó hasta el escritorio junto al bárbaro muchacho.
Una vez sentados juntos, él detalló la hoja del sorpresivo taller, pues apenas era el primer día de clases y ya lo estaban evaluando.
«Qué inoportuno, un taller de matemáticas en mi primer día de clases».
—¿Cómo te llamas? —tartamudeó la chiquilla rubia y lo miró con dudas, parpadeando mucho y bajando sus ojos hacia el papel.
El rubio carraspeó y haló la hoja con poca educación hacia su lado de la mesa, detalló el nombre de la muchacha y escribió el suyo debajo. Le entregó la hoja y se volvió al frente, evitando mirar de nuevo a la pequeña rubia a su lado. Pero se sentía incómodo, como si algo le estuviese puyando el costado, picándole el cuello y los brazos y hasta la cara, y se giró a su izquierda, donde descubrió a la chiquilla con los ojos muy abiertos y la boca casi seca, admirándolo.
—¿Nunca habías visto tatuajes? —le preguntó con voz rasposa y ella se volteó con brusquedad hacia el frente, al parecer, apenada.
—N-no quería incomodarte, disculpa.
El chico gruñó ante la escueta respuesta de la muchacha y acomodó su silla para estar completamente frente a ella.
—Necesito que terminemos esto rápido —pidió con voz profunda y clavó sus ojos en los de ella—. Quiero irme.
Ella asintió con premura, como si supiera y entendiera la prisa que tenía ese muchacho, pero lo que no podía imaginar era que él no cargaba más responsabilidades que la universidad y su persona. Así que nada debía hacer para que apremiara tanta urgencia.
El joven miraba a la muchacha analizando los ejercicios descritos en la hoja y respondiendo, mientras sacaba cuentas con su mano izquierda y anotaba con la derecha. La muchacha sintió la pesada mirada sobre su mejilla y volteó a mirar al bárbaro rubio, que no sé inmutó ante los chispeantes ojos de ella.
—¿Esta es la primera clase? —cuestionó él, consciente de que había faltado casi toda la semana.
—Es la tercera clase de la semana —respondió ella y se volvió a concentrar en el taller.
—Mierda, ni siquiera sé qué día es hoy —farfulló él y se le acrecentó el mal humor.
Ella lo miró con preocupación y le costó continuar escribiendo en la hoja del taller, y él se limitó a observarla cada tanto, arrebatándole la hoja para revisar lo que ella respondía y, tomándose la molestia de corregir los errores que ella no notó. Cuando terminaron de completar las respuestas, el joven entregó el taller al profesor, echó su morral al hombro y salió del aula.
¡Libertad para el incomprendido rubio!
No demoró en volver al tranquilo césped, donde continuó su siesta como si estuviese en la sala de su casa, o para mayor comodidad, en la cama king size de su habitación. Al cabo de un par de horas, se desperezó y su espalda tronó como una bolsa de patatas aplastadas, y se levantó de inmediato porque un hambre voraz le destrozaba el estómago. Mientras caminaba hacia el área de comida, se regocijó en el cercano olor a pasteles recién horneados y en esas empanaditas grasientas que no podía evitar adorar.
—Que no me vea mi entrenador o me castiga lo que queda de la semana —reflexionó en voz baja, y sin torturarse más, comenzó a comer el suculento desayuno.
Mientras desayunaba, revisó el horario que él mismo había planificado, y confirmó que apenas tenía una clase más en lo que restaba del día, así que finalizó su comida, se aseó un poco en los baños de la feria y se dirigió a uno de los últimos salones de la facultad de Arquitectura.
No hizo más que dormitar durante la clase de Lenguaje y Comunicación, pues, estando tan quieto, el sueño lo dominaba y lo hacía cabecear sobre su escritorio, pero apenas la profesora indicó la finalización de la cátedra, fue el primero en salir del aula, y su cuerpo se reactivó como una gran máquina correcaminos. Entonces salió casi contento en dirección a su convertible n***o y se encerró, irónicamente, para buscar la libertad que le brindaba la ciudad.
Esta vez condujo con más prisa que en la mañana, pudiendo llegar más rápido a su casa. Su casa quedaba en un complejo residencial privado, donde más familias adineradas habitaban bajo el techo de suntuosas viviendas de dos pisos, con bellos jardines diseñados por un paisajista y un patio privado donde, por lo general, disfrutaban del sol junto a la alberca.
Estacionó su auto en el espacioso parqueadero de su casa, entró al salón principal arrastrando sus tenis y dejó el bolso tirado al comenzar a subir las escaleras. La ama de llaves lo saludó con mucho cariño y él correspondió el saludo con el mismo ánimo, pero se vio opacado ante un bostezo de oso, síntoma de que su cuerpo sabía que ya podría ir a descansar.
Una rápida ducha, un cómodo pantalón para dormir y un chapuzón a la cama. Se arrebujó entre las sábanas y no tardó en quedarse perdido entre sueños y cansancio.
La alarma de su smarthphone le interrumpió las horas de sueño y, dudando de hacerlo, se levantó. ¿Almorzó? Sí, aunque tenía un horario desfasado, se alimentó y volvió a su convertible n***o para recorrer las calles. Conociendo las rutas verdes y esos pasadizos de la ciudad, llegó al gimnasio en el cual pasaba la mayoría de su tiempo libre y con una energía muy masculina y amistosa, saludó a su entrenador.
Allí gastó y quemó tiempo, preparándose para dirigirse a la discoteca, sitio donde más le gustaba estar. Para él, ser dj no era un trabajo, era su patio de juegos. Disfrutaba de hacer bailar a la muchedumbre y que le reconocieran todo el talento que él juraba tener. Y no era que no lo tuviese, pero tanto así como para considerarse un dj famoso, no lo era. Pero en su mente, él era el mejor dj del mundo, y lo confirmaban las tantas locaciones donde se presentó en años anteriores, inclusive, en fiestas privadas sobre yates de lujo y ese pequeño momento en el que compartió tarima en Ibiza con un verdadero dj, donde la adrenalina lo hizo mezclar como un chef preparando su mejor platillo o un bartender batiendo su coctelera en el aire. Grande se sintió el rubio y lo consideró un triunfo personal.
Y lo revivía mientras estaba detrás de la mesa de discos, pinchando y creando efectos de sonidos que les volarían las neuronas a los cuerpos danzantes de la pista de baile. El alto rubio se concentró en el sonido que brotaba de sus auriculares y programó los siguientes minutos de música a su conveniencia, pues, consideraba un reto muy divertido pasearse por las áreas de la discoteca e ir flechando con la mirada, cual cupido, para luego halar sus redes y verificar, no solo con ojos, sino con manos y boca, lo atrapado.
Dejó preparada la siguiente hora de música y despidiendo seguridad en su andar, se adentró al tumulto. Saludó con suaves movimientos de su mentón y parecía despedir un halo de feromonas que activaron los radares de las solteras más bellas y desesperadas de la pista. El confiado rubio sonrió con lujuria al percibir la tibieza de una muchacha muy esbelta, le recorrió los brazos con sutiles caricias y olisqueó su cuello, casi saboreando el aroma a vainilla que desprendía.
La invitó a un área más privada del local y ambos sonrieron cómplices de su caliente jueguecillo. El joven la tomó de los finos nudillos como si ella fuese una respetable dama de sociedad y la guió escaleras arriba, a una oficina que generalmente estaba vacía, ya que era el sitio de descanso de él.
No habían puesto un pie dentro de la oficina, cuando ya se arrancaban las ropas y se bajaban las cremalleras de sus prendas. Se devoraron en un fogoso beso que encendió todos sus sentidos, que los llevó a apretujarse contra el sofá mientras saciaban su salvaje deseo de follar. Él se apresuró en ponerse un preservativo y de una profunda estocada se hundió en la bella muchacha, de la que no sabía el nombre y poco le importó. Se dejó cabalgar por esa ágil vaquera, que chillaba y gemía tras cada brinco de su bestia bárbara, y después de un coro de gruñidos y jadeos, se acurrucó sobre el pecho desnudo del muchacho.
El rubio se removió, acalorado y algo incómodo por la cercanía de la chica, pues no pretendía ser especialmente cariñoso después de un loco revolcón con esa desconocida. La bajó de su cuerpo y se excusó hacia el baño, esperando que entendiera que era su momento de irse.
El muchacho continuó su singular jornada laboral al retornar a su mesa de discos. Se escondió bajo sus audífonos y dejó que la música le llenara el cuerpo de beats, porque apenas apagaran los láseres y el humo del local se esfumara, la responsabilidad de la universidad le esperaba a primera hora.