Capítulo treinta y uno: Dados por vencidos —Debemos hablar, Oliver —confieso en un arrebato de valor. —Entre tú y yo todo ha quedado más que claro, colega —replica con tono sarcástico. —No puedes continuar evitándome —le reprocho. —Una vez más te equivocas: no te evito; sencillamente no tenemos nada más que decir. Se aleja como si mi sola presencia le asqueara. Sin embargo, no me doy por vencida y le detengo a medio camino del auditoro tomando su mano—. De verdad necesito hablar contigo, Oliver. Es importante. Me hala hacia él y no sé de qué manera, termino acorralada entre su cuerpo contra la pared—. Me has ignorado, has jugado al tira y afloja conmigo y has terminado lastimándome de una forma que no tienes ni idea. ¿Ahora quieres hablar? ¿Se te ha ido la cobardía? ¿O repentinament

