4. Secretos

1233 Words
Ariadna: Quería revivir el momento, así que me importo un pepino que era lo que pasaría, no podía quedarme sin probar de nuevo sus labios, su piel tersa y contemplar su rostro perfecto en una de las almohadas de mi cama. Me puse una de mis mejores pijamas de encaje, rojo, como uno de los colores que me e cantaban para sentirme sexy. Perfume floral, incienso de olor a canela y velas aromáticas, una noche totalmente digna para recordar. A los minutos, el timbre de mi loft, me hacía caer en cuenta que estaba haciendo las cosas mal, que está no era yo, pero en el fondo sí que lo era. Corrí hacia la puerta, abriéndola de par en par, y estaba el allí con su imponente porte de magnate, de maduro sensual y esos ojos rasgados que me tenían babeando en la banqueta. —Estas preparada justo como lo suponía—dijo, envolviendo mi cintura con su fuerte brazo, afianzando sus dedos en mis carnes, enterrando sus uñas en mis cosillas. El calor que su sola presencia emanaba, me obnubilo la vista, queriendo solo ser feliz, entregarme por completo al deseo de sentirlo sobre mi o debajo de mí, porque solamente sería suya. —No sé qué es lo que me hiciste Taki San, pero esto, esto lo pagaras caro—acote, cerrando la puerta y sujetándome de sus hombros, trepada como una chinche succionadora. Su boca encajaba con la mía, sus ojos no se habían olvidado de mi, mis pensamientos se fueron esfumado con ese tiempo, eran milésimas de segundos los que llevábamos en ese beso voraz, mientras que el caminaba hacia el sofá del loft, tanteando el terreno que había, conmigo a horcajadas de su cuerpo, llegamos al sofá, mientras que deje de besarlo y contemple su rostro, cayendo en cuenta que era prohibido, sí, prohibido porque es mi jefe ¡joder! —¿Qué pasa? —No debemos vernos nuevamente así —¿Quieres ser más clara? Por favor. Me troné los dedos con pánico, porque sabía que esto cambiaría, estuve pensando ahora, y, si yo no hablaba, esto llegaría lejos y la herida sería más grande, no quería ocultarlo, no quería hacerlo peor… pero yo era cobarde en ciertas cosas y, esta, era una de ellas. —Recuerdo el día en que te conocí en ese avión, ver como fisgoneabas lo que estaba haciendo en mi computador… eres bella Ariadna. Trague grueso, mi corazón se me saldría del pecho, pero debía de terminar con esto. —Sé que esto sonara extraño pero… no podemos estar juntos, y menos sexualmente—dije con voz tambaleante. Él suspiro largo, como frustrado, afianzó sus manos sobre mis caderas y me vio serio. —¿Estas enamorada o comprometida de alguien más? —No, no es eso. —¡Uff! Menos mal. No me gusta compartir lo que es mío. Sonreí como idiota, me acerque a su rostro, borrando centímetros de distancia y apoyando mi frente junto a la suya. —Yo estoy puesta para lo que desees hacer conmigo, porque la verdad es que no entiendo qué es lo que ejerces en mí… aunque quiera alejarte, creo que estamos destinados a estar juntos—bese sus carnosos labios y a une su rostro con mis manos, besándolo con ganas dementes de que me desnudara por completo. Él me tomó de la cintura y me posó en el sofá, quitándose los pantalones de fina tela sastre, los zapatos ya no los tenía y me dejó ver su largo y erecto falo, aguándome la boca del deseo que tenía por probarlo, por sentirlo y hacerlo gozar como él lo había hecho conmigo. —Me tienes caliente—Dijo. Me quite el sostén, dejando mis pechos a la gravedad del viento, mientras le desfile hasta mi habitación, mientras que él me seguía como un perro faldero, con ganas de hacerme mil cosas y yo, yo dispuesta a hacer lo que fuera. No podía ignorarlo, era posible, así que si me tocaba tener esto en secreto, no me importaba. (***) Por la madrugada asimile las cosas, yo era un caso perdido, de nada servía que me estuviera lamentando, ya había tenido un excelente servicio de lujuria en mi habitación, sintiéndome la peor de las mujeres, porque con él me sentía adicta, desde esa noche ni quedé igual… Me levante para ir al baño y darme una ducha, llorar y olvidar este deseo que me carcomía, estaba a punto de perder el trabajo de mis sueños por andar de calenturienta y eso, eso no era como había planeado mi futuro. Salí de la ducha, y él ya no estaba… me las cobro sin duda. Me puse una pijama de conejitos, salí a la cocina para tomar agua, y estaba ahí, bebiendo un vaso con leche… —pensé que te habías ido—exclame consternada. Él me sonrió y se acercó a mí, dándome un beso en la frente. —No me gusta la venganza, ni las bromas de mal gusto… y menos los secretos. Eso no va conmigo Ari Chan—. Cuando dijo eso, me sentí miserable, me sentí una pésima mujer y mucho más, sabiendo que él no sabía nada de lo que estaba pasando y que la verdad la tenía en mis manos. —¿Te molesta si me quedo a dormir contigo?—expresó. —No, no me molesta pero… mañana debo ir al trabajo a las siete de la mañana… así que mhmmm… dormiríamos nada más—dije con un nudo en la garganta. —No te preocupes… yo debo irme a casa… ¿Puedo invitarte una cita? —Hemos tenido sexo dos veces Taki, ¿no crees que eso debió ser antes de esto? —Para el amor nada espera… una cita, el jueves… te estaré llamando—Dijo con su voz gruesa, dándome un beso delicioso y dejándome sola ahí, guardando el secreto, uno enorme y que dañaría su reputación como el CEO intachable, el dueño de un imperio que había protegido con recelo y que su inestabilidad emocional estaba ahí, trabajando para él desde las sombras. (***) Rumbo a mi día laboral, con los nervios en un manojo, me entre al edificio, encontrándome con Cassie y Edward, los salude como si nada, pero ella estaba ahí, la pesada de Bonnie, así se llamaba esa zorra que se le estaba sometiendo a Taki, lo puedo ver desde aquí. —¿Bonnie le está coqueteando al jefe?—dijo Cassie en voz alta, mientras que Edward le tapó la boca con la mano. —¡Cállate Cassie! Nos encontrarán espiando—hablo el chico. Yo sonreí, pero por dentro me estaba muriendo. —Yo iré a ver que pasa, tú, llévate a Cassie lejos, ya vuelvo—determinada a saber que pasaba, fui de encubierta a la cafetería lugar en el que estaban ellos dos. Bonnie tenía uno de sus asquerosos dedos sobre el torso de Taki, y este, de golpe, le quito la mano de sobre él. Ajustándose la camisa. —Si quieres conservar tu puesto aquí, es mejor que sepas ubicarte. —¿sigues con tu estúpida ley de “no amores en la empresa”? —¡CLARO! Y lo mantendré firme siempre. Se giro sobre sus talones, dejando sola a esa tonta. Si él iba a romper las reglas, sería conmigo y con nadie más.
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