Capítulo 5: El pago que me adeudas

2216 Words
V —Y, ¿cómo fue tu cita con Becca? Todo movimiento quedó suspendido cuando Steven desde su escritorio preguntaba a su hermano por la cita de la noche anterior. Emma fingió que no le importaba para nada lo que su jefe hablaba, pero estaba sintiendo que una piedra le golpeaba el estómago. Elliot siguió escribiendo en su laptop, ya superado el estupor inicial, tenía que seguir con total normalidad. —Fue tranquila, tuvimos una cena y eso fue todo. Te envía muchos saludos. Desea verte pronto —respondió el hermano viendo de reojo a la chica que organizaba papeles. —Ella es tan hermosa, tienes suerte, Elliot. No podía ser peor el momento, ahora Emma empezaba a entender lo que pasaba. El señorito ya tenía una novia, claro que sí, que de seguro no iba a tocar de la manera salvaje como sí lo hacía con ella. ¿Cómo era esa que Elliot llevaba en el corazón? Muy recatada, de seguro conocedora de la comida gourmet, hermosa, altanera. Emma dejó de mover las hojas solo para imaginar cómo había sido esa cena, llena de conversaciones interesantes, de seguro «Becca» le insistió mucho para que regresara a la ciudad, que no tenía sentido que se quedara junto a su hermano si ya tenía quién lo cuidara. —¿Cómo es ella? La pregunta sacó, ahora sí, por completo, a los hermanos de sus ocupaciones. Emma no se iría por las ramas nunca, quería saber cómo era su rival. Momento, ¿rival? ¿En qué instante una desconocida se volvía una competencia para ella? Además, una prostituta con una señorita de sociedad no podrían contender jamás. Ninguno parecía animado a responder, pero Steven sabía que aquello avivaría la conversación así que habló primero. —Te puedo decir que lo más hermoso es su cabello. Es rojo, abundante y cae muy lindo en su pecho. ¿Verdad Elliot? —Si tú lo dices… —respondió el hermano menor sin desprender sus vista de la pantalla. Seguía tecleando sin parar, aunque ahora con un error en cada palabras. Emma la volvió a imaginar, solo que ahora sabía que era de cabellos como el fuego. —Steven, pronto cumpliré el mes de estar en esta casa. Deseo saber si mi contrato se va a alargar o debo irme. —En un giro sorprendente de conversación, Emma ponía un poco de orden en su cabeza. El tema era necesario hablarlo, si es que acaso ya su historia en esa casa debería terminar. Pobre niña, a penas comenzaba todo para ella. —Bueno Emma, debo decir, con sinceridad, que no espera mucho de ti cuando llegaste, creo que eso quedó muy claro. Pero has hecho un excelente trabajo como mi secretaria y te agradezco mucho que seas capaz de ayudarme a esquivar las llamadas de esos clientes tan molestos. Estás en libertad de irte, o si quieres… —Es hora que te vayas. Cumpliste con tu deber, pero ya es… —¡Deja que Steven termine de hablar! —espetó Emma ante la interrupción de Elliot. Los dos se miraron, el ambiente estaba ya poniéndose muy tenso. —Te decía que si quieres puedes quedarte otro mes, te haré el pago como se ha acordado y también al irte de acá puedes ponerme como referencia en tu currículo —respondió Steven sonriéndole entusiasta. Elliot no soportaba esa farsa y solo apretaba su mandíbula furioso. Emma lo notó y supo que era la oportunidad para fastidiarlo aún más. —¡Claro que acepto!, gracias. Solo que debo pedirte un día para ir a comprar ropa, la que tengo ya no es suficiente. Steven entendió a que se refería y no era suficiente no solo porque le faltara mucha tela, sino porque había llevado muy poco. En efecto la mansión era muy fría y a veces necesitó que las ancianas del servicio le prestaran en las tardes algunos sacos de lana para soportar el clima. El CEO le respondió de manera positiva, incluso que si no deseaba salir, podía pedirla por internet. Emma se emocionó mucho con eso, jamás había comprado de esa forma, así que en el noche empezaría a mirar tiendas. Otra noche caía de nuevo, una que debería ser de fiesta para muchos, era solo un viernes más, aburrido y tranquilo en la vieja mansión. Steven salió de su habitación vestido de gala, cosa que sorprendió mucho a Emma que iba camino a la cocina a robar más comida. Él le explicó que estaba invitado a un coctel que no pudo eludir de ninguna forma, con unos inversionistas extrajeron que requerían su presencia física. Tendría que ser muy precavido, sin embargo, su médico le había dado el visto bueno por unas horas. —Espero que te diviertas —le dijo la chica, que tenía su cabello recogido en dos medias trenzas, haciéndola ver adorable. —¿Tú no tienes a dónde ir? —preguntó él terminando de bajar la escalera. —La verdad, no quiero ir a ninguna parte. Steven le sonrió y salió muy apurado del lugar. Lo que decía ella era cierto, salir de noche de ahí, solo significaría ir a buscar algún hombre, ella no tenía amigas, un lugar favorito, nada. Fue hasta la cocina, tomó un plato y puso pastelillos en este. Vería una película mala en el televisor y luego solo dormiría o leería. Cuando estuvo frente a su habitación, supo que puertas más allá, había un hombre que ya la había tomado y que parecía profundamente arrepentido de hacerlo. Entró en su cuarto y de nuevo, la sorpresa de una preciosa rosa en su almohada la estaba esperando. Soltó su plato y la recogió con mucho cuidado para ponerla junto sus aterciopeladas hermanas. Sonreía con sinceridad, admirada de aquella belleza que Steven por alguna razón no permitía dentro de la casa, pero que aun así le regalaba a ella. Seguro un mal recuerdo le hacía infeliz su vida cuando veía flores, o cuando percibía su aroma. Estaba tan deleitada en la observación que no notó el momento en que Elliot entró en su cuarto. Solo cuando él dio dos pasos dentro, ella giró asustada y le preguntó con rudeza qué quería. —Verás… no ignoré tu conversación de ayer con mi hermano, y tal vez esto te guste. Elliot le extendió una bolsa de una reconocida marca. Emma estaba con la boca abierta, recibió al bolsa y sacó un sweater de color pálido, con escote algo profundo. Era hermoso, se notaba a leguas que también muy costoso y que de seguro le iba a quedar precioso. Ella lo puso en la fina bolsa y con todas la fuerzas de su mediana contextura, se lo lanzó en la cara al hermano menor. —¡¡Vete al maldito infierno, estúpido!! —gritó mientras Elliot esquivaba el paquete—. ¡¡Lárgate de aquí!! —¡¿Qué es lo que te pasa?! —reaccionó el hombre tomándola con fuerza por un brazo. Ella con el puño que tenía libre, le regaló un acertado golpe en el abdomen que lo dejó sin aire unos segundos y luego salió a correr por el pasillo, sin tener muy en claro a dónde iba. —¿Sabe tu novia que le haces regalos a una cualquiera? ¡Ay, qué va a pensar, por Dios! La dama de cabellos de fuego se va a poner muy molesta si lo sabe —casi gritaba histérica la chica viendo a Elliot seguirla. —¡No tengo ninguna novia! ¡Y si no te gustó, solo hubieras podido decirlo! No eres más que una… —¡Dilo! ¡Soy solo una prostituta! —exclamó ella aún más alto. La palabra que iba a decir Elliot era «malagradecida», no obstante, el reclamo sin sentido de la chica lo tenía desorientado—. Es cierto, tú estuviste conmigo y no me diste un centavo… Eso se va a solucionar ahora… Emma salió a correr directo al cuarto del confundido hombre que siguió tras ella. Como un huracán empezó a buscar por todo lado la billetera del hermano menor, hasta que la vio junto al mueble de la televisión. Elliot no alcanzó a tomarla primero, y ella subió a la cama con la intensión de requisarla. —Bueno, al menos cargas lo suficiente como para pagarme —decía mientras sacaba un fajo de billetes—. ¡Ah! ¡Mira esto! Tarjetas platino, oro, a ver ¿cuál de ellas usaste para comprarme ropa? —Emma sacaba las cosas y las tiraba por doquier. Elliot solo la observaba, si ella quería desahogarse, aunque no entendiera muy bien de qué, pues que lo hiciera. —Basta, Emma. Ya te dije que odio que te trates así, además… —¿Qué es esto?... Los dos quedaron sin palabras, cuando de uno de los pequeños bolsillos de esa billetera, Emma sacó un anillo con un diamante precioso adornándolo. Ella lo puso muy cerca de sus ojos, esa en definitiva era una argolla de compromiso. Preciosa, única y especial como debía ser la dama para la que se fabricó. Ahora el problema era que Elliot no parecía para nada feliz con que ella la tuviera en sus manos. —¡¡Devuélveme eso ahora!! —gritó enfurecido. Quiso saltarle encima, pero la jovencita como una liebre brincó de la cama y llegó a la ventana. La abrió y sacó la mano con la que sostenía la joya, estaba dispuesta lanzarla. —Así que para eso era la cena de la otra noche, vas a hacer a «Becca» tu esposa… —Emma, te lo suplico, no sueltes ese anillo —exclamó el hombre casi con dolor. Podía ver ella en su cara el terror de perder esa única joya, una que cualquier mujer de la tierra amaría—. ¡Emma, por favor! ¡Te compraré uno si quieres, pero devuélveme ese! Sin poder controlarse, las lágrimas se escaparon de los ojos de la niña que estaba muy rota. ¿Comprarle un anillo? ¿Qué le pediría?, ¿Que fuera su amante para siempre? Lo que más le quemaba el pecho era la expresión de desespero de Elliot, que prefería morirse antes de perder ese diamante, la mujer a quién se lo había comprado era la más afortunada de la tierra. Cerró la ventana y puso la joya en la palma de la mano del desesperado hombre. —Te deseo solo lo mejor, Elliot Lennox. Ella va a verse hermosa con este anillo. Caminó hasta la puerta, pero fue detenida por el hombre que no iba a permitir que se fuera, no luego de ver su rostro así. Dejó aquel anillo encima de la mesita y luego, haciendo gala de toda esa fuerza que lo caracterizaba, cargó a Emma en sus brazos hasta su habitación. La jovencita no quiso objetar nada, estar en ese pecho que respiraba tan profundo era lo mejor que le había sucedido en años. Con delicadeza, la dejó en la cama, mientras él tomaba su lugar sobre ella. Era increíble su incapacidad para decirle «no», el aroma de Elliot era un afrodisiaco que la enloquecía, que le hacía desear más y más de él. No tardó mucho en quitarle el pequeño camisón que usaba y verla desnuda por completo, tan hermosa, con su piel de durazno, con sus senos tan redondos y en medio de estos, esa cicatriz. Elliot sacó su lengua y como si con esta borrara esa marca, la lamió una y otra vez. —No le hagas esto a tu novia, Elliot —sollozó Emma mientras le halaba con delicadeza los cabellos. —No hay otra mujer, Emma. Y para ti, tampoco va a haber otro hombre. La muchacha se sorprendió de esa sentencia, pero no dijo nada porque los labios sedientos de Elliot la empezaron a buscar para robar sus besos. Con él todo era siempre muy intenso, sus manos eran enormes y cubría con facilidad sus pechos, los cuales presionaba con fuerza arrolladora. La tomó por su pequeña cintura y se la cargó encima, le gustaba que ella lo abrazara con fuerza mientras besaba su cuello. Ella era pequeña, en apariencia frágil, sin embargo, no podía contener la pasión que le hacía perder el freno. Ella se alejó un poco y le desabrochó el pantalón. Fue entonces que la boca de la señorita empezó a darle el placer que lo estaba perturbando. Se la quitó un momento de la entrepierna y la vio a los ojos. —Por favor, no me trates como a uno de tus clientes, no tienes que hacerlo si no lo deseas. —Lo hago porque quiero, Elliot, además, te gusta… Emma volvió a bajar, mientras el hombre sentía que estallaría. Su voz empezó a salir más grave cada vez, quiso por segundos tomarla por la cabeza y marcar el ritmo, pero no la lastimaría de ninguna forma. Sin soportar más, la retiró de allí y le abrió las piernas, era su deseo terminar en su interior. La chica se estremeció ante la invasión. Elliot sobre ella, jadeando y sudando, reteniendo toda la fuerza física que tenía para no hacerla pedazos. Eso le encantaba a la señorita, por que no la trataba como sus estúpidos clientes, la trataba, como si de verdad la quisiera. *** Fin capítulo 5
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD