XLVIII Abrió sus ojos, que de dirigieron directo al techo de aquella habitación tan desconocida, tan lejos de la suya, desde la cual se escuchaba la fuerza del oleaje que también le servía para que sus jadeos se fueran con esos sonidos. No solo eso estaba disfrutando, una espalda muy ancha podía divisar frente a ella, una que sudaba, que se movía, mejor, que serpenteaba sobre su cuerpo. Ese aliento caliente que su cuello recibía, la sensación dentro de ella, una que no se esperó jamás fuera tan maravillosa, tan desconocida y con esa capacidad única de desear más. Fue tan incómodo y doloroso en el inicio, pero después toda su piel empezó a vibrar, a cantar con las caricias, con los besos al azar, con aquella boca en sus pechos. ¿Cómo era posible que los labios de un hombre en sus senos pud

