XXIX La fiebre estaba muy alta y el padre desesperado seguía intentando que el médico de la familia fuera hasta la casa para que atendiera a su hijo menor. Tenía miedo de moverlo mucho y hacer algún daño innecesario. Siete años apenas tenía, y causaba un revuelo enorme su condición. Una mano algo más grande se posó en su frente. Vio que de nuevo le ponía esa tela húmeda para que se sintiera mejor. El pequeño sonreía a su hermano adolescente, que debería estar prendido de los videojuegos, o de su propia existencia y no estar cuidándolo. No obstante, Steven siempre estaba ahí, en los días buenos, en los muy malos, en esas caídas que sufría su pequeño inquieto, en los dolores de panza por comer tantos dulces, en los llamados a la dirección porque su hermanito se metía en una pelea. Ese chic

