A unas pocas cuadras de la Universidad de Juilliard, había una cafetería en donde Aye, esperaba impaciente a que su mejor amiga Sonia llegara. Luego de lo sucedido con Dylan, ella no había hablado con él, no atendió sus llamadas y lo evadió en todo momento. De eso ya habían pasado tres días y no sabía cuánto más podía llegar a mantenerse así. Necesitaba hablar con urgencia con su amiga, que la ayudara a saber qué paso dar, necesitaba imperiosamente un consejo y ella era la única a la que podía recurrir.
Cuando la mesera le sirve su segunda taza de café, Sonia aparece trotando y agitada.
—Lo siento, lo siento —se disculpa al tiempo que toma siento en la silla vacía frente a su amiga—. Me atrasé con los arreglos en la galería. Puedes creer que ahora quiere joderme el evento una maldita fuga en el sótano —habla casi sin respirar y sin dejar que Aye pudiera meter un bocado en toda su diatriba—. Estoy acelerada, ¿verdad? —expresa soltando el aire.
—Un poco —Sonríe Aye.
Sonia la observa entre cerrando los ojos.
—¿Qué ocurre? —quiere saber.
—Quiero contarte algo y necesito que seas muy cautelosa de ahora en adelante. No tienes que decirle a nadie sobre este encuentro —Sonia la observa con detenimiento no entendiendo nada de lo que habla su amiga—. Sonia, en serio, necesito que esta conversación muera acá —le suplica.
—Aye, me estás asustando —admite la joven—. Solo dime que es lo que pasa —exige.
—Creo que Dylan es quien manda esas cartas —confiesa en voz baja provocando que Sonia abra y cierre la boca al tiempo que niega con la cabeza.
Cuando Sonia, llegó a Nueva York, como era de esperar, Aye le contó sobre las cartas que recibía, Sonia le repitió lo mismo que había dicho Kansas más de una vez: “Avisa a tus padres”, pero Aye se rehusaba a hacerlo, no iba a volver a Buenos Aires sin terminar sus estudios, eso no era ni remotamente aceptable.
—¿Por qué piensas esos? —indaga, no creyendo mucho en eso.
Desde que la joven llegó a Estados Unidos, solo había visto dos veces a ese chico, pero no parecía ser del tipo que andaba hostigando a mujeres solas en el campus.
—No solo lo pienso, lo sé —le afirma.
—Puedes explicarme el motivo que llevó a pensar así, por favor.
—Lo escuché hablando por teléfono y decía que no podía hacer su trabajo si, la persona que estaba del otro, no lo dejaba en paz y —Aye agacha la mirada a su taza y sus ojos se empañan por las lágrimas—… Dijo “Ella ni siquiera sabe quién es su padre” —repite las palabras que se había reproducido una y otra vez en su cabeza desde ese día.
Sonia suelta una exhalación.
—¿Estás segura que hablaba de ti? —cuestiona la joven.
—¿Y de quién más entonces? —refuta Aye.
—¿Se lo has dicho a las chicas? —se interesa.
—No —niega—. Nadie debe saberlo y menos ellas —le hace saber.
—¿Por qué no quieres que lo sepan? —inquiere.
—Porque si él es el quien manda esas cartas, ellas estarían en peligro —manifiesta.
—¿Y cómo manteniéndolas en la ignorancia no van a estar en peligro? —pregunta Sonia no entendiéndola.
—Porque todavía no he hablado con él y ellas si lo ven de seguro van a quedar en evidencia —le contesta.
—¿Y yo no? —chilla Sonia.
—Tú no lo ves. Ellas lo ven más seguido, se lo cruzan en el campus. Si llegaran a saber, de seguro Kansas se quedaría muda y Bonnie no pararía de balbucear; él se daría cuenta al instante que algo pasa —explica—. Tengo que pensar cómo enfrentarlo.
—Creo que ya se está yendo todo a la mierda; llama a tus padres y que ellos se encarguen de todo —ordena Sonia.
—Pero So…
—Nada —le corta en rotundo—. Llama a tus padres. Sigue evadiendo a Dylan hasta que tus padres lleguen y que ellos se ocupen de él y de lo que sea que está haciendo con esas cartas. Promete que vas a dejar de ser tan impertinente y los llamarás, ya sabes que fue él, ahora da el siguiente paso.
—Está bien —musita Aye sabiendo que su amiga tiene razón.
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El sábado llegó y en la habitación de las jóvenes parecía que había pasado el huracán Katrina, toda la ropa de ellas estaba esparcida por todo el lugar; zapatos por doquier, maquillaje ocupando todo el espacio del tocador y el espacio que no tenía también. Esa noche, Sonia presentaba sus fotografías en la galería donde trabajaba y debían estar vestidas a la altura. Palabras de Bonnie. Aye, no estaba muy entusiasmada en ir, ella no estaba para fiestas, ni para ninguna clase de eventos, desde el día anterior que habló con Sonia sobre lo que sabía de Dylan, había llamado a su madre, tal cual le prometió a Sonia, no obstante, Lina estaba organizando una salida de aniversario con su padre y conociendo muy bien cómo eran ellos con sus salidas aventureras, como se entusiasmaban, ya que conocían un lugar insólito en cada aniversario «ellos todavía seguían haciendo esa clase de locuras tratando de sorprenderse el uno al otro», por lo que no pudo romper con esa armonía y decidió esperar hasta que ellos estuvieran de vuelta, nunca se iban más de cuatro o cincos días, por lo que ella podía evadir a Dylan por una semana más hasta que sus padres estuvieran de vuelta.
Por el momento debía cumplir con Sonia, no podía fallarle a su mejor amiga.
—¡Oh, Kansas, estás hermosa! —exclama Bonnie viendo a su amiga mirarse en el único espejo grande que tenían en la habitación.
Kansas estaba envuelta en un largo vestido color blanco que le llegaba hasta los muslos, la falda tenía una rara terminación de volados, en donde por lugares estratégicos se veía tela abucheada; dos botones dorados al frente, un cinturón hecho con cintas doradas marcaba su cintura y mangas que llegaban centímetros antes del codo y al igual que la parte de la falda, estas contaban con retazos de telas abucheadas. Combinando con su vestido, unas sandalias altas de color doradas, marcando unas torneadas y bronceadas piernas.
—Es verdad, te ves muy hermosa —concuerda Aye— Y amo tu peinado —alaga viendo como su pelo rubio oscuro cae suelto sobre sus hombres con las ondas bien definidas y adiestradas.
—Gracias —murmura un poco tímida la joven—. La situación lo amerita —expresa al recordar las palabras de Bonnie—. Ustedes también se ven muy hermosas y muy sensuales —dice lo último mirando el vestido de Bonnie.
Bonnie tenía un vestido de strapless, los bordes eran negros, el fondo blanco y todo el interior estaba estampado con flores negras dando un color gris a todo el contorno del vestido, ese vestido caía sobre su cuerpo marcando su figura hasta sus muslos, sin llegar a ser ajustado. Unos zapatos abiertos de color n***o y altos en extremo, más una pequeña cartera de igual motivo que el vestido y su pelo castaño atado en una alta cola de caballo, terminaban de completar el atuendo. Aye usaba un vestido de tonalidad azul, con flores y otros motivos similares del mismo color. Se podía ver que la tela del strapless, al igual que de todo el vestido era de seda y de color blanco, sobre el strapless, había encaje azul con dibujos de flores y sus hojas; su estómago, solo era tapado por ese encaje azul con el mismo patrón de flores, dejando ciertos lugares al descubierto y así descubriendo la piel de la joven. Una fina cinta de color azul, marcando su cintura y uniendo el encaje con la seda blanca del vestido en el cual ambos terminaban con vuelo en la cima de sus rodillas, aunque la parte de atrás caía un poco más abajo. Estaba peinada hacía un costado dejando su pelo castaño claro suelto y al igual que Kansas, había hecho unas honorables ondas dejando que cayeran a un lado de su cuello y así mantener el otro lado al descubierto. Sus zapatos tenían la misma motivación que su vestido, eran de punta cerrada con las mismas flores que se dibujaban en el encaje de su vestido y unos tacones altos de color azul.
Al llegar a la galería, un pizarrón en la puerta les comunica el nombre del evento: “Diapositiva de la vida”; más abajo, con letras más pequeñas la explicación del recorrido: Primer planta “Cosas aleatorias”, segunda planta “Diapositiva de la vida”, evento principal. Autor: Sonia Vega.
Prácticamente, tomadas de la mano, deciden entrar. Al mirar arriba de sus cabezas hacia el frente un letrero con letras doradas les anunciaba como se titulaba esa parte del recorrido: “Cosas aleatorias”. El lugar estaba repleto de personas, personas que, de seguro no habían llegado en taxi como ellas, sino en una enorme limusina o en su defecto con autos de alta gama. Las jóvenes comienzan a caminar hacia dentro del predio, mezclándose con las demás personas. Aye podía ver a su alrededor, fotografías enmarcadas, empotradas en las paredes, si miraba fijo, podía observar que cada una de ellas tenía un título que básicamente hacia saber lo que se veía. Las otras dos chicas se unen a ella para seguir explorando. Todas eran fotografías de personas haciendo alguna actividad, ya sea con familiares o amigos. Los ojos de Aye se detienen en una fotografía en blanco y n***o, en donde había un hombre mayor y un niño sentados en una banca de un parque observando las palomas comer en el lugar. Ella mira el nombre de la imagen. “El abuelo y el nieto. El pasado y el futuro en la misma banca”.
Por las puertas de la galería, entraban cuatros hombres, que bien sabían las personas del lugar, ellos no eran de por allí. Con trajes oscuros y zapatos de punta llamaban la atención de cualquier mujer. Mateo, Marcelo, Jonas y Adam, caminan a pasos seguros hasta la primera barra cerca. Los objetivos de Mateo y Adam, eran buscar a sus chicas y los de Marcelo y Jonas, solo eran buscar alguna chica. Marcelo, observa a su alrededor y al ver las fotografías a distancia mira con rapidez a Adam.
—Tu chica sabe lo que hace —le adula provocando que el joven hinche el pecho orgulloso—. Es muy buena en esto —exclama.
—Y todas estas personas son de alto rango —expresa Jonas viendo al gentío a su alrededor.
—Podría decirse que lo logró —entona Adam sonriendo.
—Sí, hombre —Mateo le palmea la espalda, también orgulloso por su amiga y sin poder dejar de sonreír, pero de repente la sonrisa de Adam se borra.
—¡Mierda! —escupe, logrando que todos desvían su mirada hacía donde observa el joven.
—Oh —es lo único que sale de la boca de Marcelo.
Sonia se acercaba a ellos caminando como dueña del lugar, destilando una elegancia que ninguno de ellos sabía que poseía, hasta ese día. Ella lleva un vestido n***o de tul transparente que se arrastra por el suelo, debajo de ese tul, se podía ver lo que parecía ser un short n***o que tapaba su intimidad, la parte de arriba no era transparente, pero si escotada y cruzaba por sus pechos dejando un pequeño triángulo sobre su estómago. Su pelo n***o suelto cayendo por sus hombros con enormes bucles que rebotaban a cada paso dado. Sus labios voluptuosos pintados de color carmín la hacían ver extremadamente sensual.
—Esta mujer va a matarme — murmura Adam a poco tiempo que ella se encuentre con ellos.
—¿Cómo está la artista más sexy de todas? —saluda Jonas tomándola en sus brazos.
—Muy bien —le contesta ella—. Me alegra que hayan podido venir —entona en cuanto Jonas se separa de ella.
—Lo conseguiste, mujer —la felicita Marcelo ocupando el lugar de Jonas para tomarla en sus brazos también.
—Todavía falta —replica mostrando una sonrisa.
—En hora buena —exclama Mateo encerrándola en sus brazos.
—Gracias —murmura bajo el abrazo del joven.
Cuando Mateo la deja sabiendo que Adam está esperando su turno, ella solo lo mira con el ceño fruncido.
—Adam —saluda con sequedad provocando que el joven ruede sus ojos.
—Deja de las tonterías —gruñe—. Yo también quiero mi abrazo —dicho eso la envuelve fuerte en sus brazos y le besa el cuello logrando con eso que toda la piel de la chica se erice.
—Estoy muy feliz que estén aquí. No estaba muy segura de que hayan recibido mi invitación —les hace saber.
—No nos lo perderíamos por nada en el mundo —sonríe Marcelo.
—¡Tenemos que brindar! —enuncia Jonas deteniendo a un mesero y tomando de su bandeja varias copas, las cuales reparte entre sus amigos.
Cuando todos tuvieron sus copas en mano, brindan por los logros de la joven.
—Ahí viene la Peque —indica Marcelo al ver acercarse a Aye con dos chicas más.
Mateo levanta la mirada y se queda petrificado en el lugar.
—¡Puta madre! —brama Jonas ahogándose con su bebida y quedando con la boca abierta después—. ¿Quién es ella? —pregunta y Sonia eleva una ceja no entendiendo bien por quién preguntaba. Pero su curiosidad no fue saciada en ese momento, ya que Sonia no tuvo oportunidad de contestar nada.
Ellas, ya habían llegado.
—¡Peque! —esboza Marcelo y acerca a ella con los brazos abiertos para después elevarla del suelo.
—Vas a “descagetarme” todo el vestido —le murmura riendo por el recibimiento de su amigo.
—Solo di que no quieres que sea yo el que te lo “descajete” —bromea el italiano dejándola sobre el suelo.
—Tonto —suelta con alegría.
—¿Qué es descagetar? —pregunta Kansas frunciendo la nariz y eso a Jonas no se le escapó, sin que nadie lo predijera él ya estaba frente a ella.
—Es una manera de decir que le está desarreglando el vestido —le explica con su seductora sonrisa. Todos estaban atentos a lo que Jonas estaba haciendo. La joven eleva una ceja y luego asiente hacía el joven en agradecimiento por responder—. Hola, soy Jonas —se presenta extendiendo la mano.
Ella lo observa de arriba abajo antes de aceptar su mano.
—Un gusto, Jonas —le regala una pequeña sonrisa.
No obstante, Jonas frunce el ceño esperando que la joven le dijera su nombre.
—Yo sé quiénes son ustedes —interrumpe Bonnie con un chillido llamando la atención de todos.
—Y ahora con que va a salir —masculla Sonia.
—Son The Resident, ¿verdad? —suelta Bonnie con entusiasmo y los jóvenes asienten sonriendo—. La banda italiana. Ellos son de los que te he estado hablando —le dice a Kansas quien todavía seguía sosteniendo la mano de Jonas. Al darse cuenta de eso, ella se suelta con rapidez.
—Ella es Bonnie —presenta Aye—. Ellos son Marcelo, Mateo, Adam y Jonas —comenta señalando a cada uno de ellos.
—Te acabo de decir que ya sé quiénes son —canturrea Bonnie como algo obvio y Aye se carcajea.
—Chicos —llama la atención Marcelo afinando su voz como una grupi eufórica—. Tenemos una fan en Estados Unidos —Aquello hace que todos se rían, pero fue la risa de Bonnie la que Marcelo pudo escuchar con claridad y, obvio esa risa le gustaba. Y mucho.
—Vengan —habla Sonia tomando la mano de Aye—. Tienen que ver en el piso de arriba —Ella lleva a Aye de la mano y los demás las siguen sin perder el paso.
Al subir un letrero con letras doradas, al igual que el letrero de abajo, mostraba el título “Diapositiva de la vida”. Los chicos al darse cuenta de las fotografías en exhibición, abren los ojos asombrados girando en el lugar tratando de abarcar todo con la mirada.
—Somos nosotros —suelta Jonas sin poder salir de su asombro.
—Así es —asiente Sonia—. Aquí está toda nuestra vida hasta el momento —Sonríe satisfecha con la reacción de sus amigos.
—Dios, Sonia —exclama Aye—. Es asombroso; hay fotos que ni siquiera sabía que existían —le indica caminando hasta una fotografía en donde ella se encontraba bailando con su padre en su cumpleaños de quince.
—¡Mira esta! —anuncia Marcelo señalando una fotografía de Jonas ensayando con su bajo en el garaje—. ¿Recuerdas esa vez? —le pregunta a su amigo.
—Sí —asiente Jonas—. Ese fue el nuevo bajo que me trajo mi padre de uno de sus viajes —cuenta con nostalgia.
—Cuando yo les dije que los vigilaba, no era solo una frase robada de alguna película cómica —interviene Sonia sonriendo.
—Es aterrador —le reprende Marcelo frunciendo el ceño, pero sin calor en sus palabras.
—No jodas —Ríe ella—. A qué te sientes muy importante viéndote por todo el piso —Marcelo observa a su alrededor—. Tu ego se está elevando al ver todas esas personas apreciándote —canturrea.
—Tienen buen gusto —bromea el italiano.
—Vengan que los guio —les dice instándolos a seguirla para recorrer el lugar.
Aye se detiene antes de seguirlos, sus ojos captan una fotografía, la cual le trae muchos recuerdos. Ella camina hasta quedar parada frente a la imagen. Eran ellos, toda la banda arriba del escenario del bar al que asistían casi todos los fines de semanas. Ese día también estaba ella y Helena sobre el escenario, ambas con un micrófono cada una. Recordaba que las dos habían perdido una de las tantas apuestas que acostumbraban hacer y ese era el motivo que ambas estuvieran haciendo de coro ese día. Es decir, haciendo el ridículo. Día que no desaprovechó Sonia, para plasmarlo para siempre.
—Recuerdo ese día —escucha a su espalda provocando que, por instinto cierre los ojos—. Habían jugado contra Jonas a que él no se le declaraba a esa Melisa no se cuánto; la chica del último año.
Aye se gira a mirarlo.
—Melisa Cárdenas —le recuerda.
—Tienes razón —asiente al recordar—. Y recuerdo que lo hizo y así fue como ustedes dos terminaron cantando con nosotros —cuenta sonriendo.
—Ella lo rechazó —se queja Aye.
—Pero la apuesta solo decía que tenía que encararla y eso lo hizo —refuta.
—Todavía no estoy muy segura sobre esa apuesta.
Aye frunce la boca al recordar y Mateo sonríe.
—Estamos en todo el jodido piso —suspira el joven volviendo a observar la fotografía—. Si hubiera sabido que esa cámara que siempre llevaba consigo era real, se la hubiera hecho desaparecer en alguna alcantarilla —Aquello hace reír a la joven—. Te juro que pensaba que era un juguete, no sabía que era real, hasta llegué a pensar que estaba loca por andar con un juguete colgado a su cuello todo el tiempo —Aye no para de reír. Cuanto más hablaba Mateo, ella más se ríe—. Maldita mujer, nos estuvo espiando toda una vida —refunfuña—. Ahora me siento acosado.
—Basta, por favor —lloriquea ella sin poder dejar de reír—. No sigas —le pide limpiándose una lágrima que colgaba de su ojo izquierdo.
—¿Cómo estás? —se interesa cambiando de conversación.
Ella lleva su mirada de nuevo a la fotografía.
—Bien —le responde.
—No me mientas —le reprende—. Te conozco y por más que hace un momento no podías parar de reír, sé que no estás bien —le hace saber.
—Estoy bien, Mateo; no te preocupes —le resta importancia.
—No es verdad —insiste—. Cuando nos vimos en Buenos Aires tus ojos todavía conservaban el mismo brillo, ese brillo especial que te caracteriza y hoy ese brillo ya no está, Aye. Dime que sucede —le pide acercándose a ella—. ¿Es por mi culpa? —quiere saber.
—No —niega la joven bajando la mirada.
—¿Y entonces? —exige—. Si es por mi culpa, solo dímelo, dime qué puedo hacer para que ese brillo vuelva —le suplica.
—No tienes nada que ver. Estoy bien, no pasa nada, solo estoy un poco cansada, una semana con muchos exámenes y esas cosas. Nada más, puedes quedarte tranquilo —miente y trata de salir del mismo espacio en el que se encuentra el joven.
—Ya sabes lo que dicen de cómo medir la mentira —le dice a su espalda.
—No fue una larga explicación. Ni siquiera fue una excusa —entona sobre su hombro y camina escaleras abajo.
Necesitaba algo fuerte.
Luego de tres largas copas de champaña, Aye se encontraba un poco mareada; odiaba la champaña, siempre le había caído mal y esa noche no era la excepción. Por lo que sin que nadie se diera cuenta decide salir de allí y volver a su habitación.
—¿A dónde vas? —le pregunta Mateo en cuanto la ve salir de la galería.
—A mi ca… habitación —le responde y se notaba como un poco se le patinaba la lengua.
—Bebiste champaña y sabes que no te cae bien —le reprende Mateo.
—¿Has visto que estuvieran sirviendo zumo o agua de limón del manantial de no sé qué importante glaciar? —cuestiona gesticulando con las manos obligando a Mateo a fruncir la boca para no reír.
—Déjame llevarte; no puedes manejar en ese estado —insiste Mateo y Aye lo mira confundida.
—¿De qué carajo estás hablando? —espeta.
—Solo dime donde aparcaste tu auto y déjame llevarte a tu habitación —le pide, tomándola de la mano.
—¿Qué auto, Mateo? —Aye se suelta de su agarre—. Yo no tengo auto —Mateo la queda mirando como si la joven estuviera brillando como ese vampiro de crepúsculo—. ¿Qué?
—Nada —Mateo suspira—. Vayamos por mi auto. Te llevaré a tu habitación —Aye niega con la cabeza con terquedad—. Por favor —le pide poniendo cara de perrito sin vacunar.
—Ok —termina aceptando, soltando un suspiro al mismo tiempo.
Pensando en todo lo que había pasado en esos días, no era buena idea que anduviera sola en la noche. Ni siquiera sabía en qué estaba pensando.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —habla Mateo cortando el silencio dentro del auto. Ella solo asiente con la cabeza sabiendo que, aunque le dijera que no, él iba a insistir hasta que ella aceptara—. No has abierto el regalo que te envié, ¿verdad? —indaga con cautela.
—¿El que me enviaste un día después a que llegara al campus? ¿El que decía: “estoy muy orgulloso de ti” y bla, bla, bla. Un montón de babosadas, al cual firmaba “Con cariño, Mateo”? —escupe todas las palabras de una sola vez.
—Sí; ese mismo —entona el chico en voz baja y tranquila.
Aunque por dentro estaba sonriendo, le encantaba cuando ella estaba ofendida.
—No —niega.
La mirada de Mateo vuelva hacia ella.
—¿Y qué hiciste con él? —curiosea.
—Está en el fondo de mi armario —le responde—. Bien en el fondo, ahí donde nadie, ni siquiera yo, puede verlo. Bien, bien en el fondo —suelta gesticulando con las manos.
—Ok —arrastra la palabra el joven.
El chico decide mantenerse callado todo el viaje, Aye estaba enfadada con él y además un poco ebria, no iba a salir nada bueno de eso si decidiera hablar sobre lo que siente en ese momento. Minutos más tarde ya estaban frente a la fachada de su edificio y Aye se apresura a bajar soltando un “Gracias” al aire en el proceso.
—¡Espera! —grita él apresurándose para alcanzarla—. ¿Qué te sucede? —exige tomándola del codo para girarla—. Y más vale que no me digas nada —le advierte—. Algo te pasa, dime que mierda es lo que tienes.
Quería ser cauteloso, pero aquellos ojos tristes lo superaban, no podía esperar a que ella estuviera sobria y menos ofendida con él.
—Solo se me subió la champaña a la cabeza —miente—. Creo que es más que obvio.
—Deja de hacerte la tonta —le reprende el chico.
—Qué… —comienza a replicar, pero un grito la hace callar.
—¡Oye! —escuchan a sus espaldas—. ¡Quítales las manos de encima! —gruñe Dylan acercándose a ellos de forma amenazante.
—¡No! —grita Aye—. No te acerques —le ordena.
—¿Quién carajo eres? —espeta Mateo poniendo a Aye a su espalda.
—Déjala ir —escupe Dylan.
—Te hice una pregunta, idiota —replica Mateo.
Dylan comienza a caminar hacia él para golpearlo.
—¡Basta! —grita Aye saliendo de detrás de Mateo—. Quiero a los dos bien lejos de mi —habla en voz demasiada alta—. No quiero verlos, no quiero que se me acerquen. ¡¡Estoy harta de toda la mierda!! —grita a puro pulmón antes corriendo hacía su edificio, escapándose de los dos jóvenes.
Mateo y Dylan la observan irse y desaparecer dentro del predio. Ambos se giran al mismo tiempo gruñendo y con los puños apretados.
—¿Quién carajo eres? —pregunta Dylan con dientes apretados.
—Tú, ¿quién carajo eres? —sisea Mateo.
—Su novio —gruñe Dylan.
—¿Y qué mierda le hiciste para que estuviera así? —grazna Mateo acercándose más al joven.
—Tú, ¿qué carajo le hiciste? Tú, la traías —escupe Dylan dando un paso más hacía Mateo.
—Por tu bien espero que no le hayas hecho nada o te juro que voy a arrancarte la cabeza con mis propias manos —amenaza a centímetros del rostro de Dylan.
—Yo no le he hecho nada —sisea Dylan entonando cada palabra con profundidad.
—Si la lastimas, te mato —asevera Mateo pasando por el lado de Dylan golpeando su hombro con demasiada fuerza.
Dylan todavía con dientes y puños apretados observa como Mateo se sube en un flamante Maserati rojo y luego de hacerlo ronronear, sale a toda marcha del lugar. El joven posa su mirada en el edificio, sin embargo, sabe que no es momento de ir a buscar a Aye, por lo que decide volver a su apartamento y regresar al día siguiente para exigirle que le explique qué carajo pasa con ella.