Capítulo 2

4070 Words
Tres meses después… Milán… Mateo se encontraba viendo a los transeúntes desde la ventana de su oficina con una copa de Brandy italiano en la mano, desde que había vuelto de Buenos Aires, después de la desafortunada y trágica escena con Aye, no había parado de trabajar para encontrar la forma de ir hasta la joven. Hacía un tiempo que, con Vicente Torrielli y su hijo, Marcelo, habían hablado de levantar un edificio para una nueva sede en Estados Unidos, pero siempre fue algo hablado a futuro. El futuro ya se había convertido en presente. Teniendo en cuenta lo que Ian y Gaby le habían dicho, decidió que iba a hacer las cosas bien y pensar antes de actuar, se dio cuenta, que si iba a buscar a Aye, no iba a saber cómo seguir una vez que estuviera junto a ella como deseaba, porque era un hecho que ella iba a volver con él por más que tuviera que dar vuelta por completo el maldito país. Lo que tenía que hacer, era tener su lugar de trabajo en el mismo lugar donde estaba Aye, no podía llegar, conquistarla y luego separarse de ella para volver a Milán, ni mucho menos hacer que la joven deje sus estudios, los cuales fueron el propósito para que él la dejara. No podía hacer a un lado todo lo que sufrió e hizo sufrir a esa chica, era tiempo de comenzar a pensar como un hombre y dejar de actuar como un adolescente inseguro. Solo faltaba que se firmaran unos cuantos papeles para que pudieran comenzar con el nuevo proyecto en Estados Unidos y estar más cerca de la mujer que ama. Él seguía perdido en todo lo que tenía que hacer para llegar a Aye, estaba organizando cada movimiento estratégicamente hasta que el sonido de la puerta lo trae a la realidad. —¡Ya está! —anuncia Marcelo con entusiasmo sin perder el paso.  —¿Los papeles? —pregunta Mateo esperanzado. —Así es, mi amigo —asiente el italiano mostrando una enorme sonrisa—. En dos días estaremos a un paso de conquistar de nuevo a la Peque —bromea tomando asiento frente al escritorio de Mateo en donde lanza los papeles. —Sí —suspira el joven sentándose en su sillón—. ¿Sabes si Jonas y Adam ya tienen todo listo? Desde que Mateo les comentó a sus amigos sus planes para poder volver con Aye, los tres estuvieron de acuerdo con ayudarlo y seguir a su lado. Marcelo obviamente viajaba para ser la mano derecha de Mateo y entre los dos iban a ser la cabeza de esa sede. Al italiano ya no le quedaba mucho en Milán, ya que su hermana había dado un enorme paso con su trabajo como diseñadora y se encontraba en Londres trabajando para un importante evento, luego de ahí seguía con su viaje por toda Europa y no tenía fecha de regreso. Jonas y Adam decidieron dejar la tienda en manos de unos de los jóvenes que trabaja para ellos quien estuvo con ellos desde que comenzaron con ese proyecto, por lo tanto, era el que más capacitado estaba. Al principio pensaron en cerrarla y abrir una nueva sucursal en Estados Unidos, pero desistieron y decidieron que era mejor dejarla abierta y así poder contar con una entrada monetaria más. Era hora de expandirse y que mejor manera de hacerlo con otra tienda de instrumentos musicales de Nueva York. —Ellos están más emocionados que nunca —exclama sin dejar de sonreír—. Creo que el más contento es Adam. Piensa volver a conquistar a Sonia —comenta—. Esto es una cruzada de amor —se burla. Adam y Sonia, habían terminado, como ya había predicho la joven que iba a pasar, luego que ella le contara que iba a viajar a Estados Unidos por trabajo y que si todo iba bien se quedaría a vivir allí, el joven no lo tomó muy bien, no porque no estuviera contento por su progreso, simplemente porque ella dudaba que pudieran verse alguna vez y, para ser honestos, la chica tenía un punto. Pero como es típico de los hombres, Adam entendió todo mal. Él pensó que ella lo estaba despachando y la conversación terminó con ella insultándolo y cortándole la llamada y con él estrellando el portátil contra la pared más próxima. —Sería bueno que tú y Jonas también viajaran por amor y no solo por trabajo. Aquello hace que Marcelo suelte una estruendosa carcajada. —Te aprecio, en serio, pero a veces tienes cada arranque que no sé si tomarte en serio o solo recomendarte algún medicamento para el delirio —suelta cuando deja de reír. —Eres un idiota —se queja Mateo sonriendo ante el comentario de su amigo. —Puede —asiente el italiano—. Yo solo voy a Estados Unidos por el trabajo y porque vamos a tocar en diferentes lugares. Ya me había cansado de siempre tocar para la misma gente. Es hora que nos difundamos —esboza abriendo las manos a sus lados. —¿Piensas que vamos a tener la misma repercusión que aquí? —indaga el joven. —¿Me estás jodiendo? —pregunta de manera retórica—. Por supuesto que sí. Jonas nos ha estado promocionando por todo el mundo desde hace tiempo. Creo que, por dentro, lo único que quiere hacer es viajar por el mundo con la banda —expresa con seriedad. —Al igual que tú —acusa Mateo conociendo a su amigo. —Obvio que sí. Si yo tuviera que elegir, y no es que me queje ni nada, pero de seguro me ocuparía solamente de la banda y viviría de eso —Inspira hondo—. Puedo oler la libertad —exclama. —¿Y por qué estás aquí si en verdad quieres hacer otra cosa? —cuestiona Mateo. —Porque no siempre se tiene lo que se quiere —responde dejando salir un suspiro. Mateo, ante esa contestación, su mente se va hacía Aye, no sabe por qué en realidad. Pero así fue, él solo podía pensar que lo que quería era a ella y no la podía tener, solo rezaba porque fuera por poco tiempo más, no estaba muy seguro si iba a poder seguir si ella en verdad había dejado de amarlo. Sin contar que estaba aterrado de dejar pasar mucho tiempo, eran solo tres meses, pero había aprendido que muchas cosas pueden pasar en tan solo dos días. Y para ser sinceros, estaba muerto de miedo de que Aye lo rechazara y estuviera en una etapa más fuerte con ese novio que tiene. Ese pensamiento lo hace agarrar con más fuerza el vaso de Brandy y rechinar los dientes. —Todo va a salir bien —asevera Marcelo al verlo ido y apretando el vaso, sabiendo bien en donde está la cabeza de su amigo en ese momento. —¿Y qué pasa sin ella en verdad dejó de amarme? —pregunta haciendo notar el miedo en su voz. —¿En verdad le creíste cuando te lo dijo? —indaga, sabiendo bien lo que pasó entre ellos, ya que Mateo, la misma noche que llegaron a Milán, luego de dejar a Megan en la casa, se juntaron a emborracharse y él les contó todo lo que había ocurrido entre ellos—. La conoces, Mateo —dice cuando el joven solo agacha la cabeza observando su vaso ya vacío—. Sabes que ella te ama, solo lo dijo porque estaba enfadada, ambos sabemos que es cruel con sus palabras cuando pierde el norte. —Está con alguien más —le recuerda. —Y debe ser un idiota —replica su amigo—. No debes preocuparte; lo de ustedes es algo que nadie puede romper. En ese momento suena el teléfono. Mateo atiende con el altavoz sabiendo que es su secretaria. —Dime Fanny. —La señorita Megan Mastroiani quiere verlo —le anuncia. —Hazla pasar —Mateo corta la llamada y mira a Marcelo de manera significativa. —No voy a acotar nada —entona conforme se levanta para irse. —Eres un gran amigo —masculla Mateo yendo a servirse otro vaso de Brandy. Lo iba a necesitar. —Lo sé —se jacta, abriendo la puerta—. Megan —saluda y con una pequeña reverencia la deja pasar para luego salir del lugar. Megan camina un poco indecisa hasta llegar a quedar detrás de la silla donde antes había ocupado Marcelo observando como Mateo se tomaba de un solo trago la bebida color ámbar y luego se servía otra. —¿Cómo estás? —quiere saber girándose para encararla. —Bien —murmura ella y decide hablar de una vez—. Me enteré que te vas a Estados Unidos. Mateo asiente. —¿Por qué no te sientas? —sugiere quedando parado a un lado de su escritorio. —No —niega la joven—. Solo quería… —Se detiene y baja la mirada dejando escapar un suspiro. —Lo siento —suelta Mateo al verla tan abatida sabiendo que él es el causante de que esté en ese estado. Ella clava sus ojos en él—. Sé que no fui lo suficiente para ti —continúa—. Nunca te pude devolver el amor que me dabas, te quise y te quiero, de verdad, aún lo hago. Pero… —Pero tu corazón le pertenece a otra —le interrumpe—. Siempre le perteneció a ella. Megan baja la mirada a sus manos tratando de no derramar ninguna lágrima por él, ella sabía desde el principio que él amaba a otra y, sin embargo, decidió seguir a delante y arriesgarse. —No quise lastimarte —dice en voz baja provocando que, a ella, sin poder evitarlo, una lágrima le caiga haciendo su camino por su mejilla. Eso hace que Mateo se estire a su altura y camine hasta ella—. Megan, por favor —le pide—. No llores; no lo hagas por mí, no vale la pena —expresa tomándola del rostro para que lo mirara—. Te juro que intenté que lo nuestro funcionara, pensé que podía seguir sin saber de ella en cuanto supe que ya no iba a estar en Buenos Ares, pensé que… Mierda —gruñe al darse cuenta que realmente no sabe lo que pensaba—. No sé cómo mierda hacer para no lastimarte más con mis palabras, no sé qué carajo hacer para que todo sea diferente, para que no sea tan difícil —Agacha la cabeza hasta que su frente se pega a la de la joven—. Lo siento y soy consciente que eso no es suficiente —dice en voz baja. —Lo sabía —murmura haciendo que Mateo se aleje un poco para mirarla los ojos—. Yo sabía que había otra mujer desde el primer día que comenzamos nuestra relación y, sin embargo, quise seguir. Era consciente de donde me metía. Mateo comienza a negar con la cabeza. —No vas a echarte la culpa —le reprende—. No importa si sabías o no donde te metías, era mi responsabilidad no continuar con la relación si sabía que no iba a poder gratificarte de la misma manera en lo que lo hiciste tú. La culpa es mía por dejarte amarme, cuando no era debido. No te eches la culpa, no lo hagas, por favor. —Sé que me quieres, Mateo, nunca dudé de eso. Lo sé —Le dedica una sonrisa triste—. Sabes, cuando la vi, pensé que iba a actuar como maldita perra en cuanto me viera, luego me saludó como una chica más, como si no fuera la mujer que estaba robándole a su hombre —Mateo sonríe ante esa confesión—. Cuando la vi llegar y como todo el lugar se petrificó esperando a que estallara una bomba o algo así —Ahora la sonrisa de Mateo se convierte en una pequeña risa—, supe en ese momento quien era ella. Y la odié en ese instante —confiesa—. Pero luego, ella me saludó con un beso y una sonrisa que, aunque era triste, era una sonrisa sincera hacía mí y ya no pude odiarla. Y la odié la noche siguiente cuando vi desde la ventana del cuarto como llorabas por ella cuando se alejaba de ti y la odié más tarde cuando fuiste a la habitación solo para buscar una manta y no volviste, te juro que la odié con toda mi alma por hacerte daño… —No sabía que habías visto eso, ni que estabas despierta —admite con suavidad. Ella sonríe con tristeza. —Los vi —admite—. Y al día siguiente no dejaba de odiarla, mi odio se hacía cada vez más fuerte y se intensificaba más cuando los días siguientes estabas allí, pero en realidad no estabas; sé bien que tu cabeza estaba con ella y en cómo se había ido sin decirle nada a nadie. Pero ¿sabes cuál es la parte irónica de esta historia? —Mateo niega con la cabeza sin dejarle de prestar atención, la conocía y sabía bien que ella necesitaba desahogarse y eso era justo lo que estaba haciendo—. Que luego de volver, fui con Helena y prácticamente la obligué a que me contara como habían sido las cosas entre ustedes y estúpidamente dejé de odiarla, comencé a entenderla —Ella entrelaza su mirada con la de él—. ¿Cómo no hacerlo? Está enamorada de ti y puedo comprenderla, es muy fácil enamorarse de ti. —Megan… —murmura Mateo. —No —lo detiene—. Es la verdad. Eres un gran hombre, aunque pienses que no es así, lo eres y te amo por eso —Sonríe y toma aire al tiempo que toma coraje—. Solo he venido a despedirme, no eres el único que deja esta ciudad. Voy a París, hay pasarelas que me esperan —le cuenta. —Te felicito, de todo corazón —Se acerca y la encierra en sus brazos—. Sé que ahí fuera alguien está esperando por ti —le susurra al oído. —Y no voy a dejarlo escapar —bromea ella. Mateo sonríe. —Eres una gran persona. Me hubiera gustado que todo sea diferente —dice sin soltarla. Ella se aleja de él y lo mira con una sonrisa. —A mí también —esboza antes de alejarse por completo de él y dirigirse a la puerta, pero antes de salir de la oficina se gira hacia él—. Te deseo mucha suerte con ella, de corazón. Y si me llego a enterar que te lastima por gusto, voy a buscarla donde sea que esté y me voy a comportar como una perra neurótica —Mateo se ríe al tiempo que asiente con la cabeza—. Estás avisado —dicho eso, traspasa la puerta dejándolo solo y en silencio con sus pensamientos en su oficina. Nueva York… En la habitación del campus, Aye se encontraba sentada en la cama con las piernas cruzadas, con la mirada perdida en un papel que sostenía en sus manos. Su pecho cada vez se estaba comprimiendo más, la angustia se estaba apoderando de ella y sabía qué tenía que hacer para no dejarse caer, no obstante, es tan difícil. ¿Cómo se hace para seguir cuando se siente que alguien te está pisando los talones? ¿Cómo se hace para tomar coraje y salir de la seguridad del cuarto cuando siente que alguien está allí afuera siguiendo cada movimiento? Su instinto le dice que tome sus cosas y corra a Buenos Aires dejando todo atrás; su orgullo le dice que siga, que cumpla con sus sueños. Desde la primera carta que recibió, ella había encontrado un gimnasio, un poco alejado del campus, en donde podía practicar Jiu-Jitsu y así no perder la estabilidad y seguridad que tenía desde que su madre y tío le había comenzado a enseñar. Era una forma de dejar escapar la cabeza de todo lo que le preocupaba, sentía que ya no era la misma, era como si se estuviera preparando para una guerra o como si supiera que en muy poco tiempo iba a tener que defenderse de algún psicópata y eso, sinceramente le aterraba. Jamás había tenido un altercado con nadie, ni mucho menos una pelea en la escuela, ni siquiera estaba segura de si las prácticas le iban a servir para conservar su vida si eso llegara a ser necesario. Ni pensar en si estaba segura que iba a tener el coraje para defenderse y no caer al suelo hecha una bolita a esperar a que pase lo que le tenga que pasar. —¿Qué haces? —cuestiona Kansas al entrar y encontrarla ensimismada, sin embargo, con rapidez se da cuenta cuál es el problema al bajar la vista y ver el papel en sus manos—. ¿Cuántas van ya? —indaga acercándose a ella. —Esta es la cuarta —responde estoicamente. —Debemos hacer algo —exclama al tiempo que se acomoda a su lado—. ¿Qué dice? —Lo mismo que las otras; que hable con mi mamá sobre mi verdadero padre, que averigüe quién es y quién fue, y que no deje que ella me mienta, que exija la verdad —Aye mira a su amiga y eleva una ceja—. La verdad que merezco —entona con cinismo. —Tienes que hablar con tu madre, esto no me está gustando nada —suelta con inquietud—. Además, ¿qué gana esta persona con todo esto? ¿Qué obtiene al que tu sepas la verdad? —cuestiona—. No tiene sentido y se me hace que detrás de esa verdad, si es que la hay, se viene una mierda grande. —Estás maldiciendo —le hace notar Aye a la joven que jamás maldice. —Sí, bueno. No he tenido un buen día y de verdad te digo, habla con tu madre. —Si lo hago voy a estar empacando para irme el mismo día de aquí —mofa Aye. —Debe haber una manera para que le preguntes a tu madre sobre tu padre sin tener que decirle sobre las cartas —Ella la mira mientras acomoda la idea en su cabeza—. Puedes decirle que soñaste con él, como nos contaste a nosotras o algo así, porque te va a preguntar por qué quieres saber ahora sobre él. No creo que sospeche nada raro —Se eleva de hombros—. Un hijo que no conoce a su padre siempre tiene curiosidad. —Sí, quizás debería hacer eso —concuerda la joven. —Aunque, en mi humilde opinión, digo que les digas a tus padres sobre estas cartas, no me gusta nada esto y me pone la piel de gallina. Si te soy sincera, hasta tengo un poco de miedo —le confiesa. —No quiero irme —expresa en un murmullo. —Lo sé —asiente Kansas—. Deberías enseñarme un poco de ese arte marcial que haces o al menos algo de defensa personal, así puedo ayudarte por si algo ocurre —dice medio bromea, medio dice en serio. Aye le sonríe. —Yo también tengo miedo —admite, sabiendo que su amiga en esa broma ratifica el miedo que le dijo que tenía. Horas más tarde, la joven se encontraba caminando, un poco perdida en sus pensamientos, cuando a solo unos metros de donde se encontraba escucha una voz muy reconocida por ella. Por instinto aminora sus pasos, se acomoda detrás de un árbol y ajusta su oído para poder escuchar a la persona que hablaba por teléfono muy acalorado. —¿Cómo mierda se supone que termine mi trabajo, si estás soplándome la nuca en todo momento? —brama Dylan— Sé con exactitud el tiempo que llevamos con esto —escupe con furia replicando lo que la otra persona le decía a través de la línea—… Estoy haciendo lo que puedo, no es fácil, ella ni siquiera sabe quién es su padre… Aquella confesión hace que a Aye se le erice todo el vello de la nuca y todo el cuerpo se estremezca de miedo y desconfianza. Sin ser capaz de poder seguir escuchando, se gira y sale corriendo de allí antes que Dylan pudiera llegar a verla. Ella corre sin parar, no haciendo caso a sus pulmones que le pedían a gritos un poco de aire. No deja de correr conforme su cabeza repasa una y otra vez como diapositiva las palabras que escuchó decir a Dylan. “Ella ni siquiera sabe quién es su padre”. Esas palabras daban vueltas en su cabeza como un cuchillo girando dentro de una herida haciéndola cada vez más grande y dolorosa. Lágrimas de angustia, dolor, decepción y traición caen a desmedida por esos verdes ojos, provocando que su vista se empañe y así impidiéndole ver su camino. Con brusquedad se limpia las lágrimas con los puños, sin dejar de correr, sin detener por un segundo su escape. Ni siquiera sabía a dónde estaba yendo, solo tenía miedo, mucha rabia y dolor. Quería llegar lo más lejos posible de todos, poner la mayor distancia entre ella y ese chico, el cual, ya no sabía quién era y por qué estaba con ella. De repente, se detiene quedándose paralizada en medio de la acera como si hubiera visto un fantasma. Del otro lado de la vidriera, del local en donde se había detenido, estaba Mateo. Solo era una foto de él, una imagen que la prensa le había tomado saliendo de su empresa. En todas las pantallas de cada televisor que había en exhibición dentro del local, estaba la misma imagen de él con un cartel al pie de la pantalla en donde ella puede leer su nombre. “El reconocido empresario, Mateo Stagnaro comienza a expandir su trabajo”. Aye solo queda parada en el lugar observando la imagen de aquel joven, era como si fuera una maldita señal, en ese momento cuando más lo necesitaba, cuando más necesitaba una cara conocida, él estaba ahí, quizás no físicamente, pero ahí estaba. Una pequeña sonrisa aparece en su rostro al saber que Mateo estaba escalando alto con su empresa. Otra vez las lágrimas vuelven a caer al pensar en él y en todo lo que pudo haber sido. Una bocina a lo lejos, la vuelve a traer a la realidad y tomando un largo suspiro para hacer entrar aire y coraje a su cuerpo, comienza su camino de nuevo, sin embargo, esta vez sabiendo su destino. Iba a volver al refugio de su habitación y pensar de manera calculada cómo enfrentar a Dylan. Si él era quien escribía esas cartas, iba a tener que darle una buena explicación del por qué le hacía eso a ella. ¿Por qué le dibujaba una historia de amor y por detrás la torturaba con su padre? Una persona que ni siquiera sabía quién era. Al llegar a su habitación, se tira en la cama sopesando cómo abordar lo que sabía con Dylan. No iba a ir a buscarlo, iba a esperar; siendo sincera, no quería verlo, no quería escucharlo, quizás no quería saber la verdad; era mejor estar en la ignorancia y no sentirse tan decepcionada y traicionada. Unas tremendas ganas de meter la cabeza en un hoyo y no salir de ahí hasta que el mundo se olvide de ella y ella del mundo, palpitan en su interior. Su celular suena anunciando un nuevo mensaje, al tomarlo y fijarse de quien se trata, su cuerpo se vuelve a estremecer. Decide ni siquiera saber qué es lo que Dylan quiere y lo arroja sin cuidado en su mesita de noche. Todavía no tenía el valor para enfrentarlo. Todavía su coraje no hacía acto de presencia. N/A Hemos regresado, brujas traicioneras!! Tendrán un capítulo por día, este mes se acaba esta saga :( esta es la última historia, luego tendremos un encuentro navideño y, al finalizar, la entrevista con las preguntas que le hicieron a todos ellos. Ahora sí, Nessa desaparece!!
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