Nueva York...
En cuanto Aye bajó del avión hizo su camino, en taxi, hasta el campus. Sin dirigirse a nadie, ya sea conocido o no, caminó con rapidez a su cuarto queriendo llegar lo antes posible y poder echarse en su cama a continuar sintiéndose como una desgraciada por lo que había pasado con Mateo. Por una parte, quería correr al apartamento de Dylan y esconderse en sus brazos, sin embargo, por otro lado, sabía que, si hacía eso, iba a tener que explicar ciertas cosas, las cuales no estaba segura si sería capaz de decir la verdad. Por eso, solo debía llegar a su cama y refugiarse bajo sus sábanas. Tratar de dejar la situación con Mateo atrás, de todas maneras, era consciente que no volvería a verlo, era cuestión de tiempo para que su angustia se acabara y todo volviera a la normalidad. La cual, era sin duda, con Dylan y sin Mateo. Al entrar a su habitación agradeció a cualquier entidad del momento, por darle la habitación vacía, es decir, sin sus amigas. No era que no quisiera verlas y poder hablar con ellas como se había acostumbrado, simplemente era que no sabía si iba a ser capaz de contar todo lo sucedido con Mateo sin llorar a moco tendido. No quería recordar más esa fatídica noche, solo quería dejar todo atrás y continuar con la vida que llevaba en ese lugar.
Aye se quita la ropa, tirándola sin cuidado alguno dentro del placard, se busca un short y una camiseta, una vez vestida con ropa cómoda, se dirige a la cama y, dejando toda la habitación a oscuras, desaparece bajo las sábanas, quedándose dormida en muy poco tiempo. Horas más tarde, la puerta de su habitación es abierta y sus amigas hacen acto de su presencia; ellas hablan y ríen por algo que había pasado en el comedor, dos chicos peleando por una mesa, “son estúpido”, fueron las palabras de Bonnie; “mediocres”, la palabra de Kansas.
Bonnie, prende la luz para poder ver por donde caminar y al hacerlo ambas gritan del susto haciendo que Aye despierte saltando de la cama.
—¡Puta madre! —vocifera Bonnie.
—Que susto de muerte —exclama Kansas.
—¿Por qué gritan? —se queja Aye.
—Porque nos asustaste —responde de manera acusatoria Kansas.
—Ustedes me asustaron a mí al pegar semejante grito —se defiende la joven.
—No te esperábamos hasta la semana que viene —indica Bonnie, sentándose al lado de Aye conforme esta última mira para otro lado esquivando la mirada de su amiga.
—Sí, bueno, decidí venir antes —evade—. Cumplí al visitar a todos y volví sin más nada que hacer allí —miente.
Bonnie rueda los ojos sin creerle nada de lo que dice.
—Dinos la verdad —le exige—. No eres muy buena mintiendo.
—Bonnie tiene razón, algo te pasó —interviene Kansas. Aye baja la mirada y quita una pelusa inexistente de las sábanas—. Aye, ¿somos amigas? —pregunta.
—Por supuesto que sí —se apresura a responder la aludida casi sintiéndose ofendida por esa pregunta.
—Entonces, ¿por qué no nos dices lo que en verdad te pasó? —cuestiona Bonnie en tono de reproche.
Aye vuelve a bajar la mirada y abre la boca para contestar, pero un golpe en la puerta la interrumpe. Las jóvenes observan muy atentas como un sobre es metido por debajo de la puerta. Las tres se miran y es Kansas, quien estaba más cerca del sobre en el suelo, que decide acercarse, tomarlo y luego abrir la puerta para descubrir que ya no había nadie allí fuera. Kansas, observa el sobre al tiempo que se gira para enfrentar a sus amigas, leyendo que el mismo estaba dedicado para Aye.
—Es para ti —anuncia la joven extendiendo el sobre hacia la chica, la cual lo miraba bastante poco asustada.
—¿Qué ocurre? —interroga Bonnie y toma el sobre de la mano de Kansas—. Para Ayelen Betanckurt —Lee en voz alta y posa su mirada en su amiga—. ¿Es por esto que volviste tan rápido? —inquiere.
—No —niega la joven, un poco más relajada, ya que si el sobre fuera de Mateo, no estaría escrito de esa manera su nombre y, además, por lo que podía ver desde su distancia, esa no parecía ser la letra del chico—. No tengo ni idea de quién puede ser ese sobre —expresa al ver que sus amigas la miraban con desconfianza.
—¿Vas a abrirlo o lo hago yo? —se apresura a preguntar Bonnie.
—Hazlo —le sede.
—Aquí vamos —murmura Bonnie y mientras ella comienza a abrir la carta, Kansas toma asiento al otro lado de la cama—. He visto que has vuelto de Buenos Aires —comienza a leer— y me atrevo a decir que, si lo hiciste tan rápido, es porque ya sabes la verdad sobre tu padre, quiero imaginar —Bonnie levanta la vista a su amiga frunciendo el ceño—. ¿De qué mierda está hablando? —inquiere.
—No lo sé, solo sigue leyendo —le apremia Aye.
—Sabes que Alex Betanckurt no es tu verdadero padre, pero al menos sabes quién es, o en este caso, ¿quién fue tu verdadero padre? Por si no lo sabes, te recomiendo que llames a tu madre y le preguntes sobre eso, mereces saber la verdad. Todos nos merecemos saber la verdad sobre quiénes somos y de dónde vinimos. Estoy seguro que acabo de dejarte muchos interrogantes, pero no voy a ser yo quien te quite esas dudas… esa va a ser tu madre, ella es la responsable de todo, la mentirosa que ha estado ocultando todo sobre tu verdadero padre, ella es la que tiene que pagar por sus decisiones. No tengas miedo de preguntar y hazlo, me gustaría mucho saber con qué mentira te evaden. Con cariño, tu amigo —Al terminar de leer, Bonnie levanta la vista hacia su amiga—. ¡¿Qué mierda?! —exclama estando un poco asustada.
—Se me puso la piel de gallina —expresa Kansas.
—¿Nos quieres explicar de que está hablando esta persona, que firma "tu amigo"? —inquiere Bonnie.
—No tengo ni idea —murmura Aye estremeciéndose de manera visible.
—Vamos de a poco —interviene Kansas y coloca su atención a Aye—. ¿Alex no es tu verdadero padre? —Aye niega con la cabeza—. ¿Y qué sabes sobre tu verdadero padre? —indaga.
—No mucho en realidad —admite la joven y las chicas se quedan en silencio esperando que ella se explique—. Nunca conocí a mi padre y como que tampoco me importó mucho, tenía a mis tíos haciendo el trabajo de tíos, primos, hermanos y hasta de padre —esboza elevándose de hombres—. Luego apareció Alex cuando yo tenía siete años y desde ahí él se convirtió en mi padre, después que se casara con mi mamá, él me dio su apellido.
—¿Y qué apellido tenías antes? —quieres saber Kansas.
—El de mi madre. Rinaldi —le contesta.
—¿Nunca preguntaste por tu padre? —indaga Bonnie.
—Creo que lo hice una vez —responde y lleva su mirada al frente tratando de hacer memoria de lo que había pasado para hacerla preguntar por su padre—. Yo había tenido un sueño bastante raro con mi verdadero padre…
—Pero si nunca lo conociste —considera Bonnie—. ¿Cómo es que soñaste con él?
—Es por eso que digo que fue bastante raro —responde Aye—. Yo jamás lo había visto, ni siquiera en fotos, sin embargo, en ese sueño yo sabía que él era mi padre, no me pregunten por qué, pero lo sabía, le había dado un rostro, un cuerpo y estoy segura que también un nombre, el cual en este momento no recuerdo. Pero si recuerdo como era.
—¿Cómo era? —pregunta Kansas.
—Alto, no estoy segura de cuanto, yo tenía casi ocho años y, bueno para mí era muy alto y delgado, se notaba que tenía músculos cuando flexionaba sus brazos, pero nada exagerado. Tenía los ojos azules, muy parecidos a los míos en su forma, pero obvio, de otro color; su pelo era n***o, tenía un peinado raro, como un jopo peinado hacia atrás con gomina —explica gesticulando con las manos—. Tenía tatuajes —murmura tocándose el cuello con las manos.
—¿Tatuajes? —preguntan las otras chicas al unísono.
—Sí —les responde—. Tatuajes por el todo el cuello, las manos, en los nudillos, era un poco aterrador, pero yo no le tenía miedo, era como si supiera que no me haría daño —comenta bajando la mirada.
—Él no será aterrador, pero esta situación si lo es —entona Bonnie.
—¿Qué te dijo tu madre cuando le preguntaste sobre él? —cuestiona Kansas.
—Que él estaba en el cielo —le contesta de manera tranquila—. Lo que les cuentan a los niños cuando alguien muere.
—¿No te dijo más nada que eso? —cuestiona Bonnie.
—No —niega la chica—. Ya te dije, cuando eres un niño solo te dicen eso, no te dan los detalles sórdidos de la muerte.
—Eso ya lo sé —masculla la joven—. Nunca más sacaste el tema de tu padre, entonces —concluye.
—Nop —niega Aye—. Ni siquiera he vuelto a soñarlo, ni a recordar ese sueño —Aye se detiene un segundo al recordar que no era del todo cierto lo que acababa de decir—. Si lo recordé una vez —anuncia—. Mi madre había sufrido un accidente en mi cumpleaños número nueve, ella quedó en coma y en ese momento, al no tener a nadie más que a Mateo, yo recordé el sueño que tuve con mi padre. Mi papá Alex no estaba bien por lo sucedido con mi mamá y estuvo un poco perdido, entonces una noche hablando con Mateo respecto al estado de mi madre, fue cuando recordé a mi verdadero padre —cuenta.
—Aclaremos —habla Bonnie—. No sabes quién es tu verdadero padre, jamás lo viste, solo en un sueño y no sabes si de verdad es como lo soñaste, jamás tuviste la necesidad de preguntarle a tu madre sobre él, por lo tanto, no sabes nada, excepto que está muerto. Ahora le verdadera pregunta que debemos estar haciéndonos es: ¿Quién carajo escribió esta carta? —concluye.
—Quien sea, sabe más de mí que yo misma —murmura Aye.
—Y eso da miedo —sospesa Kansas.
—Digo que llames a tu madre y le preguntes sobre tu padre —sugiere Bonnie.
—No —se apresura a decir Aye.
—No? —repite Bonnie en forma de pregunta.
—Si llamo a mi madre y le cuento sobre esta carta, ella se va a preocupar y de seguro mi padre me vendrá a buscar y obligará a volver a Buenos Aires —argumenta Aye.
—Puede que tengas razón —concuerda Bonnie—. Puedes preguntarle sobre tu verdadero padre sin decirle sobre la carta —propone.
—¿Soy la única que se da cuenta que esa carta tiene la palabra peligro como marca de agua? —interviene Kansas—. Debes decirles a tus padres sobre esto, puede que estés en peligro, puede ser un psicópata el que escribió esto —señala.
—¿Y si no es así? —indaga Aye.
—¿Y si lo es? —refuta Kansas.
—Mira, no sabemos en verdad quien escribió esto, ni a dónde quiere llegar con esto, quizás solo sea una estúpida broma y nada más, quizás no sea nada serio. Y la verdad no estoy dispuesta a volver a Buenos Aires todavía, llegué a este país por una razón y no voy a irme de aquí hasta no concluir mi propósito —sentencia Aye con terquedad.
Kansas mira a Bonnie pidiéndole ayuda con la mirada, no obstante, ella solo se limita a elevarse de hombros.
—Tengo una idea —suspira Kansas—. Veamos qué ocurre luego de esta carta, esperemos a ver si llega otra y ver si podemos descartar que sea peligroso o no, mientras tanto, será solo un secreto nuestro, pero en cuanto se vuelva peligroso o sepamos en verdad qué es lo que está sucediendo con esta persona que firma como tu amigo, llamarás a tus padres y les contarás todo; promete que lo harás. Promete que, si esto se va de las manos, llamaras a tus padres y pedirás ayuda —le pide o mejor dicho medio exige la joven preocupada por la situación.
—Lo prometo —accede la aludida, aunque no muy convencida y rezando porque esa carta solo sea una estúpida broma de algún idiota que sepa algo de ella o de su padre Alex, ya que es una persona reconocida en ese país.
—Ahora volvamos a lo que te trajo aquí —menciona Bonnie acomodándose en la cama—. Primero, ¿por qué volviste tan pronto? ¿Y quién es Mateo? —curiosea recordando la historia que había contado su amiga segundos antes.
—Aunque no lo creas, las dos preguntan cuentan con la misma historia —masculla Aye.
—Bien —aplaude Bonnie levantándose de la cama—. Entonces vamos a necesitar mucho chocolate y café para poder ambientarnos.
Aye les cuenta todo sobre Mateo y ella juntos, y también todo de Mateo y ella separados, les habla como hacía mucho tiempo no lo hacía, más preciso, desde que Mateo decidió que ellos no deberían estar juntos. Obviamente las lágrimas no se hicieron esperar, era inevitable no dejarlas salir, mientras que sus amigas la escuchaban con atención y también dejaban colgado algún que otro suspiro en ciertas ocasiones. Ahora las chicas sabían el motivo por el cual Aye volvió tan rápido de su viaje y, además, el por qué ella, no había abierto ese pequeño paquete que había recibido el día después de haber llegado al campus. Por lo que Bonnie, siempre siendo tan extrovertida, pide abrir ese paquete y quitarse las dudas de lo que había allí dentro, sin embargo, Aye se niega en rotundo y a la joven no le quedó más remedio que darse por vencida. Hasta que Ayelen estuviese segura, jamás iban a abrir ese paquete. Las chicas hablaron hasta muy tarde; el tema "Mateo" fue el más seleccionado por ellas, obvio que, junto a ese tema llegaba el otro tema "Dylan", también especularon sobre quien podría ser el amigo imaginario de Aye que, en apariencia, sabía bastante a lo que se refiere de su vida privada. Trataron de ponerle un rostro al autor de esa carta, no obstante, les fue en vano; no había nadie que Aye pudiera conocer de hace tiempo atrás, de hecho, no conocía a casi nadie en el campus. Solo se resumía en sus amigas, esos dos chicos, Caleb y Andrew, y en Dylan, nadie que pudiera ser tan sospechoso como para ser tan siniestro en escribir una carta, sin mencionar que solo sus amigas y Dylan fueron las únicas personas que sabían que ella viajaba a Buenos Aires. Por un momento en su mente cruzó la idea de que Dylan fuera el psicópata, sin embargo, de manera rápida, fue descartado, así que volvían a no tener nada. Así estuvieron hasta que el cansancio se hizo lugar en ellas y cayeron las tres rendidas en la misma cama, siendo un bruto lio de brazos y piernas por todo el colchón.