El tren se mueve lentamente, cruzando el paisaje que me es ahora tan familiar y, a la vez, tan lejano. A través de la ventana, las luces de París desaparecen, como si la ciudad misma me estuviera despidiendo, apagando lentamente sus destellos de vida y aventura, esos que una vez me hicieron sentir tan viva. En su lugar, se extienden campos oscuros, tierras desconocidas que representan todo lo que me espera: mi regreso a casa. Mi cabeza está llena de recuerdos, pero también de dudas. ¿Tomé la decisión correcta? ¿Debería haber luchado más? En el fondo, sé que no había otra opción. Mi vida está en otro lugar, y aunque París me mostró algo que nunca imaginé, no puedo quedarme anclada en un sueño. La responsabilidad, la realidad, me llaman. Pero eso no hace que el dolor sea más fácil de sopor

