El tiempo en París parece haberse detenido desde la última vez que le hablé de mi partida. El ritmo de la ciudad, siempre tan vertiginoso, ahora me parece más lento, más pesado. Cada rincón me recuerda lo que estoy dejando atrás, y cada paso que doy con Luc me pesa más que el anterior. La despedida se está acercando, lo siento en los huesos, y aunque he intentado disfrutar cada momento, una parte de mí ya está en mi país, en mi vida, en las responsabilidades que me esperan allí. Esta mañana, mientras desayunábamos en una pequeña cafetería cerca de Notre-Dame, Luc me miró como siempre, con esos ojos brillantes y llenos de vida. Parecía feliz, como si todo estuviera bien, como si no hubiera nada que nos separara. Yo, sin embargo, no podía dejar de pensar en lo inevitable: mi regreso a cas

