Capítulo 1 La Espada en la Piedra
I. La Ciudad que No Aplaude
La capital del Dominio de Astraea no celebraba a sus vencedores.
Celebraba su propia supervivencia.
El amanecer descendía sobre las torres de mármol con una luz grisácea que no lograba atravesar del todo la neblina suspendida sobre los techos. Las campanas no repicaron. No hubo flores arrojadas desde los balcones. No hubo canciones.
Hubo silencio.
Un silencio pesado, consciente.
El sonido que dominaba la avenida principal era el eco rítmico de los cascos contra la piedra húmeda. No un trote triunfal, sino un avance medido. La marcha de un orden que no necesitaba aplausos para legitimarse.
La Princesa Regente Grace Blackfyre avanzaba al frente.
Su armadura de parada era negra, pulida hasta absorber la luz en lugar de reflejarla. No llevaba adornos innecesarios, ni telas flotando al viento. Cada pieza tenía propósito. Cada hebilla estaba ajustada con precisión casi obsesiva. Su cabello, n***o como ala de cuervo, estaba recogido en un moño tirante que no permitía distracciones.
No era una figura romántica.
Era estructura.
Su rostro anguloso permanecía inmóvil. Sus ojos, de un azul tan pálido que rozaban lo translúcido, recorrían la ciudad con una atención clínica. No miraba personas; miraba patrones.
Puertas cerradas en exceso.
Banderas colgadas sin mantenimiento.
Soldados en techos con tensión innecesaria.
Miradas que se apartaban medio segundo demasiado tarde.
A su derecha cabalgaba el Comandante Aurelio.
Alto, espalda recta, mandíbula firme. No necesitaba hablar para imponer presencia. Su armadura gris oscuro llevaba marcas visibles de campaña reciente. No las había pulido. No era descuido: era recordatorio.
La Legión del Grifo avanzaba detrás de ellos como una muralla móvil. Estandartes con la criatura alada bordada en hilo de plata ondeaban pesados en el aire frío. Los escudos, abollados pero firmes, reflejaban la disciplina de un ejército que no retrocedía.
Desde las ventanas: ojos.
Temor.
Cálculo.
Resentimiento.
Nadie gritaba su nombre.
Grace no lo esperaba.
La victoria no era una fiesta.
Era una estadística.
Astraea seguía en pie.
Eso bastaba.
II. El Precio del Orden
Las puertas del Palacio Imperial se alzaban al final de la avenida como una advertencia dorada. Mármol blanco, columnas adornadas, oro suficiente para alimentar provincias enteras durante meses.
Un monumento a la apariencia.
La procesión se detuvo ante la escalinata.
Allí los aguardaban los suplicantes.
Eran demasiados.
Grace notó el detalle antes que cualquiera: la proporción era anormal para una llegada militar. No era espontáneo. Era organizado.
Campesinos con manos agrietadas. Comerciantes de túnicas gastadas. Una anciana con el rostro surcado por líneas de hambre real. Niños aferrados a faldas.
Y entre ellos, una figura fuera de ritmo.
Una mujer vestida con seda rasgada, pero de calidad alta. No arruinada por pobreza, sino por teatralidad. Sus movimientos eran demasiado estudiados. Su respiración demasiado medida para el pánico.
Grace no desvió la mirada cuando la mujer rompió filas y cayó de rodillas ante su caballo.
—¡Piedad, Regente! ¡Nuestra familia ha sido destruida por—!
El tono era correcto. El llanto convincente.
El error estuvo en la muñeca.
Aurelio avanzó.
—¡Atrás!
Pero Grace ya había detectado el brillo. No del acero.
Del cálculo.
El cuchillo estaba oculto en la manga izquierda, sujeto con hilo interior. Arma de proximidad. Diseño corto. Ideal para un movimiento ascendente hacia la ingle del caballo o hacia la pierna del jinete.
Grace no desenfundó su sable.
Su talón descendió con fuerza controlada, impactando la muñeca en el ángulo exacto para fracturar sin desperdiciar energía. El cuchillo salió despedido y giró sobre la piedra.
La multitud no entendió lo que sucedía hasta que el estilete apareció en la mano de la Regente.
El movimiento fue tan limpio que pareció coreografiado.
Se inclinó desde la montura. El estilete entró por la yugular con una presión precisa, dirigida hacia arriba y atrás. La sangre brotó en un pulso denso, oscuro.
No hubo grito.
Solo un sonido húmedo.
La mujer cayó como una estructura a la que se le ha retirado la columna.
La sangre descendió por la piedra blanca, marcando un contraste grotescamente bello.
El silencio se espesó.
Grace retiró el estilete y lo limpió con la manga negra de su uniforme. Una sola pasada. Sin prisa.
—Comandante —dijo sin alzar la voz—. Que se identifique a quienes facilitaron su aproximación. Que se investigue el financiamiento. No me traiga el nombre de la mano. Tráigame la red.
No mencionó el asesinato.
No era un acto impulsivo.
Era una corrección administrativa.
Aurelio asintió.
La multitud retrocedió.
El mensaje no necesitaba repetición:
La Regente podía ser el escudo del Dominio.
Y su bisturí.
III. El Mármol que Observa
Grace no desmontó al cruzar el umbral del Salón Imperial.
Los cascos resonaron contra el mármol pulido con una vibración que ascendió por las columnas y golpeó las cúpulas doradas. El eco no era accidental. Era intrusión deliberada.
El Salón era obscenamente ornamentado. Relieves mitológicos narraban victorias antiguas. Candelabros de cristal traídos del Oeste. Oro incrustado en cada borde.
Belleza sin propósito.
Y sin embargo, bajo esa belleza, Grace percibía otra cosa: la estructura verdadera.
El Salón no era un escenario.
Era una tapa.
Una tapa sobre lo que el Imperio enterraba para sobrevivir.
Y sobre lo que ella necesitaba desenterrar.
Porque no había regresado de la guerra por gloria. Ni por coronas invisibles. Ni por respeto.
Había regresado por una deuda que no se paga con campañas.
Había regresado porque, mientras los restos de sus padres permanecieran ocultos —mientras el destino final de su madre envenenada y de su padre desaparecido siguiera siendo una variable en manos de Tiberio— el Imperio podía llamarla “Regente”, pero él seguiría tratándola como un instrumento amarrado.
Todo esto —la guerra, la disciplina, la reforma, el terror administrativo— tenía un núcleo simple:
Encontrar la tumba.
Encontrar el lugar.
Cerrar la herida con una verdad.
En lo alto del podio, el Emperador Tiberio se inclinó hacia adelante.
Su figura, envuelta en terciopelo carmesí, parecía desbordar la arquitectura del trono. Anillos gruesos comprimían sus dedos. Cadenas pesadas colgaban sobre un pecho que se movía con respiración irregular.
Sus ojos, azul oscuro pero opacos, no sostenían mirada sin esfuerzo.
Cuando Grace avanzó montada hacia él, algo cruzó su expresión.
No fue ira.
Fue anticipación del daño.
La corte observaba:
Ministros con túnicas impecables. Nobles con gestos calculados. Consejeros que sabían exactamente cuánto inclinarse… y hacia quién.
Y entonces ocurrió.
Antes de que Grace llegara al podio, una voz se desprendió del semicírculo ministerial.
—Su Alteza… —dijo un ministro de barba recortada y sombrero alto, con una sonrisa que pretendía ser cortesía—. El protocolo establece que un caballo no debe—
No terminó.
Grace giró apenas el sable en su mano. No apuntó al ministro.
Apuntó al aire.
Y con un movimiento limpio, horizontal, exacto… el borde del sable cortó el ala del sombrero.
El sombrero voló.
No cayó al suelo como objeto.
Cayó como símbolo.
La tela giró en el aire y se desplomó a varios metros, arrancando una exclamación ahogada a los presentes.
El ministro quedó inmóvil, pálido.
La vergüenza le subió al rostro más rápido que la indignación.
Grace lo miró por primera vez.
No con furia.
Con evaluación.
—El protocolo —dijo, voz baja, audible para toda la sala— también establece que un ministro no interrumpe una entrada militar sin autorización. Y que la lengua no es arma cuando el acero todavía está caliente.
El ministro tragó saliva.
Algunos nobles bajaron la mirada.
Otros se congelaron de placer culpable.
Y entonces, otro —más viejo, con el gesto endurecido por privilegio— murmuró lo suficiente para ser oído:
—Una mujer… montada en el Salón Imperial…
Grace no lo miró.
Pero Aurelio sí.
Y la sala entendió que, si Grace decidía convertir la misoginia en crimen de Estado, el mármol tendría otra mancha.
Grace detuvo el caballo al pie del podio.
No desmontó.
No inclinó la cabeza.
Desenfundó su sable con lentitud calculada.
El acero reflejó la luz como una línea fría de amanecer.
Y descendió.
La hoja penetró el mármol con un estruendo seco.
La piedra cedió.
Un sonido que no debía existir en ese espacio “sagrado” se expandió por la sala.
Espada en la piedra.
El símbolo fue absoluto.
El Emperador ocupaba el trono.
La Regente sostenía la estructura que impedía que ese trono se desplomara.
Las reverencias que siguieron fueron mínimas, pero reveladoras. Algunos cuerpos se inclinaron un grado más hacia ella.
Tiberio lo vio.
Y lo sintió.
—Regente… —forzó—. Has cumplido con tu deber.
Grace sostuvo su mirada el tiempo suficiente para recordarle que el deber era mutuo.
Luego asintió.
Nada más.
La humillación fue completa.
Y los ministros, incluso los que la despreciaban por ser mujer, entendieron una verdad práctica:
No estaban discutiendo política.
Estaban sobreviviendo a una fuerza.
IV. El Chantaje
Las puertas del Salón Imperial se cerraron tras la Regente con un golpe sordo.
El eco tardó más de lo necesario en extinguirse.
Tiberio permaneció inmóvil unos segundos, la mirada fija en la losa perforada frente al podio. La grieta en el mármol parecía más profunda ahora que la espada ya no estaba allí.
Un recordatorio.
Un recordatorio visible.
Y él odiaba los recordatorios.
—Fuera —ordenó, con voz áspera.
La corte no necesitó repetición. Se retiraron con inclinaciones medidas, túnicas susurrando sobre piedra pulida. Solo quedaron algunos consejeros cercanos… y la Emperatriz Camila.
Cuando el último murmullo desapareció, la compostura del Emperador se quebró.
Tiberio descendió del podio con pasos pesados, los brocados arrastrándose tras él.
—¡Se burla de mí en mi propio Salón! —escupió—. ¡Clava su espada en mi mármol como si fuera su establo personal!
Su voz rebotó contra las columnas doradas, pero no encontró oposición.
Camila no se movió.
Vestía azul profundo, bordado en plata. Impecable. Contenida. Sus manos estaban entrelazadas frente al abdomen, postura perfecta de dignidad imperial. Solo sus ojos revelaban algo más:
Observación.
Cálculo.
—La ciudad está tranquila —dijo finalmente, con voz suave—. Eso es lo que importa.
Tiberio giró hacia ella con violencia.
—¡No me hables de tranquilidad! ¡Me humilla delante de todos! ¡Me obliga a depender de su ejército como si yo fuera un mendigo del Norte!
Camila sostuvo la mirada.
—Lo es —respondió sin elevar el tono—. Dependiente.
La palabra cayó como un filo invisible.
Tiberio dio un paso hacia ella, respirando con dificultad.
—¿Y qué propones? ¿Que la dejemos hacer lo que quiera? ¿Que gobierne mientras yo me convierto en decoración?
Camila inclinó ligeramente la cabeza.
—Propongo recordar que usted posee algo que ella no puede permitirse ignorar.
El silencio cambió de temperatura.
Tiberio parpadeó.
—El secreto… —murmuró.
Camila avanzó apenas un paso.
—Mientras no sepa qué ocurrió realmente con sus padres… mientras no conozca el destino final de sus restos… ella seguirá regresando cuando la llame.
Tiberio miró el suelo.
Las losas blancas. Perfectas. Pulidas.
El lugar exacto donde su abuelo había caído.
El lugar exacto donde la rebelión había sido sellada.
Debajo del mármol, la historia no estaba escrita en pergamino.
Estaba enterrada.
—No puede tocarme —susurró, casi convenciéndose a sí mismo—. No mientras conserve eso.
Camila no respondió.
Porque sabía algo que él no entendía del todo:
El chantaje solo funciona mientras el miedo es mayor que la ira.
Y Grace Blackfyre no temía.
Solo calculaba.
V. Bajo el Mármol
Lejos del Salón, en los corredores interiores del Palacio, la temperatura descendía varios grados.
No por corrientes de aire.
Por construcción.
Las galerías internas estaban hechas de piedra antigua, anterior incluso al Dominio moderno. Paredes más gruesas. Pasillos más estrechos. Ventanas mínimas.
Diseñadas para contener.
Grace caminaba con paso firme. Aurelio avanzaba medio paso detrás, lo suficientemente cerca para intervenir, lo suficientemente lejos para no invadir.
—La formación en la escalinata fue coordinada —dijo él en voz baja—. No fue espontánea.
—Lo sé.
—La mujer tenía entrenamiento básico.
—También lo sé.
No era arrogancia.
Era procesamiento.
—¿Desea que interrogue al resto de los suplicantes?
Grace no respondió de inmediato.
Se detuvo frente a una ventana estrecha que daba al patio interno. Desde allí podía verse una sección del mármol exterior. Una mancha roja aún era visible, siendo lavada por sirvientes apresurados.
Observó sin emoción visible.
—Interrogue —dijo al fin—. Pero no públicamente. Encuentre la red. No el símbolo.
Aurelio asintió.
Hubo un silencio más largo.
No incómodo.
Conocido.
—Mencionaron el Templo esta mañana en los rumores —añadió él con cuidado—. Algunos dicen que la rebelión fue castigo divino.
Los ojos de Grace no se movieron.
Pero algo cambió.
Fue mínimo.
Un ajuste en la respiración.
Una tensión apenas perceptible en la mandíbula.
El Templo de la Llama Eterna.
Fuego.
Cánticos.
Humo n***o ascendiendo contra el cielo.
No era un recuerdo completo.
Era fragmento.
—Los rumores son herramientas —respondió ella finalmente—. Que se redirijan.
Aurelio no insistió.
Sabía reconocer límites.
Grace reanudó la marcha.
Al final del corredor había una puerta que pocos utilizaban. Tallada con símbolos antiguos. Sin oro. Sin brillo.
La puerta que conducía a las cámaras inferiores.
El mármol del Salón Imperial era reciente.
La estructura bajo él no.
Y Grace sabía que, en algún lugar bajo esa piedra blanca y perfecta, yacía la respuesta que el Emperador utilizaba como cadena invisible.
No sabía dónde.
Pero sabía que existía.
Aurelio la observó, midiendo si debía hablar o no. Finalmente lo hizo:
—La corte ya está murmurando, Regente. Dicen que su retorno… ha sido demasiado duro. Que debería “descansar” después de la guerra.
Grace giró la cabeza.
—¿Descansar?
La palabra fue simple. Sin burla. Eso la hizo peor.
—Dígales —continuó— que mientras haya un territorio fuera de control, una ruta sin auditoría, un duque robando, un almirante inútil respirando o un templo usado como excusa… no existe el descanso.
Se acercó un paso a la puerta sellada.
Y entonces, como si hablara con el Imperio entero y con el hombre que la chantajeaba a través de él, dijo lo que querías que dijera:
—Y dígales algo más. Dígales que recuperaré cada territorio. Cada provincia. Cada frontera. Cada red de corrupción. Hasta el último rincón del Dominio. No por gloria. No por estabilidad. No por el trono.
Su voz se volvió más baja.
Más exacta.
—Lo haré hasta que el Emperador me diga dónde están los restos de mis padres.
Aurelio se quedó inmóvil.
No porque no lo supiera.
Sino porque rara vez Grace lo decía en voz alta.
Era su única debilidad.
Y también su motor.
Grace apoyó la mano sobre la madera tallada.
—En el momento en que lo encuentre —susurró—, el equilibrio cambiará.
Y el Palacio, por primera vez en años, pareció entender que el hielo no estaba conteniendo a Grace.
Grace estaba conteniendo al mundo.