Capitulo 2 De nuevo, bienvenido

2247 Words
Capítulo 2 De nuevo, bienvenido Muy a su pesar de querer pasar desapercibido, su ropa y su postura lo delataban. Quiso llevarse puesto un suéter n***o que cubriría su cabeza con la capota, unos jeans algo gastados y unas zapatillas también de mucho uso, sin embargo, llamaba la atención porque todo lo que llevaba encima constaba mucho dinero y los que trabajaban ahí, sí que sabían del asunto, después de todo, ellos veían ir y venir a muchos empresarios, viejos perversos y millonarios, o muchachitos hijos de papi que querían gastar fortunas, demás la entrada al lugar costaba un ojo y un riñón. Mark, que se encontraba en aquel cabaret, porque no importaba como lo quisieran llamar para que no sonara a lugar barato, aquello era un cabaret, miraba insistente la programación y contaba los minutos que le faltaban a Purple para hacer su aparición. Estaba ahí, según su propio criterio, para sacar ya las ideas tontas de su cabeza que se sentía atraído por un jovencito que danzaba, y que tal vez muy tras bambalinas se prostituía. Además de la vergüenza que pasó con el incidente ese día en el área de la bodega con aquel muchacho que esperaba no encontrarse nunca, había estado muy distraído esos días, cosa nada usual en él. Las luces de nuevo se apagaron, Mark estaba sentado en la barra, también quería comprobar si el estar tan cerca al escenario había sido un factor importante en ese momento de excitación. Ese no era el turno de Purple, pero estaba dispuesto a soportar toda las presentaciones, quizás encontrara otra que le llamara igual la atención. El chico bailó muy bien, e igual que los otros, su rostro estaba cubierto por esa máscara veneciana que solo dejaba al descubierto sus labios y mentón que le daban ese toque misterioso y erótico por el que tal vez, todos estaba ahí. La música con acordes más modernos, iba dando el compás para que el muchacho se quitara la ropa y dejara libre su precioso cuerpo perfecto, sus piernas largas y firmes, sus movimientos que enloquecían a todos los que observaban. La música terminó, ellos nunca llegaban a estar desnudos de su pelvis, cosa que generaba aún más expectativa. —¿Lleno su copa, caballero? —preguntó el cordial barman a Mark, que miraba impaciente hacia el frente. —Por favor… —Mark supo que era el momento de preguntar. —¿Es posible hacer contacto con los chicos, fuera del escenario? ¿Tener una charla con ellos? —No señor, no es posible. El sitio no permite que clientes y bailarines tengan relación. —El joven empresario bajó su cabeza y el barman pudo notar, aun cuando parte de su se cubría con la capota, lo mal que esa repuesta le había caído—. No obstante, fuera de este sitio, todos somos libres. Mark, como si hubiese sido inyectado de un positivismo desconocido, sonrió alegre y brindó con el barman. Era ya muy entrada la noche, estaba agotado, deseaba irse a dormir, pero el cuerpo le suplicaba por esperar la salida de otro chico. Las luces de nuevo se apagaron, y un chico nuevo saltaba al escenario para hacer su presentación. Era Purple. Mark brincó en su silla, por fin podría afirmar o desmentir las teorías que se había planteado en su cerebro, por fin podría irse a la cama esa noche sin la inevitable intensión de toquetearse solo creyendo que recorría con su lengua la piel de ese joven, recogiendo ese precioso sudor brillante que pudo percibir cuando lo tuvo tan cerca. La música comenzó con una guitarra española, incitante, y Purple se empezó a mover con mucha gracia con lo que parecían ser zapatos de flamenco. Su baile no era profesional como lo sería en un tablao, pero sí incitante, esa camisa blanca, ese apretado pantalón que permitía que se marcaran tan perfectos sus muslos, estaba haciendo delicias en las miradas de los asistentes y usaba como todos esa máscara veneciana, de plumas negras y pedrería blanca. La luces se reflejaban directo en los brillantes, y todo se iluminaba como si él fuera un ángel. Mark lo veía, lo admiraba, lo deseaba. Ya sus imaginarios de una confusión se fulminaron cuando esas manos hermosas empezaron a acariciarse el pecho, sin vergüenza alguna. El CEO de 35 años, jamás había sentido atracción por el cuerpo masculino, menos en el de alguien que en apariencia era muy joven, y no supo como controlar el volcán de sentimientos que hacían erupción en su pecho y un poco más en su vientre. El barman lo miraba con algo de pesar, él sabía de las muchas historias de amor furtivo de aquel lugar que terminaron muy mal, y el señor Saint-Jaien podría no ser la excepción. Su humanidad se movió sola, no era ya responsable de sus pasos que lo llevaron directo al escenario. No le importó los reclamos de los ebrios que le gritaban por no dejar ver bien, Mark solo se posó frente al escenario, enloquecido por sus neuronas que le gritaban que debía estar junto a ese otro hombre. Y claro que ese que danzaba lo notó. Ese que se desnudaba sabía que Mark estaba ahí, porque era el único que lo miraba como si lo que hacia en ese momento tuviera un valor, más allá de los perversos ojos de los ancianos ricos que querían poner su mano en su m*****o y complacerse un rato. Purple lo sabía, ese que lo observaba, danzaba con él, ahí en la pista y en una preciosa frazada de algodón en una cabaña lejos de los prejuicios, mientras la nieve se veía caer por la ventana sin cortina, y el calor de ambos sería el suficiente para el resto de la vida. Purple se acercó ya casi para finalizar y serpenteando su cuerpo se inclinó hasta estar lo más posible cerca de Mark, que estaba paralizado. Luego, repitiendo lo de noches atrás, posó su dedo índice izquierdo en la frente del CEO y lo deslizó con suavidad, por su tabique, por su labios, por su mentón. Mark pudo ver a través de esa máscara sus precioso ojos, esos eran los que recordaba, azules, como el océano. —Gracias por regresar… —susurró Purple. Mark no soportó lo que sentía en su pecho y lo tomó fuerte por un brazo, de ser por él se lo hubiera cargado en hombros y sacado de allí, directo a esa montaña que dibujaba el muchacho en su mente. Pero la realidad era un poco más brutal de lo acostumbrado y lo aterrizó en el planeta tierra, cuando dos hombres enormes y desproporcionados de músculos lo tomaron por ambos brazos obligándolo a soltar al joven. Luego de eso y sin que se resistiera, fue amablemente arrastrado hasta la salida. Mark quería morirse. Estuvo tan cerca de cumplir su fantasía cursi y cliché de escapar con alguien y vivir juntos para siempre, pero no pudo, no se le dio el feliz encuentro. No obstante, las palabras del barman le dieron esperanza. Buscó las llaves de su auto, debía de nuevo volver solo a su departamento frío y carente de afecto alguno. Echó un vistazo hacia atrás, antes de partir por completo. Entendía muy bien ahora, por que ese sitio se llamaba “El Jardín del diablo”. *** La semana comenzaba con algunos problemas de distribución. Los otros empresarios estaban muy molestos por los retrasos en los envíos de algunos productos que aún no salían de las bodegas de la empresa. Mark estaba intentando calmar los ánimos de sus colegas, el problema no era tan grave, pero sabía que eso atrasaba los planes de despacho para todos. Hubo una auditoría sorpresa y revisaron los almacenes, el inventario y la calidad y caducidad de los productos. Aunque se hablaba de tecnología, todo debía estar en orden. Cuando la video llamada terminó, sacó su termo de agua y tomó un poco. Había sido un momento lo bastante difícil, no podía perderse más tiempo, si no los contratos se harían efectivos y empezaría la pérdida de dinero. —Señor Saint-Jaien —interrumpió Shirley entrando a su oficina— debe venir conmigo a una ronda por las bodegas para que firme unos inventarios. Ya después podemos poner todo en puerto. —¿Es necesario que vaya? Aún debo poner mi bello rostro a otros molestos compradores. —Sería más rápido si me acompaña, cualquier minuto que pueda ganarse es valioso. Mark, a regañadientes, aceptó. Recordó de pronto el incidente con aquel chico y se frenó un momento. Él era el responsable de aquella compañía, no podía tener miedos estúpidos por un chico que tal vez ya ni trabajaba ahí. Bajó lo más rápido que pudo con su asistente, siempre dejando un saludo y una sonrisa por donde pasaba. Al firmar y autorizar las formas, todo fue correrías. Mark se divertía observando como todos parecían más diligentes en su presencia. Su instinto le hizo virar hacia ese cuartito, no se negó que esperaba percibir ese aroma, o escuchar esa voz. Negó con su cabeza todo pensamiento. Estaba por devolverse al ascensor, cuando a sus oídos llegó la melodía del viento con un susurro. «Gracias, volveré pronto». Mark sintió como la sangre de sus venas empezaba a correr furiosa por su cuerpo, esa voz era tan parecida a la de su hermoso bailarín, que tuvo que buscarla y vio al joven subir al ese cuartito. Sin pensarlo un segundo, el poderoso señor dueño de ese mundo, lo siguió y lo sujetó por un brazo antes de que entrara. El muchacho lo miró aterrado, pero era claro que Mark no lo soltaría. Luego abrió la puerta y lo empujó dentro, sin que nadie se diera cuenta de aquello. El hombre exaltado no soltaba la muñeca del chico, eso sí, sin hacerle daño. Le pidió que se sentara en una de las silla de una minúscula mesa, Mark hizo lo mismo tomando asiento al otro lado de esta. Lo miró, sus ojos eran preciosos, pero del color del otoño. El muchacho no supo que hacer, así que con voz tímida por fin se lanzó a preguntar. —Señor, ¿acaso he hecho algo que lo moleste? ¿Mi supervisor le ha dicho algo? —Eres Purple, ¿Verdad? —El chico pareció no entender la pregunta. —Señor, me asusta, por favor dígame que es lo que quiere de mí. —Por favor, yo sé que eres Purple, el bailarín de el jardín del diablo. Eres tú, es tu aroma, es tu voz, aunque no son tus ojos… Dime la verdad, yo voy a protegerte… —Señor no tengo idea de lo que me habla —replicó el chico—. No sé a qué se refiere con eso de “Purple”, mi nombre es Hunter. Mucho gusto. —El chico ya no sabía que más agregar, estaba algo asustado ante la penetrante mirada de su jefe. Sin esperárselo, Mark lo tomó de la mano y la llevó a su frente. —Por favor, dime que eres él… —suplicó el CEO, que parecía fuera de sí. Hunter sintió algo de pena y también por instinto, llevó la mano que tenía libre al cabello de ese que parecía tan angustiado. Mark lo miró fijamente, lo soltó por un momento y arrastró la silla a su lado. El chico ya no sentía tanto miedo, así que sonrió con ternura. Y ese sencillo gesto, abrió el corazón de Mark a lo desconocido, a sentimientos que ni siquiera sabía que tenía. Sus manos se direccionaron solas al rostro de ese niño, que debía ser Purple, y ahora sabía cómo se llamaba. El muchacho ya no parecía tan asustado, ya ninguno tenía miedo en ese momento. Hunter cerró los ojos y levantó un poco el mentón, era la invitación que Mark estaba esperando, esa que lo llevó a unir sus labios con esos delicados y suaves que le esperaban. No supo describir cómo se sentía, no lo entendía, pero encontró fuego en aquella lengua que lo devoraba. Su mano se empezó a deslizar por el cuello y el pecho de Hunter, y fue ahí cuando el joven tuvo que detenerlo. —Señor, acá no se puede hacer más. —Entonces quieres seguir. —Señor Saint-Jaien, usted me está confundiendo con alguien, eso es seguro. Yo me dejé llevar por el momento y le suplico que me perdone, y que no vaya a despedirme por eso. —Jamás lo haría, Hunter. El muchacho volvió a sonreír y Mark sintió el sismo en su interior, de nuevo. Sin la máscara, también lucía hermoso, sus ojos eran enormes, de pestañas muy largas, su cabello era castaño claro, que caía en su frente algo alborotado, sus labios eran delineados y perfecto, sus pómulos sobresalían para darle aún más perfección a su rostro. Su aroma, era el aroma de Purple. Hunter y el bailarín eran uno mismo, y Mark no descansaría hasta que lo admitiera. Después de eso, no sabía que podía venir, no deseaba enterarse. Por instinto, lo abrazó como si quisiera protegerlo de esas miradas pervertidas que lo atravesaban mientras danzaba. Hunter se dejó abrazar porque sabía que ese hombre perfecto deseaba cuidarlo, aunque no entendía muy bien de qué, o de quién. Ese instante, era de los dos. Ahí no estaban el mensajero de aquella enorme compañía y mucho menos quien la dirigía. Ahí estaban dos hombres, que empezaban a caminar hacia el infierno.
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