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El Jardín Del Diablo

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Blurb

[ESTA HISTORIA SE ENCUENTRA ACTUALMENTE EN PAUSA]

Una noche en un lugar donde los sentimientos se confundían con el deseo, Mark vio a un jovencito que danzaba en una pista, escondido tras una máscara. Obsesionado al no entender las pasiones que el chico le despertaba, empieza una carrera para hallarlo, incluso llegando a confundirlo con un hombre sencillo que trabaja para él. Mark está seguro que su corazón desea a ese en el escenario, pero también desea a ese que ve día a día en su oficina.

Mark, sin embargo, debe llevar a cuesta una importante empresa, y tendrá que aprender a distribuir su tiempo entre sus deseos obsesivos, su relación familiar y su futuro amante.

¿Podrá ser ese chico tranquilo que trabaja casi escondido en su empresa, ese mismo y exótico ángel que danza hasta quedar casi al descubierto de su piel? ¿Será solo la enloquecida mente de Mark, que desea estar con Purple, como se hace llamar su bailarín, que lo quiere hallar en un jovencito cualquiera?.

Como sea, sus decisiones podrán llevarse por delante corazones inocentes, y regalar una semilla de tristeza a El Jardín del Diablo.

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Capítulo 1 Ángel caído
El jardín del diablo Por: Sora Fanel Capítulo 1 Ángel caído Su cuerpo no podía contener la magnitud de las sensaciones que estaba experimentando en ese momento, cuando veía a ese hombre danzar, rozar con sus yemas calientes su propia piel casi desnuda, cubierta apenas por una delicadas telas de colores, que caían con gracia en su abdomen y que se empapaban del sudor de sus muslos. Era hipnótico, y todo intento por evitar una erección fue inútil. Mark se relamió un poco, mientras sus insulsos acompañantes se reían y parecían no prestar atención a la reacción del hombre, que estaba por explotar. Desde el mismo momento en que ese chico saltó a la pista antes pisoteada por otros que no disfrutaban del baile, Mark estuvo conmocionado por como lo hacia este muchacho, con esa danza de sonidos orientales, que lo estaba enloqueciendo. —¿Te encuentras bien, Mark? —preguntó uno de los acompañantes del joven CEO, notando que estaba en extremo sonrojado—. Parece que tienes fiebre, si lo deseas podemos irnos, ya complacimos al… —¡No! —respondió sobresaltado, moviéndose lo mínimo para que no notaran lo excitado que estaba—. Hasta que el Señor Andrews decida que nos vamos, no podemos movernos. Este negocio fue importante y no hay que desairarlo. —Traernos a un sitio así, quién lo diría —espetó el hombre a Mark, virando para seguir la hipócrita conversación que tenia con los otros viejos. Mark odió los segundos que perdió hablando con ese entrometido, porque le hicieron perder momentos de atención en aquel que danzaba, ocultando su rostro tras esa máscara veneciana de plumas rojas. Aunque tuvo que admitir, que aquello le sirvió para que su acalorado cuerpo se calmara un poco. Pero, toda su voluntad quedó minada, cuando el bailarín se acercó de forma peligrosa hasta su mesa. Mark sintió que el corazón se le iba a estallar, mientras los otros le veía con gracia. Era claro que le harían un baile privado, incluso frente a tanta gente. El muchacho puso de manera delicada un pie en la silla, frente a la entrepierna de Mark. Sonrió el bailarín, al notar que el cliente desconocido estaba muy feliz con su danza y lo demostraba a través de su abultado pantalón. El muchacho se acercó lo suficiente como para casi besarlo, pero su cabeza se echó hacia atrás una y otra vez, moviéndola al ritmo de la música. El aroma del hombre entraba por las fosas nasales de Mark, que intentaba adivinar su loción, que era exquisita. Luego se relamió los labios también, mientras quien danzaba, con la punta del dedo índice recorrió la frente y el tabique de aquel que le había visto con tanta atención. Mark cerró sus ojos, y se imaginó con él muy lejos de ese lugar, haciendo el amor como salvajes en una cama de hotel, uno muy lujoso, él se lo merecía. —¡Mark! ¡Reacciona, hombre! —interrumpió su pensamiento el otro desagradable perverso que hacía parte de la negociación, mientras se destornillaba de risa—. De no ser por que has salido con las mujeres más bellas que existen, pensaría que te gustó ese putillo. —Luego de decir aquello, siguió riendo haciendo un sonido ronco muy detestable, que iba al compás de su asquerosa y prominente barriga. La presentación terminó y el muchacho salió corriendo tras bambalinas, acompañado de los aplausos de todos los presentes. Aquel club se prestaba de tener algo de «alcurnia», así que no se le ofrecían a aquellos que bailaban y se desnudaban ningún tipo de pago entre sus piernas o hilos de su minúscula ropa interior. Mark sintió una extraña mezcla entre alivio y desazón cuando vio partir a aquel jovencito. Su cuerpo brillante, seguro bañado en algún aceite, sus movimientos eróticos, sus preciosos ojos azules casi transparentes, y su aroma, esa exquisita colonia que no olvidaría nunca, hicieron que el CEO dudara por segundos en ir tras él, para saber su nombre y preguntarle si deseaba acompañarlo con un trago. Pero, no podía. Estaba atado al prejuicio y al miedo, a pesar de casi tener un orgasmo con solo mirarle. No deseaba quedarse con la intriga, así que, de la forma más disimulada que pudo, llamó a un mesero y le preguntó si podía hablar con el bailarín de los velos, que deseaba dejarle una propina por su excelente acto. —Si lo desea, señor, puede dejarle una propina en un sobre, él suele hacerse llamar Purple, así escribe usted en el papel y se lo entrega a nuestro administrador. —Pero, ¿y si lo que deseo es hablar con Purple? —preguntó Mark, fingiendo que deseaba más Whisky. —Lo siento mucho, en este lugar no está permitido que los clientes hagan contacto con los chicos. El mesero se retiró, dejando a Mark como al inicio, sabiendo nada. No obstante, se levantó de le mesa y con todo el disimulo caminó hasta una esquina del bar, preguntó por los dichosos sobres y dejó una cantidad de dinero importante, recalcando que por favor se lo hicieran llegar a quien decía en el sobre. Le dijeron que sí, sin embargo, era claro que no todo llegaría a manos de su exótico danzante. Por fin parecieron cansarse los viejos pervertidos con quien hacía negocios. Todos muy importantes y aún así, con esos gustos tan oscuros. Solo por guardar su estatus, no se atrevió a preguntar a quien los había llevado a ese sitio, si acaso había hecho contacto con alguno de los chicos antes. Dio la mano de forma educada y salió corriendo a su lujoso auto. Ahí tomó un poco de agua y arrancó, necesitaba dormir, masturbarse, y olvidar. *** Llegaba como siempre, a la hora precisa, vestido de la manera correcta, saludando a todos como era debido; como aquel benévolo y confiable jefe que ayudaría antes que acusar, o atreverse a despedir a alguien. Mark levantaba suspiros entre hombres y mujeres, medía un poco más de 1.80, sus ojos eran negros, brillantes, su cabello también era como el color de la noche, y su cuerpo, perfecto y atlético. Sus manos, sus preciosas manos siempre estaban perfectas, y sus largos dedos hacían sonrojar a las muchachitas que imaginaban quien sabe qué cosa. Los hombre en cambio, miraban sus manos y unos deseaban ser tan poderosos como él, otros con que esas enormes palmas los recorrieran enteros. —¡Buen día, Shirley! —saludó Mark alegre a su joven asistente, que le respondió igual de entusiasta. —Buen día, señor Saint-Jaien, espero haya descansado muy bien. —Lo hice, claro que sí. —Los pensamientos del joven y atlético CEO se movieron a los recuerdos de la noche anterior, a ese momento casi surrealista que vivió en ese club, a ese muchacho angelical, perfecto, y a las muchas eyaculaciones que su cama soportó añorando ese bailarín en sus brazos. Cuando entró a su oficina, entendió mejor las palabras de Shirley, debía estar muy relajado para la montaña de pendientes que tenía. Reuniones y reuniones sin fin, presentaciones, aprobaciones, todo con la urgente necesidad de un día de 40 horas. Sin embargo Mark, cumplió a cabalidad con la agenda espantosa de ese día. Era muy responsable, y le demostraría a su odioso padre que podía manejar lo que fuera que le pusiera en frente. Por la tarde, salió a dar una ronda por las oficinas de sus subalternos. Lo hacía a manera de distracción, estaba harto, y tenía un sueño brutal, la faena de la noche anterior aunque en solitario, le estaba haciendo mella. Llegó por fin al almacén de bodega donde muchos jóvenes se encargaban del embalaje y la organización de las cajas con los productos. Caminó y saludó a todos ellos, que lo miraban como un dios, con la esperanza en sus ojos de un día no muy lejano, ser como él, dueños de algo así fuese pequeño. Mark era muy optimista con todo y les daba consejos acerca de cómo lograr ascender, siempre con trabajo duro y dedicación. Siempre era el mismo discurso cliché de quienes no tuvieron nunca necesidades, pero que Mark se tragaba para estar más tranquilo. Había un cuartito más, donde se ubicaban los chicos de la mensajería. Hasta ahí llegaban todos los sobres y paquetes pequeños más urgentes y los muchachos se encargaban de distribuirlos en el menor tiempo posible. Al empujar la puerta, lo chicos dentro quedaron como paralizados, luego se detuvieron de lo que estaban haciendo y lo saludaron de manera muy cortés. Los saludos y felicitaciones se dieron de parte y parte, pero los chicos tenían que partir de inmediato a la última entrega del día. Mark sostuvo la puerta abierta, mientras los jóvenes salían y se despedían de él. Eso sería todo, ese debía ser el final perfecto de su recorrido, de su día, luego de eso tendría que subir a su trono a seguir dirigiendo la compañía de la que era no solo cabeza, sino también de la que su familia era accionista mayoritaria. No obstante, ese aroma, esa loción fabulosa, la misma que se llevó impregnada en su nariz, que vio deslizarse en sudor de aquel muchacho la noche anterior, la percibió de uno de los chicos que se apresuraba a salir. Lo tomó con mucha brusquedad por un brazo, todos quedaron atónitos con su reacción, pero Mark estaba en otro mundo. Se acercó lo más que pudo al joven, pasó su nariz por el cuello de este y luego lo vio a los ojos. Y esos no eran los ojos que esperaba ver. —Señor, por favor, ¿hice algo malo?, ¡Me está lastimando! —chilló el muchachito, casi temblando. Mark por fin pareció reaccionar, y lo vio de nuevo directo a los ojos, pero no era azules casi transparentes, eran castaños. —Lo siento muchísimo, te confundí con alguien. Esa fue la única explicación que dio, antes de soltarlo con suavidad y salir de ahí todo lo rápido que pudo. Todos estaban sorprendidos, o mejor, asustados por la actitud de su jefe, pensaban que lo más seguro es que el chico fuera despedido. No obstante, el joven tomó su morral y salió de ahí un poco confundido. Mark por su parte, salió hacia la calle en dirección a un jardín que había tras el edificio. Allí solía encontrar la paz, muy a pesar de los ruidoso autos. Supo que el asunto de aquel chico que bailó hasta quedar casi desnudo la noche anterior, lo estaba perturbando más de lo que pudiera imaginarse. No era propio de él actuar así, no era propio de él pensar en un hombre, solo había estado y salido con chicas, le gustaban, las amaba. Pero ese muchacho también le había gustado. Tal vez el asunto era solo de naturaleza s****l, esa cana al aire que todos se daban alguna vez, o que simplemente estaba tan pasado de copas que por eso su cuerpo reaccionó como lo hizo. Pensó por un momento que debió arrancarle la máscara que llevaba el bailarín y así haber podido ver su rostro en su totalidad, aun así, era demasiado improbable que ese chico sencillo fuera su exótico Purple, el hombre de los velos. Ya empezaba a rayar la tarde, debía regresar a terminar lo que hubiese pendiente. Subió sin mucho ánimo, seguro el chisme sobre su extraño actuar era la comidilla de todos. Para su fortuna, parecía que nadie aparte de los de bodega, se había enterado del suceso. Saludó a los trabajadores que estaban cerca de su elegante oficina y abrió la puerta de vidrio, para luego dirigirse a su enorme ventanal. Quizás toda aquella loca ficción que estaba viviendo, era nada más que una excusa de su alma para darle algo de emoción a su fútil vida, que iba en una línea recta predecible y angustiante. Empezó a revisar sus e-mails, su agenda del día siguiente, sus pendientes. Shirley entró a despedirse y Mark, intentando sonar muy casual le preguntó si había algún rumor nuevo, o algo que debiera saber. —La verdad señor, nada nuevo ha sucedido. Hasta este piso casi no llegan los chismes —respondió Shirley riendo. Luego se despidió de manera muy cortés y le pidió a su jefe que no se quedara más de lo necesario, se le notaba que necesitaba descansar. —Gracias Shirley, al menos una persona en el mundo se preocupa por mí. —Shirley sintió algo de lástima cuando su jefe dijo eso, aun así, salió de ahí haciendo el mínimo de ruido. Mark tomó su abrigo, era hora de irse también. Se sentó unos minutos más a abrir una correspondencia que tenía sin revisar, no le gustaba llevar nada a casa y alguno de esos sobres podía ser importante. Uno de ellos le llamó la atención, porque no tenía nada escrito en él. Lo abrió, y sacó un muy sencillo papel de adentro. Sin embargo, al leerlo, se turbó por completo y lo arrugó con fuerza. Luego, regresando en sí, volvió a leer su contenido. «No lo olvides, siempre serás bienvenido en “el Jardín del diablo”»

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