IV
Con dos pequeñas maletas en las manos, Mark bajó de su auto y cruzó el jardín. No era de su agrado visitar la que fue su casa de adolescente, pero debía hacerlo, la familia era demasiado exquisita como para recibir un reporte y hacer una junta como lo hacían el resto de juntas directivas de mundo, en una sala, en la compañía que les daba el dinero y cubría sus excesos. Mark sabía que pelear aquello era inútil, así que se evitaba malos ratos y cumplía con llevar su oficina al salón de música de su casa. Nadie lo escucharía, a nadie le importarían las cifras, los aciertos o las tormentas que haya podido atravesar para poder mantener todo sobre ruedas. Él solo era un murmullo para todos los presentes, que solo deseaban tener claro que sus mensualidades seguirían llegando de manera oportuna y que aumentarían con las ganancias que la empresa pudiese tener.
Ese momento le recordó cuando llegó a aquel lugar al cumplir los 14 años. Mark no era hijo del matrimonio Saint-Jaien, claro que no, él era uno de los hijos ilegítimos que el benévolo señor Greco Saint-Jaien se había encargado de diseminar por el mundo, para que alguna de esas semillas sirvieran a futuro en las pretensiones de un imperio que debía permanecer intacto por siempre. El apellido tendría que estar en las principales mesas, debería ser nombrado en cada cena de negocios, en cada revista económica. Tenían que ser eternos, al costo que fuera.
Mark era muy joven para entender lo que sucedía, cuando una mañana, un auto muy elegante se estacionó en la entrada de su humilde casa. Unos hombres como sacados de un film de mafia, pidieron entrar para hablar con su madre y, entonces, la vida cambió para ese jovencito que a pesar de las falencias de dinero, vivía feliz junto a esa mujer que lo dio a luz. En ese momento se enteró sin piedad, que su padre no estaba muerto como ella se lo hizo creer, sino que era un importante millonario, que enamoró a su madre para procrear un posible heredero al trono. Ella era una sencilla secretaria de su compañía, que creyó que un dios se despegaría de su pedestal para estar con ella. Ingenua e ilusa, no obstante, la única de buen corazón que encontró Greco en su campaña de fertilización, que solo dio 3 bastardos más. Con sus hijos del legítimo matrimonio, sumaron 6 en total.
La separación de su madre, dejó a Mark devastado. Ella permitió que se lo llevaran, por que el futuro también pesaba mucho. Ella igual que su hijo, sintió que murió en parte ese día, para hacerlo por completo 5 años después de una espantosa enfermedad que Mark no pudo cuidar como se debía, pero que sí supo tuvo el mejor tratamiento existente, al parecer todo amparado por su padre. El día del funeral, los asistentes fueron mínimos, aun así, la sorpresa fue enorme al saber que Greco lo acompañaría. El hombre que se creía el dueño del universo, parecía afectado con la muerte de aquella mujer, cosa que llevó a Mark a pensar que tal vez a su madre, Greco pudo llegar a quererla, aunque sea un poco.
Sus hermanos, los ilegítimos y los que no lo eran, tenían nombre pretenciosos como Maximilliam, Alexander, Leonidas, él solo era Mark, nombre que escogió su madre, herencia de abuelos y pensando que jamás su apellido y su vida cambiarían tanto. Todos ellos vivieron en la mansión, pero cada uno recluido en su propio mundo de sus habitaciones, encontrándose ocasionalmente en las cenas que la señora Saint-Jaien organizaba para pretender que todo era alegría, que toleraba el hecho de pretender criar 4 niños más aparte de los suyos, pero que no se deslizaron de su vientre.
Mark fue el único que deseó estudiar y no solo malgastar la fortuna de la familia en excesos de todo tipo. Por su propia petición, fue enviado a una universidad en el extranjero, cosa a la que no se opuso Greco, pues veía una esperanza para sus empresas. Así entonces, Mark Saint-Jaien, cumplió con todo lo que se esperaba de él. Fue el mejor en toda la facultad, se graduó con honores y jamás dio de qué hablar. Al recibirse, fue contratado de inmediato por una pequeña compañía de tecnología en la que ocupaba el puesto de T.I, cosa que lo hizo muy feliz. Al tener ideas innovadoras, llegó al cargo de sub-gerente y, hasta ese momento, su vida fue feliz, tranquila e independiente, lejos de su herencia.
No obstante, su sangre lo necesitaba. Greco quería dejar la cabeza de la empresa, Mark era el primer y claro, único candidato. Fue sacado de esa pequeña compañía que le dio todo, casi de la misma forma en que fue arrancado del seno de su madre. Una mañana, vio un suntuoso auto n***o frente al portón del edificio, solo que esta vez no se asustó y antes que la empresa en la que trabajaba entrara en extraños problemas, renunció con la promesa de ayudarles desde cualquiera que fuera su nuevo trabajo. Cumplió por supuesto, a costa de su propia alma.
Se reunió con su padre que le explicó a grandes rasgos lo que debía hacer. Desde ese momento era el poderoso presidente de las empresas de la familia. No tendría que preocuparse por pugnas de poder con sus hermanos, eran tan banales, que solo deseaban recibir su fortuna mensual y poco les importaba si era el mismo satanás quien dirigía sus bienes. Solo una de sus hermanas, Miranda, había logrado hacer su propia compañía y le iba muy bien.
Greco le dio un apretón de manos, se notaba en sus ojos que no se arrepentía de haberle engendrado. Mark con apenas 29 años, se quedó solo en una oficina que perfectamente podría ser el área de trabajo de veinte personas, mirando hacia la calle, viendo como otros podían hacer su vida tranquila, menos él.
Pero Mark no pudo ser ajeno a las extravagancias y la vida mundana de la gran mayoría de los millonarios. Él no era perfecto, y vio perder muchas de sus noches entre las piernas de tantas mujeres que llegó a perder la cuenta. De día era el perfecto CEO, de noche, los cocteles le borraban la gentileza y lo arrastraban a la cama de desconocidas, que de seguro buscaban ser las próximas madres Saint-Jaien. No obstante, él se cuidaba mucho y la suerte lo acompañó siempre, pues su semilla no llegó a ser efectiva en ninguna de ellas. A pesar de todo y con los escrúpulos que aún le quedaban, Mark enviaba una pequeña piedra de Zafiro muy costosa a las chicas con las que dormía, con eso daba fin a la furtiva y efímera relación, y dejaba de sentirse un miserable. A las damas poco o nada les importaba este gesto, solo gustaban del costoso regalo de despedida.
Durante un año y luego de satisfacer su vientre a más no poder, puso un alto a su vida que estaba considerando asquerosa. Ya no se encontraba con él mismo en las mañanas, solo con la sombre del buen hombre que era, pero que él creía que había muerto. Envió la última alhaja de Zafiro, y se entregó por completo al trabajo, con la esperanza de hallar a alguien a quien no tuviera que darle un regalo de adiós, porque ya no tendría que irse jamás de su vida.
—Hunter… —suspiró Mark, mientras veía hacia el jardín desde el balcón de la que fue su habitación en su juventud.
—¿Y ese suspiro? ¿Quién es Hunter? —Mark brincó al escuchar la voz tras de sí. Se trataba de su hermana Miranda, la única a la que pudo llamar hermana.
—¡Miranda! ¡Estás tan hermosa como siempre! —dijo Mark muy emocionado, abrazándola y siendo bien correspondido en el gesto.
—¿En serio me ves hermosa? Bueno, entonces te reclamo mi Zafiro…
—Miranda, por favor —susurró Mark avergonzado—. Ya hace años que no hago eso.
—Lo sé, solo quería fastidiarte un poco. Pero dime, ¿quién es Hunter? ¿Ahora estás con chicos? Y por favor no te esfuerces en negármelo, es claro que ninguna mujer lleva ese nombre. —Mark no supo que decir, cosa que se le hizo simpática a su hermana.
—Es algo complicado…
—Mark, si es lo que te hace feliz, yo no voy a retarte por eso. He visto como has desperdiciado tu tiempo con damas que solo te utilizaron, o en damas que tú utilizaste. Tal vez todo sea porque tu corazón desea otra cosa, y si lo encuentras en los brazos de otro hombre, o de Hunter, yo seré la primera en apoyarte en todo. Te amo y lo sabes.
Mark sintió por un momento que no todo en su vida estaba mal. Miranda y él fueron cómplices en aquella casa de secretos y llantos. Siempre fueron amigos, siempre mantuvieron el contacto, cosa que solo levantó envidias entre los otros hermanos. Mas ellos compartían ese vínculo especial, por haber llegado a esa casa en similares circunstancias.
—Debo dejar unos pendientes listos por video llamada. Luego de la cena, ¿te parece si hablamos de Hunter?
—No hay mucho qué hablar de eso... —suspiró de nuevo Mark, algo sonrojado.
—Eres un sol, Mark. A pesar de haber llevado un huracán de vida siendo parte de esta familia y llevando a cuestas sus empresas, aún tienes la capacidad de pensar de forma linda de otra persona. Y claro que hay mucho de qué hablar, porque debo agradecer al hombre que hace que brilles de esta forma.
Mark no supo que responder a eso que Miranda le decía. La vio salir mientras le mandaba un beso. Después de eso la habitación se quedó de nuevo en silencio, cosa que odiaba porque hacia evidente la soledad en la que siempre había vivido.
Se recostó en la cama, pensando en qué era lo que le diría con exactitud a su hermana, porque ni él mismo lo entendía. Un chico que bailaba y se quitaba la ropa en un cabaret, el mismo chico que trabajaba en su empresa pero que se negaba a admitir que era ese que danzaba de forma tan alucinante. Todo era un embrollo en ese momento.
Sacó su móvil y observó por largo rato la fotografía que le había tomado al chico mientras dormía, luego de ese encuentro en que casi están por completo juntos. No llegó a estar dentro de su cuerpo, no logró verlo desnudo en su totalidad, pero sí que pudo sentir el aroma de su piel, la sensibilidad de su m*****o, la calidez de la lluvia blanca de Hunter en su abdomen.
Agobiado y excitado por los recuerdos, aunado todo a la observación profunda a la fotografía del muchacho, se llevó las manos a su sexo que le reclamaba por atención. Y de nuevo su ser se elevó al recordarlo jadear en su oído por más, a la fuerza de sus manos al intentar agarrarse de sus hombros una vez eyaculó. Mark, sabiendo que no deseaba estar solo, imprimió energía extrema en su puño cerrado para terminar rápido, pensando en el susurro de aquellas súplicas. Y vino como un relámpago, ese recuerdo del baile sensual y aquello que dijo al verlo ahí una segunda vez. Estaba enceguecido de deseo, soñaba con quitarle aquella máscara a Hunter y tomarlo ahí sobre ese escenario para que todos vieran que ya tenía dueño.
—¡Hunter!... —Fue el jadeo que se le escapó de la boca, una vez hubo terminado. Nadie lo escuchó, a nadie le importaría de todas formas. Tomó su tiempo para limpiarse, todo aquello hacía más vivido el recuerdo el muchacho. Mientras se lavaba las manos, escuchó una notificación de su móvil. Sin afán alguno tomó el aparato en sus manos y revisó los mensajes. Sus ojos se abrieron mucho y sus labios se curvaron por su propia cuenta en una sonrisa que no pudo contener.
«Señor Saint-Jaien, espero te encuentres muy bien. Voy a extrañarte. Un beso: Hunter»