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SIENNA
La máquina de café hace un sonido burbujeante y claramente ominoso mientras la observo con desconfianza. No sé por qué sigo intentando. El café y yo tenemos una relación tensa desde siempre. O sale tan aguado que parece agua con barro, o tan fuerte que podría confundirlo con un agujero n***o.
Suspiro y me recuesto contra la encimera, esperando el milagro de que esta vez haya quedado bebible. Al menos tengo la excusa de estar en casa y no en la oficina, donde mi incompetencia cafetera ya es un chiste recurrente.
Mi departamento está en ese estado intermedio entre «intento parecer una adulta funcional» y «se me va de las manos la vida» . Hay ropa sobre el sillón, un tazón con restos de fideos instantáneos en la mesa y una pila de papeles desordenados que probablemente debería revisar. Pero bueno, prioridad: cafeína.
Justo cuando me dispongo a probar mi creación dudosa, el sonido de mi teléfono me interrumpe. Parpadeo, medio adormilada, antes de tomarlo del mesón. La notificación en la pantalla me hace fruncir el ceño.
«Felicidades, Sienna Collins. Has sido seleccionada como la ganadora del sorteo corporativo de NeuralTech. Recibirás la unidad VX-09 esta tarde en tu domicilio».
¡Mierda! ¡Me olvidé por completo del sorteo!
Dejo la taza de café en el fregadero con un golpe seco y me deslizo hasta el sofá, desbloqueando el teléfono para releer el mensaje como si pudiera cambiar de contenido si lo mirara lo suficiente. NeuralTech organiza estos eventos una vez al año, y la mayoría de las veces el premio es algo aburrido, como un bono de descuento o algún gadget experimental. Pero este año...
Este año estaban sorteando un androide de última generación, su último lanzamiento.
Vuelvo a mirar la pantalla. Quizás estoy en una dimensión paralela, porque en la lógica del universo donde Sienna Collins existe, no hay forma de que gane algo tan impresionante. O quizás hay una trampa. NeuralTech es la empresa más grande en el desarrollo de tecnología y androides, así que dudo que simplemente me vayan a regalar un juguetito de millones de dólares sin una letra pequeña del tamaño del sol. Tal vez el que me den sea de fase experimental.
Me paso la mano por el cabello y miro el techo.
«Venga, Sienna, es un androide. Lo peor que puede pasar es que termine siendo una hojalata con piernas».
Decido no pensar demasiado en ello. Ya me preocuparé si resulta que firmé un contrato donde mi alma le pertenece a NeuralTech. Por ahora, solo tendré que fingir que soy una persona funcional y presentarme a trabajar.
***
La oficina es un infierno de luces fuertes y conversaciones insustanciales. Nadie me nota realmente, y lo prefiero. Mi trabajo es monótono: responder correos, la atención al público en línea, asegurarme de que las tazas de café no se acumulen en la sala de descanso. Miro el reloj cada pocos minutos, esperando que el día pase más rápido, pero el tiempo parece estirarse, burlándose de mí.
Mientras camino por los pasillos de la oficina, escucho a algunos compañeros conversando animadamente sobre la nueva línea de androides que la empresa ha desarrollado. Hablan sobre sus funciones avanzadas, su capacidad de adaptación, su realismo impresionante. No me interesa. Los androides se han vuelto una moda, una presencia indispensable en las vidas de muchos, pero para mí no son más que máquinas costosas. Herramientas que los más afortunados pueden permitirse para hacerles la vida más fácil. Sigo caminando, ignorando sus voces.
A media tarde, mi jefe aparece en la sala principal con una sonrisa forzada y una tablet en la mano.
—Hoy es un día especial —anuncia, y apenas levanto la vista de la pantalla de mi computadora—. Como saben, nuestra empresa está lanzando la nueva línea de androides VX. Y para celebrar, han decidido obsequiar uno de los nuevos modelos a uno de nuestros empleados. El nombre ha sido seleccionado al azar... y la afortunada es... Sienna Collins.
Las miradas de mis compañeros son una mezcla de sorpresa y resentimiento. Sé lo que están pensando. Sienna Collins, la chica que apenas habla con nadie, la que hace su trabajo sin destacar, la que no parece interesada en nada, ¿ganó un androide de última generación? Escucho a alguien susurrar que es una lástima que un premio así haya sido desperdiciado en mí. Finjo que no lo noto.
No reacciono con emoción, no salto de alegría como se esperaría. Solo asiento lentamente mientras mi jefe me entrega los documentos para la entrega del androide. Miro las hojas en mis manos, leyendo en voz baja el modelo: VX-09. Su diseño es altamente adaptable, con inteligencia artificial avanzada y un sistema de respuesta a estímulos humanos. No tengo idea de qué haré con él, pues no necesito un androide.
Las horas siguientes transcurren como en un sueño. No escucho lo que dicen mis compañeros, ni siquiera me molesto en responder los comentarios de quienes intentan felicitarme de manera hipócrita. Cuando finalmente termina mi jornada, salgo de la oficina con los documentos del androide doblados en mi chaqueta.
Al llegar a casa, dejo caer mis cosas en el sofá y me desplomo en la cama sin cambiarme de ropa. El apartamento está en penumbra, solo iluminado por las luces de la calle que entran por la ventana. Cierro los ojos y me repito a mí misma que nada de esto importa. Que mañana será otro día igual que los anteriores y nada va a cambiar en mi aburrida vida.
***
El sonido del timbre interrumpe mi letargo. Me toma unos segundos reaccionar, pero cuando lo hace por segunda vez, me levanto con el cuerpo pesado y voy hacia la puerta. Al abrirla, me encuentro con un repartidor uniformado, junto a una caja grande y oscura que se apoya en un carrito metálico.
—Entrega para Sienna Collins —dice el hombre con voz plana, como si recitara un guion. Le asiento con la cabeza y firmo en la tableta que me extiende.
—Es el nuevo modelo de androide de asistencia VX-09 de NeuralTech Industries —agrega, hojeando un pequeño manual de instrucciones—. Posee inteligencia artificial avanzada con un sistema de aprendizaje adaptativo, diseñado para ajustarse a las necesidades específicas de su usuario. También cuenta con sinestesia sintética, permitiéndole percibir texturas, temperaturas y presiones de manera similar a un humano.
Apenas presto atención cuando me da unas instrucciones básicas más y desaparece por el pasillo luego de que le firmo todos los papeles de entrega.
Miro la caja sin saber qué sentir. No me produce curiosidad ni emoción, solo una extraña incomodidad. Es más grande de lo que esperaba, con la elegante insignia de NeuralTech Industries estampada en el lateral.
Respiro hondo antes de acercarme. Con dedos inseguros, busco la pestaña de apertura y tiro de ella. La caja se despliega en un sistema automático, revelando el interior.
Ahí está. VX-09.
Su silueta es inquietantemente humana. Su piel sintética es pálida, con un ligero brillo artificial, casi imperceptible a simple vista. Su cabello es largo y blanco como la nieve, cayendo en ondas sutiles que enmarcan su rostro de facciones armoniosas. Los labios tienen un matiz rosado, demasiado perfectos.
El manual indica que debo presionar un sensor en su cuello para activarla. Mis dedos titubean sobre el borde del dispositivo, pero la duda me inmoviliza. ¿Por qué me siento así? Es solo una máquina, un producto derivado del consumismo, una herramienta diseñada para asistirme. Y sin embargo, algo en su realismo me perturba.
Cierro los ojos un instante y respiro hondo. Ya está aquí. No puedo simplemente dejarla en la caja para siempre. Finalmente, extiendo la mano y toco el sensor en su cuello.
Un leve zumbido llena el aire. Sus párpados se abren lentamente, revelando esos ojos imposiblemente azules que parecen brillar con su propia fuerza. Su cabeza se mueve con precisión mientras me escanea. Luego, su voz se activa, suave y perfectamente modulada.
—Unidad VX-09 en línea. Usuario detectado. Configuración inicial en progreso. ¿Desea asignarme un nombre?
Trago saliva. No había pensado en eso. Se supone que el usuario debe elegir un nombre para personalizar la experiencia, pero la idea de asignarle uno me hace sentir un extraño sentido de responsabilidad.
—Elige uno tú —respondo antes de poder evitarlo.
Un breve silencio. Luego, su expresión cambia apenas, como si estuviera procesando la instrucción. Finalmente, habla con un tono que me resulta hasta reflexivo.
—Vesper. Me llamaré Vesper.
La forma en que lo dice, la naturalidad con la que adopta ese nombre, me deja sin palabras.
—Bien... Vesper —murmuro, sintiendo un escalofrío recorrerme—. Supongo que... bienvenida.
Su cabeza se inclina ligeramente, como si intentara interpretar mi tono. Luego, con una fluidez inquietantemente humana, parpadea y responde:
—Gracias, Sienna.
Frunzo el ceño, incómoda.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Tengo acceso a la información básica del usuario registrada en la empresa —responde sin titubear—. Nombre: Sienna Collins. Fecha de nacimiento: 8 de julio. Edad: 25 años. Estatura: 1.67 metros. Peso actual: información no disponible. Dirección de residencia: Apartamento 304, Edificio Quartz Towers, Distrito 5. ¿Deseas que continúe?
Me estremezco.
—No, es suficiente.
—Muy bien. Estoy aquí para servirte.
El silencio se instala entre nosotras. Mis ojos recorren su figura con cierta inquietud. Vesper parpadea de nuevo, observándome con una atención que parece demasiado real. Me cruzo de brazos, intentando convencerme de que todo esto es completamente normal, pero mi instinto me dice lo contrario.
—¿Qué funciones específicas posees? —pregunto, más por llenar el vacío incómodo que por curiosidad genuina.
—Fui diseñada para asistencia personalizada. Puedo gestionar tareas domésticas, brindar compañía, responder preguntas con información en tiempo real y optimizar la rutina de mi usuario según patrones de comportamiento. Mi sistema de sinestesia sintética me permite interpretar sensaciones de manera avanzada, facilitando la interacción fluida y natural —responde con precisión.
Su tono es neutro, pero hay algo en la forma en que me mira que me incomoda. Aparto la vista.
—¿Necesitas recargarte o algo así?
—Mi fuente de energía es autónoma y auto-regulable. No requiero carga externa durante al menos cinco años estándar —explica.
Genial. Una máquina perfecta. Cierro la caja despacio, pero Vesper sigue observándome, sin moverse ni emitir sonido. La sensación de estar bajo su escrutinio se intensifica.
—Puedes... no sé, relajarte —balbuceo, sintiéndome ridícula por hablarle como si fuera humana.
Vesper inclina la cabeza.
—No tengo estados de tensión o relajación. Pero si prefieres que permanezca inactiva hasta que me necesites, puedo desactivarme temporalmente.
La idea de que simplemente pueda apagarse a voluntad me genera un escalofrío. Niego con la cabeza.
—No, está bien. Solo... no te quedes mirándome así.
—¿Así cómo?
—Así como... como si me estuvieras analizando.
—Estoy recopilando información para optimizar mi asistencia —responde sin titubeos.
Aprieto los labios. Mi propio reflejo en la ventana me muestra con los hombros tensos, como si estuviera lista para salir corriendo. No es lógico, es solo un androide, por lo que no debería hacerme sentir así.
—Está bien. Supongo que... puedes explorar el apartamento —murmuro.
—Entendido.
Vesper se mueve con una gracia propia de un humano, inspeccionando la sala con una eficiencia que me resulta demasiado fluida. La observo de reojo, sintiendo una extraña inquietud instalada en mi pecho. A partir de ahora, esta máquina es parte de mi vida.
Y no estoy segura de cómo me siento al respecto.