Aquel día, Derek no podía estar más feliz, porque aparte de que su adorada rubia le estaba tocando su mano ahora le iba a cocinar. Era obvio que no era gratis porque le tenía que pagar, pero eso a él no le importaba. —¿Se nota que te gusta mucho el dinero no enana?, desde que nos conocimos en aquel callejón me golpeaste y me quitaste trescientos dólares. Mely cubriéndole la mano con un trapo de cocina para que la papa hiciera su efecto le respondió mirándolo con desinterés: —Pues sí, ¿a quién no le gusta el dinero? y más a mí que prácticamente vengo de la pobreza. No tuve la suerte que tuviste tu que fuiste adoptado por un millonario de buen corazón y te puso todo en bandeja de plata. Yo si sé lo que es tener un solo par de zapatos todo un año y trabajar solo para comprar mis libros.

