La visita de los ancianos fue para ella una especie de montaña rusa de altibajos inclementes. Habían sido gratos en algunos momentos y detestables en otros, sus historias siempre locuaces le llenaron un poco las dos tardes que permanecieron en casa, pero especialmente el segundo día se sintió tan asquerosamente interrogada por la mirada suspicaz de su suegra que no pudo más disfrutar de sus cuentos, la cereza del pastel fue el comentario de “perdónense” que le susurró al oído la viejita cuando se despedían. Fue entonces para ambos un alivio cuando por fin se marcharon, en otras circunstancias se habrían guardado el suspiro delator, pero en esta ambos lo dejaron escapar al tiempo, mientras surgía entre los dos una risa de satisfacción por las cosas bien hechas. Para el, del otro lado la

