Me enrollé la gasa alrededor de la mano derecha con torpeza. La tela se empapaba rápido, tiñéndose del rojo espeso de mi sangre. Dolía. Pero no tanto como el nudo constante en el estómago. Ni siquiera sabía cuántos días llevaba en ese lugar, apartado de la ciudad. El tiempo allí no avanzaba: se pudría. El bastardo que Matteo había logrado capturar llevaba días —que se volvieron eternos— sin dar una sola respuesta. Aguantó cada golpe. Cada grito. Cada amenaza. Y yo, con cada hora que pasaba, me sentía más frustrado que nunca. Dos semanas y media. Nada, no teníamos nada. Matteo había intentado sobornarlo al principio, hacerlo hablar por las buenas. Yo no tuve paciencia para eso. Estaba desesperado. Necesitaba información. Y sentía que, por culpa de ese hombre, todos estábamos encerrados

