Luca miraba el plato frente a él como si nunca antes hubiera visto algo tan… insípido. Huevos revueltos, pan tostado y un vaso con un líquido turbio que parecía más un experimento fallido que agua. Y ante su expresión, debería sentirme ofendida. —Creo que la próxima vez le diré a Irma —murmuró mientras llevaba el primer bocado a la boca—. Aunque me cueste un regaño por sacarla de su día libre. Rodé los ojos y esperé su reacción mientras yo también comía. No era la gran cosa, lo sabía. Mi madre jamás nos dejaba acercarnos a la cocina, incluso cuando ya éramos adultos, pero después de ver a Marco preparar desayunos en la cafetería durante años, algo se me había quedado. Luca no dijo nada. Miró de nuevo el plato y asintió en silencio. Luego levantó la vista hacia mí y, con el tenedor, señ

