La casa por dentro era aún más grande de lo que aparentaba por fuera. Impoluta, silenciosa, perfecta de una manera que resultaba casi incómoda. Cada paso que daba resonaba en el mármol claro, repitiéndose como si las paredes quisieran memorizarme. El aire olía a madera pulida, a flores caras que jamás había visto en persona, y a ese aroma frío que solo tienen los lugares donde nadie vive realmente. Porque eso era lo que se sentía: Un museo, no una casa. Un laberinto diseñado para perderse. Nunca en mi vida había estado en un lugar así. Ni siquiera en sueños. Los techos eran tan altos que debía inclinar la cabeza hacia atrás para ver el final. Las lámparas parecían esculturas suspendidas, y las paredes estaban decoradas con cuadros modernos que seguramente costarían más que toda mi casa

