4 La última noche buena con Manuel

1388 Words
Capítulo : La Última Nochebuena con El tiempo tenía una forma cruel de avanzar sin detenerse, sin darle tregua a su corazón. Para Flor, los días transcurrían como una danza entre el presente y el pasado, entre la realidad y los recuerdos que la invadían sin aviso. Manuel estaba en todas partes, en cada rincón de su hogar, en cada objeto, en cada aroma que le traía de vuelta su esencia. Había mañanas en las que el dolor la golpeaba con más fuerza. Se despertaba con la sensación de que él aún estaba allí, que en cualquier momento la abrazaría desde atrás y le susurraría un “buenos días, mi amor” al oído, como solía hacerlo. Pero cuando giraba en la cama y sentía el frío vacío a su lado, la verdad la golpeaba con una brutalidad insoportable. El sonido de la risa de Dylan llenaba el silencio, y aunque traía luz a su vida, también le recordaba todo lo que Manuel se estaba perdiendo. A veces, cuando lo veía jugar, encontraba en él la misma intensidad en la mirada, la misma serenidad en su expresión. Era como si su pequeño llevara consigo fragmentos de Manuel, retazos de su amor, de su alma inmortalizada en cada gesto. Y cuando Dylan balbuceaba “pa pa”, con esa inocencia que solo un niño podía tener, su corazón se rompía y sanaba al mismo tiempo. Explicarle la ausencia de su padre era el reto más doloroso, pero también era su mayor regalo. Porque a través de sus palabras, Manuel nunca dejaría de existir. Hablar de él la fortalecía, aunque también era una herida abierta. Pero si de algo estaba segura, era de que su hijo crecería conociendo quién fue su padre, el hombre que los amó más que a su propia vida. El refugio en la amistad Ricardo y Julia se habían convertido en su refugio en medio de la tormenta. Ellos eran el ancla que la mantenía en pie cuando sentía que todo se desmoronaba. Ricardo, con su paciencia infinita y su mirada comprensiva, la escuchaba sin juzgarla, dándole el espacio para derrumbarse cuando lo necesitaba. Era como un padre, uno que comprendía su dolor sin decirle que debía “superarlo”. Julia, con su calidez maternal, la ayudaba con Dylan, brindándole momentos de descanso cuando la carga se hacía demasiado pesada. No intentaba llenar el vacío que Manuel había dejado, pero sí la sostenía cuando el peso de su ausencia la hacía tambalear. Sabía que sin ellos, sin su apoyo incondicional, probablemente no habría logrado sobrellevar la pérdida. Porque la verdad era que nadie “supera” la ausencia de quien ha sido su mundo. Solo se aprende a vivir con ella. Los recuerdos como refugio Los días pasaban y Flor se aferraba a los recuerdos como un náufrago a un pedazo de madera en medio del mar. Cada risa de Manuel, cada abrazo, cada caricia, eran su refugio en la tormenta. Guardaba videos en su celular, pequeñas cápsulas de amor que reproducía en los días en que la nostalgia la asfixiaba. A veces cerraba los ojos y podía sentir su presencia, el calor de su piel, el sonido de su risa resonando en la casa. Y cada noche, antes de dormir, repetía en su mente las palabras que Manuel le susurró en su última Navidad juntos: “Nunca los dejaré, ni a ti ni a Dylan.” Esas palabras eran su salvavidas, la promesa que la mantenía en pie. Porque aunque Manuel no estuviera físicamente, su amor seguía ahí, sosteniéndola en cada paso. El eco de la última Nochebuena Esa Nochebuena, como un eco que volvía en los momentos de soledad, Flor recordaba cada palabra de Manuel. Los detalles de aquella noche estaban grabados en su memoria como un tatuaje imborrable. No importaba cuánto tiempo pasara, bastaba cerrar los ojos para volver a sentir la calidez de su voz, el brillo de sus ojos cuando la miraba, la certeza de su amor envolviéndola. —Flor… —había dicho Manuel, tomándole las manos entre las suyas con esa ternura que la hacía sentir única— Tú eres mi vida. No sé cómo agradecerle a Dios que estés aquí conmigo. Su voz tembló apenas, como si la emoción le apretara el pecho. —Cuando pienso en todo lo que hemos pasado juntos… Nunca imaginé que el amor pudiera sentirse así. Este sentimiento que llevo conmigo en cada amanecer, en cada atardecer, en nuestras noches viendo las estrellas… Esto tan cálido y hermoso que es amarte, amarlos. Hizo una pausa para mirarla con intensidad, como si quisiera grabar su imagen en el alma. —Tú y Dylan son lo mejor que me ha pasado en la vida. Nunca dudes de lo que siento por ustedes. Daría mi vida por ustedes, lo juro. Gracias por nunca desistir de buscar a nuestro hijo. Él era lo que más deseaba para nosotros. Flor lo miraba sin poder articular palabra, con el corazón latiendo frenético. Manuel siempre había sido expresivo, pero esa noche sus palabras parecían tener un peso diferente, como si su amor quisiera asegurarse de quedar marcado para siempre. —Desde que te conocí, ¿te acuerdas? En el liceo… La excusa más tonta para hablarte. Rió suavemente, y Flor no pudo evitar sonreír. —Mamá me mandó con útiles, pero guardé la lapicera en el bolsillo de mi campera solo para pedírtela a ti. Se reventó y la tinta manchó mi uniforme nuevo… ¡me rezongaron tanto! Soltó una carcajada nostálgica. —Siempre le dije a mi madre que fue el tatuaje de mi amor por ti. Flor sintió un nudo en la garganta. Aquellos recuerdos, su manera de amar tan intensamente, todo en él era irremplazable. —Te amo, Flor. Pase lo que pase, en esta vida y en la otra, tú eres mi hogar. Flor sintió las lágrimas correr por sus mejillas, pero no de tristeza, sino de amor puro. Esa noche no sabía que esas palabras serían las que la sostendrían cuando él ya no estuviera. El adiós que no vio venir El estallido de los fuegos artificiales rompió el silencio, iluminando la noche con destellos dorados y plateados. Manuel se puso de pie y la miró con una sonrisa. —Voy a volver pronto, Flor. Cuida a nuestro pequeño y no dejes de sonreír. Esto no será nada, solo una pequeña llamada de emergencia. Nos queda toda la noche para celebrar. Y entonces, sin esperar su respuesta, se giró y se fue, dejando a Flor con el corazón latiendo fuerte. Esa fue la última vez que lo vio. La última Nochebuena que compartirían. Pero aquellas palabras, esa promesa de amor y de regreso, serían lo que sostendría a Flor en los momentos más oscuros. Porque aunque la vida cambiara, aunque el tiempo avanzara sin detenerse, siempre recordaría esa Nochebuena como el recuerdo de un amor eterno. La certeza de que Manuel, de alguna manera, siempre estaría a su lado. A veces, la vida nos da momentos que parecen tan simples en su instante, pero que con el tiempo se convierten en nuestros recuerdos más valiosos. Si hubiera sabido que aquella Nochebuena sería la última con Manuel, habría detenido el tiempo, habría memorizado cada latido, cada mirada, cada palabra con más intensidad. Pero la verdad es que nunca estamos preparados para una última vez. Nunca sabemos cuándo un “voy a volver pronto” será la última promesa, cuándo un beso en la frente será el último adiós. Esa noche, Manuel me habló con el alma, me recordó lo grande que era nuestro amor, me dejó en sus palabras la certeza de que siempre nos amaría. Y aunque su ausencia duele más de lo que puedo expresar, esas palabras siguen sosteniéndome. Ahora entiendo que el amor verdadero nunca se desvanece. Permanece en los recuerdos que nos sostienen, en los momentos que nos enseñan que fuimos profundamente amados. Si algo puedo decirte hoy, es esto: disfruta cada instante con quienes amas. Abraza más fuerte, di lo que sientes sin reservas, porque el tiempo es incierto, pero el amor que entregamos es eterno. Y aunque hoy viva con la ausencia, también vivo con la certeza de que Manuel nunca nos ha dejado del todo. Porque el amor es la única promesa que ni el destino puede romper.
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