4 La última noche buena con él

1117 Words
CAPÍTULO 4 La última Nochebuena con él Flor atraviesa sus días en una mezcla constante de recuerdos y emociones que la dejan exhausta, con una tristeza tan profunda que a veces parece desbordarla. No es un dolor que grite; es uno que pesa, que se instala en el cuerpo y no se va. Cada rincón de su hogar, cada objeto en el que reposa su mirada, la remite a Manuel, como si él todavía estuviera presente, aferrado a los hilos invisibles de su vida cotidiana. Desde las tazas que compartían por las mañanas hasta el silencio de las noches, todo parece un eco de esos momentos que, aunque dolorosos, le brindan una paz inesperada. La risa de Dylan, inocente y contagiosa, es la chispa de vida que la impulsa a continuar. En su hijo encuentra una fuerza que ni ella sabía que poseía; una fuerza para levantarse cada mañana y enfrentar la ausencia de Manuel, aunque esa herida nunca parezca cerrar. Es Dylan quien la trae de vuelta al presente cuando la tristeza amenaza con arrastrarla. A veces, cuando lo ve dormir, observa en él esos gestos que tanto la enamoraban de Manuel: la misma expresión de serenidad, esa paz inalterable que siempre le transmitía. Flor se queda mirándolo más de la cuenta, como si temiera que al apartar la vista esa imagen también desapareciera. Es en esos momentos cuando siente que Manuel, de algún modo, sigue allí, acompañándolos y protegiéndolos desde un lugar que escapa a su entendimiento. Cada tanto, Dylan dice “pa pa”, nombra con esa inocencia que desgarra y, al mismo tiempo, consuela. Flor se queda inmóvil unos segundos cada vez que lo escucha, como si esa palabra tuviera el poder de detener el tiempo. Explicarle es doloroso, pero a la vez le brinda la oportunidad de compartir quién fue Manuel: ese hombre que lo amó desde antes de que naciera y cuya esencia perdura en el amor que ella le transmite a su hijo. Hablar de Manuel la fortalece, aunque cada palabra se sienta como un recordatorio del vacío que ha quedado. Es un dolor que hiere, pero también une. Ricardo y Julia, esos amigos que se han convertido en sus confidentes y en su familia, han estado presentes en cada momento de debilidad, sosteniéndola en silencio, dándole el espacio para llorar y para recordar. Ricardo, como un padre, la escucha sin juzgarla. Julia, con esa paciencia de madre, la ayuda con Dylan, aliviando su carga cuando se siente superada. Flor sabe que sin ellos no habría podido soportar el peso de esta pérdida y agradece en silencio cada gesto de apoyo, cada palabra de aliento. No le piden que esté bien. No la apuran. Solo se quedan. Ellos entienden su dolor y, más allá de querer que lo supere, le dan el tiempo y la compañía que necesita para encontrar un poco de calma en medio de la tormenta. A medida que pasan los días, Flor se aferra a los recuerdos de Manuel como a un refugio. Evocar sus risas, sus charlas nocturnas y esos abrazos que parecían eternos le da consuelo. En esas memorias encuentra la fuerza para creer que, aunque Manuel no esté físicamente, su amor y su protección los seguirán acompañando siempre. Los recuerdos son su ancla en este mar de tristeza. Su forma de no perderlo del todo. Cada noche, al acostarse, cierra los ojos y revive las palabras que Manuel le susurró en su última Navidad juntos: —Nunca los dejaré, ni a ti ni a Dylan. Flor se aferra a esa promesa como a un salvavidas, confiando en que, de algún modo, Manuel sigue cuidándolos. Aunque la ausencia sea un dolor constante, su amor es la fuerza que la impulsa… y Dylan, su razón para seguir adelante. Esa Nochebuena, como un eco que regresa en los momentos de soledad, Flor recuerda cada palabra de Manuel. Los detalles de aquella noche están grabados en su memoria, y aunque pase el tiempo, basta con cerrar los ojos para volver a sentir el calor de su abrazo, la firmeza de su voz, el brillo de sus ojos cuando la miraba. —Flor —había dicho Manuel, mirándola con ese amor que siempre la hacía sentir única—. Tú eres mi vida. No sé cómo agradecerle a Dios que estés aquí conmigo. Cuando pienso en todo lo que hemos pasado juntos… Su voz se quebró apenas, como si la emoción le llenara el pecho. —Nunca imaginé que el amor pudiera sentirse así. Tú y Dylan son lo mejor que me ha pasado. Flor lo miraba sin palabras, mientras él seguía hablando, sosteniendo su mano con fuerza, como si presintiera que ese instante debía guardarse para siempre. —Desde que te conocí allá en el liceo supe que eras la mujer de mi vida. Lo supe sin entenderlo, sin saber nada de lo que vendría después… Tú eras mi sueño. Ver cómo crecimos juntos, cómo formamos esta familia… es más de lo que pude desear. Se detuvo un momento y miró a su hijo, dormido en los brazos de su madre, ajeno a todo, envuelto en paz. Flor sintió un nudo en la garganta. Y Manuel, como si lo adivinara, la abrazó y acercó sus labios a su oído, hablándole en voz baja, pero con la firmeza de quien deja una promesa sellada en el alma. —Nunca los dejaré —susurró—. Ni a ti ni a Dylan. Los amo. Pase lo que pase, estaré a tu lado. Porque en esta vida y en la otra… tú eres mi hogar. Flor no pudo contener las lágrimas. Lo miró a los ojos y le sonrió, con el corazón lleno de gratitud. Sin saberlo, esas palabras serían las que más atesoraría en los días por venir. Luego, la quietud de la noche se rompió con el estallido de los fuegos artificiales. Manuel se tensó apenas, miró hacia la ventana y luego volvió a mirarla a ella. Sin dudarlo, le dio un beso en la frente. —Voy a volver pronto, Flor —le dijo con seguridad—. Cuida a nuestro pequeño y no dejes de sonreír. Esto no será nada, solo una pequeña llamada de emergencia. Nos queda toda la noche para celebrar. Y entonces, sin esperar respuesta, se giró y se fue. Dejó a Flor de pie, con el eco de esas palabras resonándole en el pecho. Aquella promesa de amor y de regreso sería lo que la sostendría en los momentos más oscuros. Porque, aunque la vida cambiara, Flor siempre recordaría esa Nochebuena como la prueba de un amor eterno. La certeza de que Manuel, de alguna manera, siempre estaría a su lado.
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